
Palmeira 9 – 2 – 57
Rafael F. Ráfales
Marín
Rafaeliño: Prometí escribirte y voy a hacerlo. Son algo más de las doce de la noche. Hasta hace un momento estuvieron aquí cosiendo mi madre y mi hermana, pero ya se fueron a la cama. Yo les dije que me quedaba estudiando un poco…
No sabes lo a gusto que se escribe estando sola, sin prisas y escuchando una música maravillosa. Así sí que se puede soñar. Ya lo estuve haciendo. ¿Quieres saber qué pensaba? Me veía en la fiesta de la que me hablaste. Llevaba un traje blanco largo y muy bonito, tanto que podía comparársele a los de esas chicas hijas de comandantes y coroneles. Bailaba contigo y estaba tan contenta de llevarte a mi lado, tan orgullosa de ti y era tan feliz que todo me parecía un sueño. Y así es. Yo no tuve ocasión en mi vida de llevar un traje de noche y no puedes imaginarte lo maravilloso que le parece eso a una chica y mucho más en mis condiciones. Creo que la más fea se imagina un hada con un traje de esos. Me acuerdo que una vez, siendo muy pequeña, hizo mi madre dos trajes largos para unas hermanas que iban a esa fiesta precisamente; las veía tan guapas con aquellos vestidos que para mí ya no existía nada mejor y me dije que algún día llevaría uno así.
Rafaeliño, ¿te atreverías a llevarme a esa fiesta? ¿No tienes miedo que te deje quedar mal? Muchas veces me llamaste aldeana ¿te acuerdas? Creo que tenías razón y también tu padre cuando te tomaba el pelo… Pero no me importa mucho porque sé que a tu lado aprenderé muchas cosas y a cambio yo te querré mucho, mucho.
Y ahora permíteme que descienda a la realidad porque sino Dios sabe la cantidad de barbaridades que discurriría y no quiero.
Me pregunto qué estarás haciendo en este momento. ¿Durmiendo, acaso? ¿En casa de tíos? ¿Y si resulta que estás pasándolo bien con tus amigotes en el Suevia?… Se me ocurrió decir el Suevia porque hace un momento estuve escuchando la retransmisión de una revista que están poniendo allí. No se te ocurrirá a ti escribirle a ninguna Petrusca, o como se llame, porque si no sería capaz de hincharte un ojo.
Cuando fui a llevar la otra carta a Correos vi que quedaba una noche estupenda. No sé, pero me da la impresión de que mañana hará un día bueno. ¡Mira que tenemos mala suerte! ¿Vendrás el domingo? Ojalá se ponga el tiempo bueno de una vez.
¿Crees que el domingo de Carnaval estarás libre? Me gustaría que así fuese, porque entonces me las arreglaría para que me dejasen ir a Villagarcía y ese día -el sábado, quiero decir- hay baile de disfraces. Pero ya hablaremos con calma cuando vengas sino, por carta, sería mucho rollo. El día que me vine hicimos muchos proyectos Ana Mª y yo. Pensaba ir con mi madre a Vigo cualquier día de este mes, pero mi madre decidió dejarme a mí en casa y llevar a Naty porque dice que sale menos que yo y hay que repartir. Me gustaría ir, pero no osé protestar. Hay que ganar méritos para las ocasiones…
Se me cierran los ojos y voy a dejarlo aquí. Mañana en un momentito que tenga desocupado seguiré escribiendo y así saldré de las dos acostumbradas cuartillitas.
Continúo hoy, domingo. Son algo más de las cinco y aún estoy sin saber qué hacer durante la tarde. No me gusta pasar el domingo todo el día metida en casa. No me hace gracia la idea de meterme aquí en el cine, pero más me horroriza pensar en desplazarme a Puebla o Riveira y eso que hace un momento me llamó mi madrina para que me llegase hasta Riveira dando un paseo y luego iba al cine con ellos.
Ahora mismo estoy escuchando la información de los partidos de futbol; no es que me interesen mucho, pero tengo una quiniela y, de paso, me entero de los resultados. No creo que pase de los seis u ocho aciertos de costumbre.
Hoy apareció un día precioso. Al salir de misa anduve dando unas vuelta por la carretera y daba gusto. No daban ganas de venirse para casa. Me acordé mucho de ti, pero casi preferí que no hubieses venido, porque hoy por la mañana, con todo lo que tuve que hacer, no sé cómo me las arreglaría para estar contigo. A no ser que vinieses a ayudarme a preparar la comida…
Acabo de subir para hacerme unas fotografías. Vino Naty a decirme que estaba arriba un fotógrafo y allá me fui. No sé cómo saldrán, porque el que nos las hizo era un niño que no tendría más de trece o catorce años.
No sé por qué hoy me gustaría hablar contigo por teléfono. Sin embargo, aunque quiera, no podré pues lo más natural es que no estés en la Escuela. Me quedaré con las ganas.
Esta carta va escrita por etapas. Me fui yo sola al cine, vi la película y me vine la primera. Ahora estoy contenta de haber ido porque me reí a más no poder. La película no valió gran cosa pero tuvo detalles de carcajada; además, un poco verdes y, como tú no estabas, pude reírme a mis anchas. De todas maneras te eché mucho de menos y hoy me encontré más sola que nunca.
Entre el animador del baile que está asesinando de mala forma las canciones más bonitas y mi prima la de Carreira que, para castigo mío está hoy aquí, van a acabar con mi sistema nervioso. Cuando llegué del cine me encontré con todos los cajones de la casa abiertos y revueltos; pero lo peor fue que entre ella y Lolita me tiraron una taza de nata que después de muchos días logré juntar para hacer un postre. Si las cojo en el momento, las mato. Ahora están armando jaleo para que les dé la cena y vaya a acostarlas y lo malo es que estoy sola en casa: mi madre se fue a un entierro a la Puebla y vendrá en el coche de Santiago y mi hermana no sé a dónde habrá ido.
Ahora sí que voy a parar y creo que esta vez ya está bien, porque quiero mandar a esas dos a la cama a ver si no dan la lata y, además, dentro de un momento se marcha Digna al baile y tendré que echar un vistazo al teléfono.
Rafaeliño, te quiero mucho, mucho. Deseo que llegue muy pronto el domingo para estar a tu lado y decírtelo muchas veces como tú quieres.
Muchos besos
Mary-Carmen
******
Posdata:
La lectura de la anterior carta me ha hecho comparar aquella etapa, en la que poco necesitabas para considerarte casi una princesa, con el momento actual en el que los contenedores de ropa no dan cabida a tanto despilfarro (aunque siempre habrá alguien dispuesto a aprovechar los derroches de otros).
Lo cierto es que guardo un recuerdo imborrable de aquel baile en el que las miradas de los presentes convergían, no sé a ciencia cierta si en mi persona o en el precioso vestido amarillo a godets -ni siquiera de color blanco ni largo del todo, como había soñado, sino tobillero- que mi madre confeccionó con la magia que ponía en todo lo que caía en sus manos y, además, para el que había sabido elegir un color que potenciaba el dorado de mi piel morena por el sol y el verde de mis ojos.
Tampoco desmereció el traje que lucí por la mañana en la Jura: un sencillo dos piezas celeste que -estoy convencida- resultó de lo más elegante en su sencillez.














