Malditos paraguas

¡Odio a muerte los paraguas! Los odio por infinidad de razones, la principal: porque siempre los dejo olvidados en los lugares  más insospechados. Y los que se encogen, los que se pueden llevar en el bolso, ¡se me resisten todos!

Estaba realizando un trabajo sobre Hemingway. Necesitaba volver a leer “El viejo y el mar” y, como el ejemplar que tenía en mi librería había desaparecido, decidí salir a comprar otro y, de paso, cubrir una primitiva.

Después de adquirir el libro, me metí en el bar en el que suelo sellar mis boletos. Se trata de un local muy pequeño y concurrido. Quedaba un hueco en la barra y hasta un taburete vacío —cosa que a ciertas horas no ocurre con frecuencia—,  así que decidí aprovechar la ocasión para sentarme a tomar un café. Como al salir de mi casa llovía bastante, muy a mi pesar, no tuve más remedio que echar mano del tan odiado paraguas.  Mientras tomaba el café lo colgué de la barra.

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A tí mamá, con todo mi cariño

familia_gonzalez_fontao_y_jose_y_titaAyer estuvimos – mi hermana y yo-  en el tanatorio, acompañando los restos mortales de María Dolores: una mujer excepcional que llevó su larga y penosa enfermedad con una entereza y un humor poco usuales. Esto lo sé a través de terceras personas, principalmente de su prima Magdalena que la visitaba con frecuencia. Siento no haberla conocido antes, pues aun nos unía un lejano parentesco.

La estancia en el tanatorio me hizo evocar el recuerdo de mi madre que, si viviese, hubiese cumplido 105 años el 22 de agosto.  Son tantas y tan entrañables las vivencias que tengo de mi madre y de mi abuela materna  que alguna irá apareciendo en este blog, aunque no lo lea  nadie. Sólo expresar que si algo de bueno hay  en mi persona, es herencia de ellas dos. De la abuela  paterna sólo guardo un borroso recuerdo, porque murió cuando aún no había cumplido seis años. Pero sé por mi madre, su nuera, que era una persona dulce y bondadosa. También mi recuerdo para ella.

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Un día como cualquier otro

Aquel día me notaba verdaderamente rara.

Me di cuenta de que no me sentía bien cuando me dirigía a la cafetería a tomar el café de las 11. Tenía que estar francamente mal para que yo —con síndrome de la bata blanca— decidiese acercarme a la centralita a pedir cita con el traumatólogo.

El mal radicaba en la cintura, o en la cadera… No sabría decirlo. Parecía como si las tuviese desarticuladas.

Mientras esperaba que me diesen línea, me senté en un banco y comencé a estirar el tronco y a elevar las piernas al mismo tiempo que las hacía girar en busca de alivio…

Fue en ese momento cuando se desveló el misterio: mis zapatos eran negros  —el colmo sería que tuviesen distinto color— y de un modelo bastante similar…  Pero entre sus tacones existía una más que respetable diferencia de altura.

Como es de suponer, anulé la llamada a la policlínica.

Experiencias

Hay una expresión que utilizamos en mi tierra gallega que encaja muy bien aquí: “o mais malo é empezar (es comenzar)”. Creo que para mí lo peor es empezar, continuar y rematar. Espero no irme demasiado por los cerros de Úbeda en este mi primer intento autobiográfico y salir airosa del trance. Allá va, pues:

Nací en un bonito pueblo llamado Palmeira, perdido en un hermoso paraje de la geografía gallega, en el seno de una familia de clase media con pocos recursos –venida a menos, vamos- y que en tiempos no tan lejanos había sido el mayor exponente de la aristocracia local.

Mi niñez y mi primera juventud transcurrieron prácticamente en mi pueblo. Mi vida, desde que tengo uso de razón, estuvo jalonada de acontecimientos dignos de ser narrados –gozos y sombras- que prefiero silenciar, pues tendría que implicar a personas y situaciones que de alguna manera influyeron en mi existencia -¿marcaron?- y hoy por hoy no me siento con ánimo. Tal vez eche mano de esas vivencias cualquier día, cuando pueda hacerlo de una manera más reposada, si llego a adquirir la soltura necesaria en mi andadura por la Red.

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El Globo

happy-smiling-balloonsHace muchos años, cuando todavía éramos niños,  en el cumpleaños de un amigo —aquí en Palmeira— el homenajeado nos contó este chiste que, por lo gracioso, sigo contando a mis nietos, bisnieta, en cumpleaños infantiles y hasta en reuniones de amigos. (Gracias, Nacho. No lo cuento con la misma gracia que tú, pero hago lo que puedo: la gente se ríe y los niños ya ni digamos).

Un matrimonio que tenía varios hijos pequeños y no gozaba de servicio (me refiero a una persona que les echase una mano), decidió salir por la noche a darse un garbeo.

Después de duchar y dar la cena a los niños, los mandaron a la cama con una serie de recomendaciones. Recomendaciones que cayeron en saco roto; porque, nada más oír el portazo que dieron sus padres al salir (lo del portazo lo digo influida por la puerta de mi casa que se queda indefectiblemente abierta si no lo das), saltaron de la cama y se liaron a jugar con un globo.

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Genio y figura

En aquella ocasión —como suele ocurrir en las horas punta— el autobús iba lleno.

Normalmente, cuando logro  atrapar vacío el asiento de detrás del conductor, me instalo allí, saco del bolso un libro de bolsillo — quiero decir, de los que pesan poco—  y me dedico a leer. Pero como ese día  mi asiento preferido estaba ocupado, me quedé de pie en el pasillo, a la altura de ese asiento. A pesar de ir de pie, me enfrasqué en la lectura y no me percaté de que el autobús acababa de parar en mi punto de destino. Alcé la vista en ese momento y, al darme cuenta, agarré del suelo la bolsa con el logotipo de unos grandes almacenes en la que llevaba unos vaqueros para cambiar por otra talla.

Cuando me dirigía dando codazos hacia la puerta de salida, el conductor comenzó a berrear:

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Una noticia feliz

Lo recuerdo muy bien: era un viernes. Al salir del centro en el que trabajaba, un compañero me dio la noticia:

—¿A qué no sabes la última…? La mujer de Fulanito está embarazada.

—¡Con lo que le gustan los críos…! ¡Se sentirá feliz! El lunes seré la primera en darle la enhorabuena.

Teníamos dos compañeros que llevaban más de diez años casados y ninguno de los dos había logrado concebir un hijo.

El lunes siguiente —aprovechando la hora del desayuno, en la que nos reuníamos en la cafetería los trabajadores de la empresa—  me fui rauda a felicitar a mi compañero.

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