El mundo es un pañuelo (y la vida también)

Con motivo del nombramiento de una de mis nietas como directora de los hoteles Villa Real y Urban de Madrid, me llevé una agradable sorpresa al comprobar que en uno de esos hoteles asistí, durante mis muchos años de inquebrantable fidelidad al género operístico, a una serie de cenas y homenajes a diversos personajes relacionados con la lírica: Alfredo Kraus (mi tenor preferido),  Antoni Ros Marbá, Antonio Morales,  Jesús López Cobos…, de los que guardo entrañables recuerdos -muchos de ellos gráficos, desde que se impusieron el ordenador y el móvil-. Dada mi edad, con la aparición del Covid me fui desligando de aquellos eventos que pudiesen suponer riesgo para la salud, añorando más que a ninguno los relacionados con la música. 

Por una de esas casualidades que nos hacen pensar que el mundo es un pañuelo  -y de mínimas dimensiones desde la aparición de Google- acabo de leer en la prensa digital una reseña sobre la estancia de Pilar Jurado en el Hotel Urban. Ello me llevó a rememorar algunos encuentros con esta polifacética mujer (óperas, conferencias…), encuentros que seguramente  no se repitieron a causa del Covid. Rebuscando entre los comentarios que, a veces, escribo sobre algún acontecimiento al que asisto, me he encontrado con el que adjunto:

«La música es tan necesaria para mí que no me imagino vivir sin ella. Tengo un estilo para cada momento: suave y romántica, cuando me voy a dormir (Platers, Nat king Cole, Helmut Zacharias y sus violines mágicos, Javier Solís…). Cuando trajino por la casa me gustan los ritmos moviditos (rumbas, rancheras, salsa…). Y los clásicos, cuando dispongo de tiempo para escucharlos  relajadamente.  Son tantos los que me gustan que no sabría con cuáles quedarme: el “Adagio” de Albinoni,  el “Concierto para clarinete y orquesta” de Mozart,  la Sinfonía  N 6 “Patética” de Tchaikovsky y las Czardas de Monti,  por citar algunos, me emocionan.

Todavía me queda otro tipo de música: la que con una vez que la oiga es suficiente. Casi siempre se trata de música vanguardista que escucho sólo con oído crítico y pocas veces me hace sentir emoción».

Precisamente, hará poco más de una hora, he llegado de ver en el Teatro Real “La página en blanco”, de Pilar Jurado: compositora, libretista e intérprete de esta ópera. A pesar de tratarse de una ópera vanguardista –con mezcla de romanticismo– me gustó mucho. Se refiere a un compositor que se enfrenta a la página en blanco y a la tecnología: realidad virtual, velocidad, exceso de información… (Con tanto acopio de información, acabamos desinformados). Es una ópera de ciencia-ficción, pero con una profunda filosofía: ¿a dónde vamos?, ¿vale la pena toda esta tecnología?, ¿vale todo?…

Me ha gustado la escenografía basada en la pintura de “El Bosco”. Y también la música con tantos matices. No parece obra de una mujer –y menos de una mujer tan joven– por la enorme fuerza que rezuma. De todos modos, es el tipo de ópera al que no asistiría más de una vez”.

A pesar de haberme hecho la casi firme promesa de no asistir a reuniones con afluencia de gente -por las razones expuestas- creo que va siendo hora de comenzar a revivir parte de las actividades que tenía aparcadas, entre ellas asistir a alguna celebración en el Hotel Villa Real, del que guardo preciosos recuerdos y, por supuesto, conocer el Hotel Urban del que solo escucho elogios, en particular, sobre la excelente colección de arte hindú, chino y africano que adorna cada rincón del establecimiento.

Las fotos que acompañan a este post (que a su vez son fotografías de otras) no tienen, por la falta de medios, gran valor fotográfico, pero sí gran valor emocional, al menos para esta servidora de ustedes.

El jersey verde

-¡Me encanta el jersey que llevas! Nunca tuve nada con ese color tan bonito…

Me lo quité.

-Toma. Pruébatelo.

Le quedaba como un guante…

-Parece que te lo hiciesen a medida. Ni se te ocurra tocarlo, que te conozco…

Se trataba de un jersey que le había comprado a mi marido y ni siquiera llegó a estrenar. Durante años permaneció guardado en el cajón de una cómoda y aquella tarde se me ocurrió ponérmelo con unos pantalones vaqueros para ir a ver una exposición de pintura en el Juan March. Quedaba que ni pintado con los pantalones.

Antes de salir, rogué de nuevo a mi madre que no tocase el jersey, porque le quedaba perfecto. Y la misma observación hice a María, la joven ecuatoriana que con tanto cariño la cuidaba en mi ausencia.

A mi regreso, el jersey permanecía colgado de una lámpara de pie con resortes para colocar perchas. Pero ya no era el mismo, sólo el cuello camisero continuaba en su sitio, lo demás había sufrido drásticos cambios: la abertura con dos botones que permitía meter el jersey por la cabeza sin dificultad, se había convertido en una larga raja que transformó el jersey en chaqueta. Los puños pasaron a ocupar el lugar de los bolsillos, unas sobaqueras de tela azul ampliaban la anchura de las mangas… Del primitivo jersey no quedaba más que el maltrecho tejido verde.

Pero mi madre era feliz contemplando su obra… Y es que no hay nada peor que despojar a las personas mayores de aquellas actividades que realizaron a lo largo de su vida -aunque en vez de componer, deshagan- y la vida de mi madre fue la costura. Todavía conservo y me visto con piezas confeccionadas por ella. Es de lo que más me cuenta desprenderme… Tengo tantísimas anécdotas sobre este tema que puede que cuente alguna en otra ocasión.

He tenido la ocurrencia de escribir estas líneas porque, hurgando en los cajones de una vieja cómoda que apenas abro  por temor a que la madera  se desfonde, me he encontrado con algunos recuerdos que pueden muy bien ilustrarlas.  Siento que no sean más, pero entonces no disponía de móvil.

Como las Barbies normales tenían un precio exagerado, acabé pasándome a los Chinos. Las extremidades de las nuevas muñecas resultaban rígidas. Pero, como podéis observar en las ilustraciones, mi madre enseguida encontró la forma de solucionar el problema.

Lo que nunca llegué a comprender es por qué con tres calcetines hacía uno. O por qué ese interés en identificar cuál correspondía al pie izquierdo y cuál al derecho, siendo los dos idénticos. También en este caso opté por comprar de los más económicos, no era cuestión de que utilizara los de pura lana virgen…

¡Cuánto la echo en falta! Es verdad que conservo los videos de los últimos años, que me proporcionan preciosos recuerdo. Pero me falta el irrecuperable y cálido abrazo.

Estrategias

Después de cincuenta años viviendo en Madrid, no creo recordar un verano tan caluroso como el que estamos padeciendo. Sin embargo, me admira lo bien que lo soporto, hasta el punto de no necesitar echar mano del ventilador. Cuestión de estrategia: la mía es permanecer en bragas y sostén –los bikinis los olvidé en Galicia-, tener a mano alguna prenda fresca y fácil de vestir, por si a alguien se le ocurre llamar a la puerta, distribuir el tipo de actividad según la hora del día y preparar por la noche algún menú que sea fácil de conservar para poder repetirlo y no tener que cocinar demasiado. Y que no falte la fruta, aunque está poco menos que inalcanzable y, para colmo, insípida.

Es una pena no disponer de piscina. Hubo un tiempo en el que se trató de construir una en el jardín; pero parece que había problemas administrativos o, más bien, cuando se trató la cuestión, ocurrió aquello de que “nunca llueve a gusto de todos” y no hubo quórum. Fuere cuál fuere la causa, el caso es que disponemos de un jardín al que nadie baja, nadie come la fruta de sus árboles y está prohibido echar comida a los pájaros, que se van con sus trinos a otra parte.  A cambio hemos de pagar al jardinero que se ocupa de su conservación y de mantenerlo limpio.

Lo positivo son las noches, cuando el calor se atenúa  aunque no sea demasiado.  Ayer, por ejemplo, una amiga muy religiosa me recordó por wassap que era el día del antiguo Corpus, aunque no figurase en ningún calendario; así que decidí ir a misa de ocho y media. Además, me había comentado mi amiga Magdalena que a esa misma hora se celebraba en Palmeira una misa en recuerdo de Toña, su hija, y esa circunstancia me inclinó todavía más a oirla.

Cosa inaudita: al poner el pie en la calle, se levantó una ráfaga de viento huracanado y comenzaron a caer gruesos goterones. Lejos de amilanarme, subí a casa a coger un paraguas. Lo malo es que al asomarme de nuevo ya no sólo era calor lo que se apreciaba sino que del suelo subía un vapor semejante al de una sauna.

No me eché atrás por ello: oí misa y, como a la salida se había suavizado bastante la temperatura, decidí dar la caminata acostumbrada por el bulevar, aunque en esta ocasión el paseo acabó en tertulia juvenil. Mi intención era dar a conocer a un grupo de chavales -que charlaban y remojaban el gaznate en una tarraza- la última canción de mi nieta (para algo estamos las abuelas) y se mostraron tan encantadores que me invitaron a sentarme con ellos.

Resultó una charla muy amena -al menos para mí- en la que se tocó el tema de la música, desde diferentes puntos de vista, y de la vida estudiantil, difícil de compaginar con otras actividades pero no imposible. De hecho, los que no eran de Madrid, simultaneaban los estudios con algún trabajo que les permitía ser poco costosos a sus padres.

He de reconocer que la música es un tema infalible para acercarte a la gente. Por eso no concibo un mundo sin música.

Una estrella más

Nunca como hoy deseé tanto tener alma de poeta para poder expresar con hermosas palabras todo lo que siento… Por tal razón me he permitido tomar un fragmento del precioso y sentido poema de Xosé Manuel Lobato “Carta a unha estrela”, : …mais sei que ti formas parte desa extensa nómina de lucerna anónima, permaneces afastada definitivamente, mais amas con paixon o latexo terreal…».

Cuando esta tarde he leído el escueto mensaje de Magdalena: “Ha muerto Toña”, sentí en mi interior algo indefinible que me dejó paralizada. Siempre animosa, aunque la procesión fuese por dentro, Magdalena nunca exteriorizó el sufrimiento que venía soportando, como tampoco lo hizo en otras muchas ocasiones en las que le tocó pasarlo mal.  A pesar de que en los cortos mensajes que nos intercambiábamos, las respuestas a mis preguntas traslucían el estado de la hija, la velada tristeza de la madre viendo la aparente alegría de aquella  -de tal palo tal astilla- para que no sufriesen los suyos, no suponía que el final fuese tan pronto.   

A Toña la conocí de pasada en casa de sus padres, hace bastantes años. Apenas cruzamos unas pocas palabras; pero seguí enterándome de momentos significativos de su vida através de su madre.

Hoy es la festividad de la Virgen de Fátima. He ido a misa por tradición, aunque no es festivo. Durante la misa pensé en Toña… Y no rogué por su eterno descanso, como se suele hacer en estos casos. No. Pensé que no necesitaba de mis rogativas, porque no sería justo que no estuviese en un lugar privilegiado después de todo el dolor físico y moral que soportó.  No. No sería justo: sufrir así, ¿para qué? Pensar de otra manera sería un sinsentido.  Y decir eso de “dejó de padecer”, tampoco me sirve. Actitudes como la de Toña son las que me afianzan en mi creencia de que existe un Más Allá en el que se desvelará todo lo que ahora no podemos entender. Pero las cuestiones metafísicas las dejo para los entendidos. A mí me basta con mi fe sencilla.

A Magdalena,  José Manuel y demás familia les envío un fuerte abrazo con el cariño de todos, sintiendo no poder acompañarles en estos momentos.

Mary Carmen. 

¿Tiraré la toalla?

Creo que fue el jueves 28 de abril, después de varios meses sin apenas asomarme al ordenador, cuando se me ocurrió echar una mirada por Café Barbantia, un blog que me gusta visitar cuando mis quehaceres diarios me lo permiten.

Lo primero que vi fue el formidable comentario de X. Ricardo Losada sobre el libro “Helgoland”,  de Carlo Rovelli, un físico teórico  italiano, viejo conocido del autor de la reseña que, aun sin entender una papa del tema, me pareció de lo mejor. Además, casualidad, tengo un yerno doctor en Física  Teórica  y  enseguida pensé que podría resultar un bonito regalo el libro de Rovelli, a pesar de haber celebrado hace muy poco su cumpleaños. Pero, como le comentaba a X. Ricardo, los regalos inesperados parece que se valoran más. Tengo pedido el libro en la papelería de mi barrio y me lo logrará en un par de días.  Por supuesto que transmitiré  al comentarista la opinión de mi yerno en cuanto la tenga.

Al acabar de leerlo, respondí lo mejor que pude al artículo del profesor Losada -después de una lucha titánica con  el ordenador,  tratando de recuperar lo escrito que se desaparecía sin dejar el mínimo rastro de adónde había ido a parar- recurriendo para ello a un  viejo y diminuto ordenador portátil.

Emocionada de haber podido colocar por fin mi respuesta, me fui a la cama. Pero en cuanto apagué la luz me di cuenta de que había dejado encendido el ordenador causante de mis desdichas… El caso es que, al apretar una tecla para iluminar la pantalla, aparecieron ante mis ojos nada menos que ocho respuestas al artículo de Fidel Vidal “Arredor da morte”.  Aun cuando el artículo y los comentarios eran largos, decidí leerlos  sin tener en cuenta la hora.  Pese a la trascendencia del tema, me reí mucho, como ocurre con los trabajos de Fidel a los que siempre les saca chispa sin restarles significado.

Hasta ahí todo discurría bien… Lo malo es que, al querer insertar un  comentario conjunto, se desvaneció de nuevo sin darme opción a recuperarlo:  pasaban las tres de la madrugada y no era cuestión de volver al principio.

Y como ayer me envió mi hermana la extensa reseña que escribió Francisco A. Vidal en “La voz de Galicia” sobre nuestro bisabuelo  Ignacio Martínez Malvido, maestro en Palmeira, aprovecho para agradecerle su trabajo de investigación dando a conocer la labor desarrollada por un maestro rural en aquella época.  También a “Barbantia” y al “Concello de Ribeira” que sufragaron los gastos ocasionados por la edición del librito “La perla agrícola”.

Espero que en el futuro próximo, después de las clases exhaustivas que me está dando mi nieto, la Informática termine siendo para mí un juego de niños.

Pero entretanto, y temiendo volver a perder los anteriores comentarios y agradecimientos en este mundo virtual que tantas alegrías y desdichas me proporciona, he decidido publicarlos en mi propio blog con la esperanza de que algún día sean leídos por los susodichos autores.

                                                                    

Doña Juanita

¡¡¡Esto es una merienda de negros!!!

Era la frase más empleada por doña Juanita durante la clase. Nunca supe de dónde había sacado la profesora tal expresión, pero por lo muy repetida quedó en mi recuerdo como una seña de identidad de la maestra que más huella dejó en mi existencia.

Doña Juanita nunca llegó a tener escuela en propiedad. Y no por falta de conocimientos: la considero la maestra de la que más aprendí, en cualquier faceta del saber que puedes adquirir en una escuela de primaria, a pesar de que a su clase asistíamos niños de todas las edades comprendidas entre los seis y los dieciséis años. Nunca se me ocurrió  contarlos, pero recuerdo que éramos muchos. Muchísimos… Cómo se las ingeniaba la maestra para atendernos a todos en un mismo horario sin que ninguno lograse escurrir el bulto, es algo que se escapa a mis entendederas.

Recuerdo el amplio local destinado a la escuela, lleno de pupitres de madera con un tintero de loza blanca incrustado que los alumnos mayores rellenaban con la tinta que ellos mismos preparaban disolviendo en agua los polvos que, por encargo de la maestra, compraban en la farmacia y costaban unos patacones. Nunca se borrará de mi memoria aquella tarde en la que dos niñas se acercaron al cuartucho, en el que reposaba la damajuana con la tinta, a llenar una botella con la que reponer los tinteros. A poco de destapar el botellón, una de las chiquilla comenzó a dar voces:

-¡Profesora, esta tinta «ten mexo»!

Doña Juanita –regla en ristre- se levantó de su asiento como una centella; pero no tuvo tiempo de alcanzar a los alumnos desconsiderados que salieron corriendo en tromba hacia la calle, al tiempo que voceaban el estribillo: «Doña Juanita la Pantorrolluda, mea en la cama y dice que suda».                                                             

Tal vez el recuerdo de doña Juanita se haya potenciado en mí al desarrollar su misma profesión… Nunca llegué a aplicar el palmetazo como castigo,  pero más de una vez propiné un capón cuando me sentí impotente ante alguna situación.

En cierta ocasión en la que uno de los padres, asistente a una junta de padres, sacó a colación  («sin acritud», que diría Felipe González) mi tendencia al coscorrón, se me ocurrió hacer una escenificación de los hechos, en la que los progenitores pasaron a ocupar el lugar de los hijos, no sin antes asegurarles que mis capones no pasaban de un cariñoso coscorroncito de abuela.

Instalados en sus respectivos pupitres, dos de los padres se enzarzaron en una fingida pelea… La profesora –una servidora- los llamó al orden desde su mesa. Pero dada su poca voz, a causa de una cuerda vocal parética, no se le ocurrió mejor cosa que levantarse y aplicar el capón objeto del litigio al alumno más díscolo (en este caso, el padre que parecía sacudir con ahínco al compañero de pupitre …).

No hubo tiempo a más… El padre en cuestión levantó la cabeza al tiempo que exclamaba:

-Será un coscorroncito de abuela y lo que tú quieras…, ¡pero vaya si duele!…

A pesar del episodio del pequeño grupo de alumnos indisciplinados, creo que todos respetábamos y queríamos a doña Juanita, una maestra de la que guardo un recuerdo imborrable y un conjunto de conocimientos que me sirvieron -y todavía continúan vigentes- para afrontar situaciones fundamentales en mi vida. Y hasta podría asegurar que en aquella escuela se desarrolló mi personalidad, además de adquirir los conocimientos necesarios para afrontar el ingreso y primer curso de Bachillerato por libre.

Con estas líneas  quiero rendir homenaje no solo a doña Juanita, también a todos los compañeros que han tratado de desempeñar su profesión con amor. Y autoridad, lo que no siempre es fácil.

N.B. En el programa «Quién quiere ser millonario», uno de los concursantes dudaba cuál de estos ríos: Ebro, Turia, Tajo, Duero, no pasaba por Aragón. Al final logró acordarse, pero para ello tuvo que echar mano de varias retahílas de las que repetíamos en la escuela. Como por ejemplo: «El Duero nace en los Picos de Urbión, provincia de Soria, pasa por Soria, Aranda de Duero, Toro,  Zamora y desemboca en el Océano Atlántico por Oporto».

Y fue esto, en realidad, lo me hizo recordar a doña Juanita cuando nos decía que las potencias del alma eran tres: memoria, entendimiento y voluntad. Y no había que desdeñar ninguna, pues las tres se apoyaban. (Que me lo cuenten a mí, ahora que mi memoria practica de continuo el patinaje.)

 

A vueltas con el género

Una amiga, a la que aprecio muchísimo, me acaba de enviar un mensaje que me ha hecho reír -o sonreír y hasta llorar, según se mire…- de verdad. Lo cierto es que dicho mensaje me ha creado tal caos gramatical que no sé cómo referirme a mis hijos, nietos y bisnietos (perdón: creo que lo correcto sería escribir hijes, nietes y bisnietes) en referencia al instrumento que toca cada uno; porque los tengo de diversas clases y, según la nueva gramática, habré de referirme a ellos de la siguiente forma: clarinetistas y clarinetistos, pianista y pianisto, oboísto, trombonisto y armonicisto. Es la pura verdad… Espero no dejar a alguno fuera de la lista.

Y ahora, bromas aparte, como el citado trabajo me ha dado impulso para entrar de nuevo en mi blog, que tenía completamente abandonado por diversos motivos que se reducen a uno: FALTA DE TIEMPO, he indagado si estaría permitido incluir aquí tan magnífico discurso. Y como la respuesta ha sido afirmativa, ahí lo dejo; aunque es de suponer que a estas alturas lo habréis recibido por múltiples conductos. Aun así.

PARA LOS “IGNORANTOS E IGNORANTAS»

Yo no soy víctima de la Ley Orgánica de Educación. Tengo 69 años y he tenido la suerte de estudiar bajo unos planes educativos buenos, por encima de las estadísticas de aprobados y de la propaganda política.

En el jardín de infancia (así se llamaba entonces lo que hoy es «educación inicial») empecé a estudiar con una cartilla que todavía recuerdo perfectamente: la A de «araña», la E de «elefante», la I de «iglesia» la O de «ojo» y la U de «uña»……

En Primaria estudiábamos Lengua, Matemáticas, Ciencias, …

En 6º de Primaria, si en un examen tenías una falta de ortografía del tipo de «b en vez de v» o cinco faltas de acentos, te bajaban la nota.

En Bachillerato, estudié Historia, Geografía,  Matemáticas, Química, Biología, Física, Latín, Literatura y Filosofía.

Leí El Quijote y el Lazarillo de Tormes; leí Lanzas coloradas, Casas muertas,  Doña Bárbara y otros… Pero, sobre todo, aprendí a hablar y a escribir con corrección.

Aprendí a amar nuestra lengua, nuestra historia y nuestra cultura.

Y… vamos con la Gramática:

En el Español existen los participios activos como derivado de los tiempos verbales.

El participio activo del verbo atacar es «atacante»; el de salir es «saliente»; el de cantar es «cantante» y el de existir, «existente».

¿Cuál es el del verbo ser? Es «ente», que significa «el que tiene identidad», en definitiva «el que es».

Por ello, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se añade a este la terminación «ente».

Así, al que preside, se le llama «presidente» y nunca «presidenta», independientemente del género (masculino o femenino) del que realiza la acción.

De manera análoga, se dice «capilla ardiente», no «ardienta»; se dice «estudiante», no «estudianta»; se dice «independiente» y no «independienta»; «paciente», no “pacienta»; «dirigente», no dirigenta»; «residente», no «residenta”.

Y ahora, la pregunta: nuestros políticos y muchos periodistas (hombres y mujeres, que los hombres que ejercen el periodismo no son «periodistos»), ¿hacen mal uso de la lengua por motivos ideológicos o por ignorancia de la Gramática de la Lengua Española? Creo que por la dos razones. Es más, creo que la ignorancia les lleva a aplicar patrones ideológicos y la misma aplicación automática de esos patrones ideológicos los hacen más ignorantes (a ellos y a sus seguidores).

Les propongo que pasen el mensaje a sus amigos y conocidos, con  la esperanza de que llegue finalmente a esos ignorantes semovientes (no «ignorantas semovientas», aunque ocupen carteras ministeriales).

Lamento haber aguado la fiesta a un grupo de hombres que se habían asociado en defensa del género y que habían firmado un manifiesto. Algunos de los firmantes eran: *el dentisto, el poeto, el sindicalisto, el pediatro, el pianisto, el golfisto, el arreglisto, el futbolisto, el proyectisto, el turisto, el contratisto, el paisajisto, el taxisto, el artisto, el periodisto, el taxidermisto, el telefonisto, el masajisto,  el trompetisto, el violinisto, el maquinisto, el electricisto, el oculisto, el policío del esquino y, sobre todo, ¡el machisto!

Alegría

Hace cosa de unos veinte días, cuando fui a vacunarme contra la gripe en mi ambulatorio, pretendían colocarme también la tercera del Covid y me negué. Quizá el rechazo fuese infundado, pero en mi caso hay que tener en cuenta aquello de “gato escaldado…”  Y es que jamás me había dado reacción vacuna alguna, hasta que me encajaron junto con la de la gripe otra para la neumonía que casi me lleva a mejor vida.

El martes pasado, viendo la velocidad a la que se está propagando la nueva cepa del condenado virus, decidí ponerme la tercera dosis de la vacuna en el Zendal, hospital en el que te dan cita casi inmediata, puesto que en el ambulatorio no me tocaba hasta el 29. Para ello vino a recogerme mi hijo a la salida del trabajo, a eso de las siete de la tarde.

Cuando llegamos al hospital la afluencia de gente era impresionante, y también de coches, así que no nos quedó otra que aparcar a más de dos kilómetros del lugar.

Dispuestos a esperar nos pusimos a la cola, pero al llegar a la puerta del recinto que rodea al edificio a mi hijo no le dejaron entrar. Y no es que fuese imprescindible  su compañía; pero, de saberlo, hubiese cogido un libro que me hiciese más llevadera tan larga espera. (Bueno…, tampoco hay que exagerar:  pese a la enorme afluencia de gente, era tal la rapidez con la que se movía la fila que mi espera no llegó más allá de dos horas, cuando temía pasarme la noche entera de pie).

¿A qué viene todo este preámbulo, si lo que pretendía sólo era desearos FELICES PASCUAS DE NAVIDAD…?

Porque mientras esperaba el turno para vacunarme, y a la vista de tan enorme gentío sin separarse ni un segundo del móvil, mi mente comenzó a divagar sobre el momento que estamos viviendo…

Por suerte disponemos de móvil, pero su uso debe ser comedido, mesurado. Sin ir más allá: al llegar la Navidad la gente se afana en enviar mensajes de felicitación –o de otra índole- por triplicado, mensajes que asfixian al receptor que se ve obligado a leerlos a marchas forzadas y eliminarlos rápidamente para lograr el espacio necesario para otros fines. Muchas veces se trata de vídeos interminables, con frases rebuscadas. En mi opinión, que no considero la mejor, pienso que con unas pocas palabras propias y una ilustración adecuada sería suficiente. También es importante tener en cuenta la situación y personalidad del receptor: mucha gente está deseosa de recibir noticias y es a esas personas a las que debemos dirigir nuestros mensajes, pero siempre que sean portadores de regocijo y sin agobiar.

En mis divagaciones también pensé que no podemos fundamentar la alegría en lo de fuera y menos ahora que lo de fuera anda tan renqueante.  Esforcémonos en sacar lo mejor de cada uno con una actitud realista, volviendo a ilusionarnos. Y sobre todo, tratemos de sacar algo positivo de todo esto, colocarnos  en el lugar del otro, y cada uno, creyente o no,  celebre la Navidad según sus convicciones, pero siempre desde la perspectiva del Amor y que este Amor no quede reducido a  unos días, que trascienda a lo largo del Año y de la Vida. La “nueva normalidad” tiene que preparársela cada uno, ayudando a los demás dentro de sus posibles. Todos podemos hacer algo y la satisfacción que sientes cuando das algo de ti  es insuperable.

Y si, además, podemos echar mano de algo que nos agrade… Lo mío es la música, faceta inherente a mi familia y que traté de inculcar a mi descendencia. Por suerte puedo escucharla, aunque no sea lo mismo que acudir a un concierto.

Música y achuchones es lo que más echo en falta.  ¿Volveremos a abrazarnos alguna vez? Esperemos que lo virtual no llegue nunca a suplir el calor humano.

FELICES FIESTAS

El idioma más bonito

Tal vez me repita al decir que la música es mi pasión más sentida (como lo era para los habitantes de Roncole, pueblo en el que Verdi, mi operista favorito, vino al mundo). Será por eso que cuando escucho a este compositor me traslado a Palmeira, mi tierra natal, en la que el canto está instalado desde siempre. Y también será por eso que, desde que mis nietos tuvieron la capacidad de manejar un artilugio que produjese música, puse mi empeño en llevarlos a una escuela en la que se fuesen familiarizando, en plan un poco más  serio, con algún instrumento musical. Creo que lo he logrado en un buen porcentaje, aunque ninguno se dedique a la música como profesión.

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Kela

Aquella manera tan meliflua de dirigirse a mí no era habitual en mis hijos, a menos que pretendiesen algo insólito. Tanto halago sin venir a cuento me tenía desconcertada y, más que nada, puesta en guardia.

Fue al bajar la vista cuando me di cuenta de lo que pretendían:  una pequeña cría de perro de raza desconocida se deslizó entre mis piernas.

-¡Ni lo soñéis! –dije, al darme cuenta de sus pretensiones. Sigue leyendo

El contenedor

Poniendo en práctica la máxima del padre Hortelano: “Lo que tienes en el armario y no te lo pones en un año, ¡no te pertenece!, dáselo a otro que se lo ponga”, y también –todo hay que decirlo- por aligerar de carga algunas perchas para dejar espacio a posibles visitas, decidí deshacerme de alguna ropa. Al estar de vacaciones y no poder dársela al hombre que vive de la venta de lo que le regalan, decidí llevarla al contenedor de ropa, tarea que también había realizado el año anterior.

De los cuatro contenedores que había, estaba claro que el amarillo pertenecía al plástico; con el del vidrio tampoco tuve duda; de los restantes –grises e iguales los dos, aunque con tapaderas de diferente color-, opté por levantar la tapa de uno y, al ver lo bien atadas que estaban las pocas bolsas que contenía y la ausencia de mal olor, supuse que aquel era el adecuado, a pesar de no ceñirse al formato habitual. En él deposité mi carga.

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Bendita escalera

-¡Baja de ahí, mamá! Cualquier día te matas o descalabras la cadera… Y, para colmo, con semejante trasto…

Era la cantilena que soltaban mis hijos cada vez que me veían encaramada a la inestable escalera.

Y aparecieron con una mucho más segura, más moderna, con más peldaños y, por lo tanto, bastante más alta.

-Pero habrás de prometer -¡solemnemente, que te conocemos!- que no te subirás siquiera a ésta, a no ser que esté a alguien a tu lado.

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Lo tengo decidido: «¡No me la quito!»

Esta mañana estaba citada para hacerme la analítica de trámite. En esta ocasión, más que de trámite, de necesidad; puesto que un requisito que realizaba cada semestre, a causa de la dichosa pandemia hube de posponerlo hasta pasado año y medio. Y servidora, intuyendo lo que iba a suceder -aumento de medicación al canto-, tampoco ejerció demasiada presión para que le prestasen atención facultativa con urgencia.

Y claro: si la analítica general era inmejorable, por la ausencia de pócimas que la alterasen, el factor reumático andaba por las alturas, sucediendo lo que me temía…

Y el aumento de medicación imponía frecuentar más las analíticas por  aquello de que los efectos colaterales pudiesen resultar peores que la propia enfermedad.

El caso es que esta mañana tocaba extracción de sangre y allá me he ido.

La sala de espera estaba atestada de pacientes. En cuanto sonó mi nombre en el altavoz me metí como un rayo en la cabina asignada deseando dejar cuanto antes el hospital.

Nada más entrar, la enfermera me soltó:

-¡Se ha equivocado de cabina!

-¡No! Esta es la cabina 5. Lo pone en la puerta.

-Para la cabina 5 estamos llamando a Carmen González Fontao.

-¡Y aquí estoy! -respondí con un poco de guasa al ver que la enfermera me miraba, remiraba y comprobaba los papeles que tenía en la mano en los que figuraba mi edad.

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Los pájaros también se deprimen

Como vengo haciendo cada mañana, me asomé a la ventada a dejar la comida a los pájaros. Había empezado a nevar y el suelo del jardín comenzaba a ponerse blanco, salvo en las zonas cubiertas por los dos bancos de madera. No se veía ni rastro de las aves y aun así lancé un puñado del alimento que voy reuniendo de un día para otro.

Mi sorpresa fue mayúscula al ver que al reclamo de la comida comenzaron a aparecer pájaros de gran tamaño y diferente plumaje que jamás había visto en el jardín. Hasta algún loro o cotorra había. Ni vestigio de la bandada de gorriones y pequeñas avecillas que acudían cada día a la cita. Sigue leyendo

Tarde de Reyes

Tarde de Reyes…. ¿Triste…? Diferente, quizá: el lugar de la tristeza dio cabida a la nostalgia. Nostalgia de tiempos en los que se recibía a los Magos en la casa de la abuela.

 Sí…, nostalgia de hinchar globos, colgar guirnaldas del techo (tareas encomendadas a la hija y al nieto mayor), envolver algún regalo de última hora, colocar el nombre de su destinatario a cada presente…  Desde fecha inmemorial el regalo que la abuela solicita para sus hijos consiste en el apadrinamiento de un niño, al parecer sin fecha de caducidad, que los Reyes se encargan de trasladar a otro chaval cuando el apadrinado se hace mayor. Cerca de cuarenta años repitiéndose el mismo ritual, aunque con alguna variante en el decorado. ¡Ah!, sin olvidar la bandeja con el refrigerio para los Reyes, séquito y camellos.

Pero la añoranza más grande de la abuela  -“Bisa”- es no haber podido ver la carita de los más pequeños: de asombro, al llegar y contemplar tanto regalo junto; de alborozo jubiloso, al ir descubriendo los regalos de cada uno…  Y, remontándose unos pocos años atrás, la cara de la “Bisa” (madre de la abuela, que le cedió a la hija apelativo de “Bisa” al ostentar ella el de “Tata”, diminutivo de tatarabuela) al recibir los suyos de manos de los más pequeños acompañados de villancicos. Y el recuerdo del “Muy temprano esta mañana”, villancico que cantaba junto a la Tata” al abrirse de par en par las puertas del salón engalanado. De todo ello la abuela-bisa guarda preciosas instantáneas y vídeos que muchas noches le hacen sonreír antes de irse a la cama.

Pero hoy, a causa de la dichosa pandemia, ya nada es igual: cada hijo ha recibido a los Reyes en su casa sin dar lugar a ese contacto familiar entre hermanos y primos en el que se terminaba comiendo roscón en la cocina de la abuela, aunque estuviesen un poco apretujados. Lo mismo ocurrió los otros días festivos de la Navidad en la que solían reunirse alrededor de una veintena de comensales que recibían al nuevo año tocando varios instrumentos -acordes y por separado-, canciones y baile.

Ya nada es igual, pero algo queda del espíritu navideño ya que a media mañana comenzaron a llegar -por etapas- hijos, nietos y bisnietos  a casa de la abuela para entregarle, con las debidas medidas de seguridad, los presente que los Magos le fueron dejado en cada casa.

Todavía hubo un encuentro en el parque y, a falta de abrazos de verdad (lo que más echa en falta la abuela-bisa), con gestos de cariño.

Al escribir este pequeño revoltijo de sensaciones, me viene al recuerdo la poesía de Bécquer: “Volverán las oscuras golondrinas…”.

N.B.: siento no poder publicar fotografías de mayor calidad. Casi todas las imágenes que conservo de las Navidades  son vídeos tomados con el móvil  y el resultado, cuando se extrae un fotograma, deja bastante que desear…