El contenedor

Poniendo en práctica la máxima del padre Hortelano: “Lo que tienes en el armario y no te lo pones en un año, ¡no te pertenece!, dáselo a otro que se lo ponga”, y también –todo hay que decirlo- por aligerar de carga algunas perchas para dejar espacio a posibles visitas, decidí deshacerme de alguna ropa. Al estar de vacaciones y no poder dársela al hombre que vive de la venta de lo que le regalan, decidí llevarla al contenedor de ropa, tarea que también había realizado el año anterior.

De los cuatro contenedores que había, estaba claro que el amarillo pertenecía al plástico; con el del vidrio tampoco tuve duda; de los restantes –grises e iguales los dos, aunque con tapaderas de diferente color-, opté por levantar la tapa de uno y, al ver lo bien atadas que estaban las pocas bolsas que contenía y la ausencia de mal olor, supuse que aquel era el adecuado, a pesar de no ceñirse al formato habitual. En él deposité mi carga.

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Bendita escalera

-¡Baja de ahí, mamá! Cualquier día te matas o descalabras la cadera… Y, para colmo, con semejante trasto…

Era la cantilena que soltaban mis hijos cada vez que me veían encaramada a la inestable escalera.

Y aparecieron con una mucho más segura, más moderna, con más peldaños y, por lo tanto, bastante más alta.

-Pero habrás de prometer -¡solemnemente, que te conocemos!- que no te subirás siquiera a ésta, a no ser que esté a alguien a tu lado.

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Lo tengo decidido: “¡No me la quito!”

Esta mañana estaba citada para hacerme la analítica de trámite. En esta ocasión, más que de trámite, de necesidad; puesto que un requisito que realizaba cada semestre, a causa de la dichosa pandemia hube de posponerlo hasta pasado año y medio. Y servidora, intuyendo lo que iba a suceder -aumento de medicación al canto-, tampoco ejerció demasiada presión para que le prestasen atención facultativa con urgencia.

Y claro: si la analítica general era inmejorable, por la ausencia de pócimas que la alterasen, el factor reumático andaba por las alturas, sucediendo lo que me temía…

Y el aumento de medicación imponía frecuentar más las analíticas por  aquello de que los efectos colaterales pudiesen resultar peores que la propia enfermedad.

El caso es que esta mañana tocaba extracción de sangre y allá me he ido.

La sala de espera estaba atestada de pacientes. En cuanto sonó mi nombre en el altavoz me metí como un rayo en la cabina asignada deseando dejar cuanto antes el hospital.

Nada más entrar, la enfermera me soltó:

-¡Se ha equivocado de cabina!

-¡No! Esta es la cabina 5. Lo pone en la puerta.

-Para la cabina 5 estamos llamando a Carmen González Fontao.

-¡Y aquí estoy! -respondí con un poco de guasa al ver que la enfermera me miraba, remiraba y comprobaba los papeles que tenía en la mano en los que figuraba mi edad.

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Los pájaros también se deprimen

Como vengo haciendo cada mañana, me asomé a la ventada a dejar la comida a los pájaros. Había empezado a nevar y el suelo del jardín comenzaba a ponerse blanco, salvo en las zonas cubiertas por los dos bancos de madera. No se veía ni rastro de las aves y aun así lancé un puñado del alimento que voy reuniendo de un día para otro.

Mi sorpresa fue mayúscula al ver que al reclamo de la comida comenzaron a aparecer pájaros de gran tamaño y diferente plumaje que jamás había visto en el jardín. Hasta algún loro o cotorra había. Ni vestigio de la bandada de gorriones y pequeñas avecillas que acudían cada día a la cita. Sigue leyendo

Tarde de Reyes

Tarde de Reyes…. ¿Triste…? Diferente, quizá: el lugar de la tristeza dio cabida a la nostalgia. Nostalgia de tiempos en los que se recibía a los Magos en la casa de la abuela.

 Sí…, nostalgia de hinchar globos, colgar guirnaldas del techo (tareas encomendadas a la hija y al nieto mayor), envolver algún regalo de última hora, colocar el nombre de su destinatario a cada presente…  Desde fecha inmemorial el regalo que la abuela solicita para sus hijos consiste en el apadrinamiento de un niño, al parecer sin fecha de caducidad, que los Reyes se encargan de trasladar a otro chaval cuando el apadrinado se hace mayor. Cerca de cuarenta años repitiéndose el mismo ritual, aunque con alguna variante en el decorado. ¡Ah!, sin olvidar la bandeja con el refrigerio para los Reyes, séquito y camellos.

Pero la añoranza más grande de la abuela  -“Bisa”- es no haber podido ver la carita de los más pequeños: de asombro, al llegar y contemplar tanto regalo junto; de alborozo jubiloso, al ir descubriendo los regalos de cada uno…  Y, remontándose unos pocos años atrás, la cara de la “Bisa” (madre de la abuela, que le cedió a la hija apelativo de “Bisa” al ostentar ella el de “Tata”, diminutivo de tatarabuela) al recibir los suyos de manos de los más pequeños acompañados de villancicos. Y el recuerdo del “Muy temprano esta mañana”, villancico que cantaba junto a la Tata” al abrirse de par en par las puertas del salón engalanado. De todo ello la abuela-bisa guarda preciosas instantáneas y vídeos que muchas noches le hacen sonreír antes de irse a la cama.

Pero hoy, a causa de la dichosa pandemia, ya nada es igual: cada hijo ha recibido a los Reyes en su casa sin dar lugar a ese contacto familiar entre hermanos y primos en el que se terminaba comiendo roscón en la cocina de la abuela, aunque estuviesen un poco apretujados. Lo mismo ocurrió los otros días festivos de la Navidad en la que solían reunirse alrededor de una veintena de comensales que recibían al nuevo año tocando varios instrumentos -acordes y por separado-, canciones y baile.

Ya nada es igual, pero algo queda del espíritu navideño ya que a media mañana comenzaron a llegar -por etapas- hijos, nietos y bisnietos  a casa de la abuela para entregarle, con las debidas medidas de seguridad, los presente que los Magos le fueron dejado en cada casa.

Todavía hubo un encuentro en el parque y, a falta de abrazos de verdad (lo que más echa en falta la abuela-bisa), con gestos de cariño.

Al escribir este pequeño revoltijo de sensaciones, me viene al recuerdo la poesía de Bécquer: “Volverán las oscuras golondrinas…”.

N.B.: siento no poder publicar fotografías de mayor calidad. Casi todas las imágenes que conservo de las Navidades  son vídeos tomados con el móvil  y el resultado, cuando se extrae un fotograma, deja bastante que desear…

Un par de rosas

Se había quedado una tarde tristona, pero sin lluvia. Un poco de niebla, eso sí. El aguacero caído durante toda la mañana había cesado y, mientras miraba la calle desierta, pensó que, desde que tenía uso de razón, era la primera vez que dejaba de visitar el camposanto en día tan señalado. A pesar de que ningún deudo estaba enterrado en el cementerio de la gran urbe, tenía por costumbre dejar un puñado de rosas rojas en alguna sepultura desprovista de flores, en recuerdo del marido muerto.

Andaban cerca las cinco de la tarde y pronto caería la noche. A pesar de ello algo la impulsaba a lanzarse a la calle y tomar el primer autobús que pasase con rumbo al cementerio. Se sonrió al recordar que “las costumbres se hacen leyes”, según la frase tan repetida por su abuela.

 El autobús no tardó demasiado y apenas traía pasajeros. A lo largo del trayecto se subió alguno más, pero se fueron apeando dejándola sola con el conductor. Una parada más adelante éste anunció: Final de trayecto.

A pesar de haber realizado aquel recorrido durante más de quince años, al bajar del autobús se sintió desorientada sin saber hacia que lado tirar. Frente a ella se extendía una larga muralla, pero no se divisaba la entrada principal del lugar sagrado ni tampoco puesto alguno de flores. Fue al cruzar la calle con intención de tirar hacia la izquierda cuando advirtió que dos personas salían por una puerta a su derecha.

Sin pensárselo un segundo se dirigió hacia aquella puerta y se introdujo en el cementerio. Dentro del recinto no se veía alma viviente. A pesar de ello avanzó por una vereda entre sepulturas intentando localizar la zona del cementerio que le era familiar. Nada…

Fue entonces cuando se dio cuenta de que aquel cementerio tenía algo extraño: faltaban las cruces en las sepulturas… Comenzó a sentir miedo, pues intuía que algún grupo de desalmados se había dedicado a profanarlo, noticia frecuente en los medios informativos de la época.

Con rapidez se volvió en busca de la salida, instante en el que se fijó en una gran losa blanca cubierta de flores. Parecía como si todas las flores del cementerio se hubiesen dado cita sobre aquella sepultura. En aquel momento recordó el motivo que la había llevado al cementerio: depositar unas rosas en una tumba vacía.

No se lo pensó dos veces: buscó entre la montaña de flores que tenía ante sí, retiró un par de rosas y las depositó sobre la tumba más cercana desprovista de flores.

La curiosidad pudo más que el miedo: se acercó de nuevo a la gran losa blanca y deslizó las flores hasta que le permitieron leer el nombre de la persona allí enterrada (del que sólo sobresalía una letra negra): DOLORES IBARRURI.

Otro despiste más para su larga colección: se había metido en el cementerio civil.

Tiempo de meditación

 

Hoy que el momento caótico que nos toca vivir invita a reflexión, creo que el hermoso poema del Mário de Andrade se presta a ello.

Me lo dejaron en el wassap (adjudicándoselo a Pedro Salinas) y, a pesar de conocerlo, lo había olvidado. Sólo con ver el título recordé gran parte. Lo traslado a mi blog con el deseo de que alguien más lo lea.

Aunque a lo largo de mi vida traté siempre de distinguir entre lo esencial y lo superfluo, la pandemia me está enseñando a valorar todavía más lo que realmente vale la pena tener en cuenta: la entrega a los demás, pues siempre encontrarás algo de ti que puedas compartir.

 

                                         MI ALMA TIENE PRISA

 

Conté mis años y descubrí que tengo menos tiempo para vivir de aquí en adelante que el que viví hasta ahora…

Me siento como aquel niño que ganó un paquete de dulces: los primeros los comió con agrado, pero, cuando percibió que quedaban pocos, comenzó a saborearlos profundamente.

Ya no tengo tiempo para reuniones interminables, donde se discuten estatutos, normas, procedimientos, y reglamentos internos, sabiendo que no se va a lograr nada.

Ya no tengo tiempo para soportar a personas absurdas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido.

Ya no tengo tiempo para lidiar con mediocridades.

No quiero estar en reuniones donde desfilan egos inflados.

No tolero a manipuladores y oportunistas.

Me molestan los envidiosos que tratan de desacreditar a los más capaces, para apropiarse de sus lugares, talentos y logros. 

Las personas no discuten contenidos, apenas los títulos. Mi tiempo es escaso  como para discutir títulos.

Quiero la esencia, mi alma tiene prisa…

Sin muchos dulces en el paquete…

Quiero vivir al lado de gente humana, muy humana. Que sepa reír de sus errores. Que no se envanezca con sus triunfos. Que no se considere electa antes de hora. Que no huya de sus responsabilidades. Que defienda la dignidad humana. Y que desee tan solo andar del lado de la verdad y de la honradez.

Lo esencial es lo que hace que la vida valga la pena.

Quiero rodearme de gente que sepa tocar el corazón de las personas… Gente a quien los golpes duros de la vida le enseñó a crecer con toques suaves en el alma.

Si… tengo prisa… por vivir con la intensidad que sólo la madurez puede dar.

Pretendo no desperdiciar parte alguna de los dulces que me quedan… Estoy seguro que serán más exquisitos que los que hasta ahora he comido.

Mi meta es llegar al final satisfecho y en paz con mis seres queridos y mi conciencia.

 MARIO DE ANDRADE

*Fotografía de Pablo Matera

 

Recordando a Kraus

Viendo que no encontraba la manera de conectarme a Internet con el ordenador portátil del que en estos momentos dispongo, además de otros inconvenientes causados por mi torpeza en el manejo del aparato, opté por dedicar mi tiempo de vacaciones a la lectura de los pocos libros que traigo con ese fin y que casi nunca llegué a abrir, escuchar música y ver alguna de las siete u ocho películas que metí en el equipaje, entre ellas “La vida de los otros”, película alemana que me dejó un regustillo amargo cuando la vi hace años.

Me disponía a llevar a cabo los preparativos para ver de nuevo la citada película en el televisor, cuando mis ojos se posaron en el retrato del tenor Alfredo Kraus, que tengo en la estantería del salón, y recordé de pronto que había muerto un 10 de septiembre, fecha en la que, por encontrarme lejos de Madrid, ni siquiera pude asistir a la capilla ardiente instalada en el Teatro Real.

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El hombre discreto

El comentario de Magdalena a mi relato anterior me trajo a la memoria la respuesta que el Hermano Antonio Zarzosa, fundador del albergue Santa María de la Paz para hombres sin hogar, le dio a la pregunta formulada por uno de los alumnos de 6º de Básica en una visita a dicho centro.

Entre las virtudes que traté de inculcar en mis educandos, una fue la generosidad. Para desarrollarla procuré fomentar situaciones que la encauzasen: como la de hacer rosquillas y buñuelos que los alumnos vendían a sus compañeros en los recreos y con el dinero recaudado apadrinábamos un niño o mitigábamos alguna necesidad. En cuanto las madres tuvieron noticia de mi “ocurrencia”, se pusieron manos a la obra de aquello que mejor sabían hacer y pronto mi iniciativa se vio apoyada con su colaboración aportando bizcochos -muchas veces ya divididos en porciones que procuraban fuesen iguales-, tartas de diversas clases o lo que a cada cual se le diese mejor preparar. Sigue leyendo

Valeria

La veía casi a diario cuando bajaba con su madre al parque. A veces coincidían en el mismo banco y la madre de Marina se entretenía acariciando con el bastón el lomo de Rufino, el caniche que siempre acompañaba a la mujer.

Era una mujer solitaria, de buen porte, que todavía conservaba vestigios de una belleza glacial que sin duda resultase aún más acusada en su juventud. A juzgar por las charlas mantenidas con Marina y su madre, nunca estuvo casada y no por falta de hombres que la pretendiesen. A Marina, aficionada a la ópera, le parecía ver en aquella mujer a una especie de Turandot devoradora de hombres; pero sin final feliz.
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Horas bajas de una bisabuela

Hasta el momento actual tenía la sensación de estar soportando con la moral bastante elevada este encierro forzoso motivado por una pandemia que nadie sabe a ciencia cierta de donde proviene… Me sentía bien porque había comenzar a organizar mi tiempo de una forma rentable -a pesar de las constantes interferencias con mensajes, wassaps y llamadas telefónicas-: estaba aprendiendo a colocar  cada cosa en el lugar adecuado al tiempo que me detenía a recordar momentos vividos, a seleccionar libros leídos antaño para leerlos de nuevo, a ver una y otra vez los vídeos de mis bisnietos mostrando lo fácil que resulta divertirse en casa, y hasta escenificar algún cuento con el móvil para que mis bisnietos se rían de la “Bisa” y no la borren de su memoria. Sigue leyendo

Como cada mañana

Como cada mañana al acabar de desayunar, me asomé al ventanal que da al pequeño jardín a esparcir el almuerzo a los pájaros. Me llamó la atención que ninguno hiciese acto de presencia al verme aparecer. Ni siquiera al lanzar el primer puñado de la comida que voy reuniendo desde el día anterior, desmenuzándola al máximo ya que se trata de pájaros muy pequeños.

Esperé un buen rato sin resultado. Volví un poco más tarde y, al ver que el jardín seguía desierto, me olvidé del tema. Sigue leyendo

Covid 19

palmeira

Desde este encierro domiciliario voluntario que me he impuesto hace varios días a causa de la pandemia que venimos sufriendo, pude observar que gran parte de la población se mostraba ajena a la grave situación que estamos atravesando y continuaba sin cumplir unas normas mínimas de convivencia: a pesar de hacerse pública a través todos los medios informativos la necesidad de permanencia de los ciudadanos en sus domicilios -salvo excepciones no muy claras- miraba como la gente entraba y salía, sin guardar la mínima distancia recomendada, en la confitería que alcanzo a ver desde mi ventana. Y lo que es peor: ayer el jolgorio y griterío de los niños -y de los no tan niños- que llegaba desde el parque cercano hacía suponer que eran muchos los que se habían echado a la calle. Entiendo que resulte duro para los padres mantener a los chavales encerrados en casa, pero mucho peor sería que la enfermedad se extendiese a pasos agigantados y el personal sanitario que está al pie del cañón acabe también enfermo o extenuado. Sigue leyendo

La flauta mágica

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A lo largo del tiempo se han hecho muchas preguntas acerca del significado que Mozart quiso conceder a “La flauta mágica”: ¿Oratorio masónico? ¿Rito para iniciados? ¿Singspiel fantástico? ¿Cuento de hadas didáctico?… Querámoslo o no, todo en “La Flauta” está repleto de referencias y simbología masónicas, cosa nada extraña si compositor y libretista lo eran. Sea lo que fuere, Mozart quiso plasmar sus ideales sobre el amor, la amistad, la sabiduría, la verdad…, dando vida a unos sentimientos representativos de toda la humanidad y no privativos de la hermandad en la que militaba.

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