La palabra más amplia

Con los ojos cerrados traté de buscar en mi interior el vocablo más amplio en contenidos, cayendo en la cuenta de que podía echar mano de muchos: existencia, amor, ilusión, libertad, hogar… Como todos me parecían válidos —razonándolos— opté por dejar la cuestión “aparcada”.

Fue un domingo —13 de mayo— en un pueblo perdido en la geografía manchega, entre olivares y prados cuajados de bellísimas flores silvestres —explosión de colores—, donde decidí que la más amplia y más hermosa palabra se llamaba PAZ. Sigue leyendo

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Autorretrato rápido

¿Cómo soy? Ni yo misma lo sé. ¿Cómo me ven los otros? Lo desconozco. Nunca traté de indagar sobre el particular. Puedo intuir algo, a juzgar por los comentarios gratuitos —bien adulativos o en forma de consejo— por parte de personas de mi entorno.

Ahora que me lo preguntas trataré de describirme lo más honestamente posible:

Físicamente, a la vista está, el espejo no engaña. Tal vez en ocasiones  —dependiendo del ángulo visual o del foco de luz— se muestre compasivo conmigo difuminando arrugas o imperfecciones. Parece como si por unos segundos retrocediese en el tiempo trasladándome a mis años mozos. ¡Vana ilusión…! Claro que, a mis años, no voy a pedirle peras al olmo. Sigue leyendo

Recordando a Casares

Esta tarde he asistido en el Auditorio de Riveira a una charla sobre el escritor Carlos Casares impartida por el dibujante y literato Siro López. La conferencia -muy interesante y amena-, más que versar sobre la obra de Carlos Casares, se refirió a las vivencias del conferenciante con el escritor y político. No conocía en directo a Siro López y he de reconocer que, además de excelente orador y con un gran sentido del humor, su aspecto me resultó atrayente, de buena persona. Si en alguna ocasión vuelve a dar una conferencia en la Casa de Galicia de Madrid -o en cualquier otra entidad- allí me planto. La charla también me ha hecho rememorar episodios de mis años mozos en mi tierra natal. Sigue leyendo

El gallo de oro (Opera de Rimski-Korsakov)

El pasado mes de junio asistí en el Teatro Real a la representación de la ópera de Rimski-Korsakov “El gallo de oro” –una fábula en un prólogo, tres actos y un epílogo-, libreto de Bladimir Belsky, inspirado en un cuento en verso del mismo nombre de Alexandr Pushkin (con origen en “Cuentos de la Alhambra” de Washington Irving), estrenada en Moscú el 7 de octubre de 1909.
De las quince óperas escritas por el autor del “Capricho español”, sólo “El gallo de oro” ha logrado mantener un sitio estable en el repertorio de los teatros de occidente, seguramente por el lucimiento que proporciona a una buena soprano ligera de coloratura.

El argumento de la ópera es, más o menos, el siguiente:

Prólogo:
A telón cerrado, el astrólogo anuncia que, gracias a sus poderes mágicos, los personajes del cuento tomarán vida. Sigue leyendo

Regalo de navidad

Se acercaba la navidad. Un hijo mío me pidió si podría vender entre mis amistades un talonario de lotería para una asociación de sordomudos a la cual pertenecían los padres de un compañero de trabajo (sordomudos los dos). A pesar de no dárseme bien eso de las ventas, acepté con gusto.

En aquella época estudiaba Teología para postgraduados en la Pontificia de Comillas.

Al finalizar mi horario de trabajo y, a pesar de tener que coger dos autobuses, siempre llegaba a Alberto Aguilera con tiempo suficiente para tomarme un café. Al principio me lo tomaba en una cafetería próxima al ICADE, aunque más tarde opté por tomármelo en la cafetería del propio Centro. Aquella tarde llegué con tiempo sobrado y me senté en un pequeño reservado, en vez de tomarme el café en la barra, como tenía por costumbre. Y, puesto que contaba con tiempo suficiente, pedí un café con leche con tostada. Sigue leyendo

Frase del día

taller en familia

«Si no se produce felicidad, no se tiene derecho a ella».
(José Luís Sampedro)

Creo que su obra traduce su pensamiento: «La sonrisa etrusca», por ejemplo.

«Hay que querer a la persona a la que se enseña y, sobre todo, enseñarle a ser él mismo: amor y provocación».

Para mí que utilizaba la mayéutica, el método que aplicaba Sócrates.

Fue José Luís Sampedro el que tuvo la genial ocurrencia de dejar sobre un banco aquellos libros de los que puedes desprenderte (aunque te cueste un poco).

Otra de bolsos (y las que me quedan…)

Cuando viajo en autobús suelo sentarme —si lo atrapo vacío—  en el asiento situado detrás del conductor. (Aunque me repita, considero necesaria la aclaración.)

Aquel día me apeé en Plaza del Marqués de Salamanca con intención de bajar por la calle de “Ortega y Gasset” (antes “Lista”) hacia Serrano, dispuesta a curiosear los escaparates de las grandes firmas ubicadas en esa zona. Sólo curiosear, porque, además de los precios astronómicos de los artículos que allí se exponen —¡y venden!—, todos ellos lejos del alcance de mi precaria economía, nunca se me ocurriría comprar semejantes horteradas (salvo escasas excepciones) ni siquiera a precio de saldo. Aunque, pensándolo bien, en este tipo de tiendas no existen las rebajas, y, si alguna vez las hubiere, para nombrarlas utilizan algún tipo de eufemismo que deje a buen recaudo la categoría del establecimiento. Sigue leyendo