Salir trasquilada


Aquellas vacaciones estaban resultando animadísimas, puesto que todos mis hijos, por una vez, habían logrado coincidir en tiempo y lugar de veraneo.

Cuatro de mis nietas —de edades muy similares— y yo, habíamos decidido prolongar unos días más las vacaciones, ya que no teníamos demasiada prisa en volver a nuestras respectivas obligaciones. Las cuatro primas dormían en la misma habitación y la hora habitual de levantarse no solía ser antes de las doce.  Sigue leyendo

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La hipoteca

En esta ocasión, más que un despiste, comenzaré narrando una situación en la que me encontré -valga la expresión- sin comerlo ni beberlo:

Comenzaba el mes de junio. El verano se había adelantado con un calor agobiante, sin dar tregua al cuerpo para adaptarse. Precisamente, ese día, terminaba el plazo (o eso creía yo) para pagar la hipoteca del piso que había comprado unos meses antes.

No bien acabada la jornada laboral, salí a velocidad de vértigo del centro en el que trabajaba hacia la parada del bus -ya que a aquella zona no llegaba la línea del Metro y un taxi resultaría carísimo y, con seguridad, menos rápido que el autobús, que disponía de carril propio-. Sigue leyendo

El sí categórico


En cierta ocasión asistí por un corto espacio de tiempo a un taller de Literatura. Tuve que dejarlo con pena, porque para llegar al Centro en el que se impartían las clases tenía que depender de dos autobuses –además de una larga caminata- y mis obligaciones domésticas no me permitían ausentarme tanto tiempo de mi domicilio.

En una de las pocas clases a las que asistí, el profesor nos mandó escribir algo que hiciese referencia a este título: “El sí categórico”. Y, aunque mis dotes líricas dejan mucho que desear, decidí responder con una poesía. Esto es lo que escribí:

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