De mal en peor

Lo de hoy no sé en qué estadio será catalogable. Si algo me tranquiliza es pensar que lo mío viene de antiguo, que no es precisamente cosa de la edad.

Pues bien: hace un par de días quedé de reunirme esta tarde con unas amigas, en un lugar determinado, para llegarnos hasta la casa de otra amiga que se encuentra convaleciente de una operación quirúrgica y que, además, celebraba su cumpleaños…

Aunque habíamos quedado a las 18:45 horas, procuré llegar sobrada de tiempo, puesto que la amiga que nos recogía con su coche es extremadamente puntual y en el lugar convenido no es fácil estacionarse.  Sigue leyendo

Asalto en la biblioteca

Tú. La de las gafas de concha. Es tu turno. ¿Cómo te llamas?

—Mi nombre es Julia. Aunque también puedes llamarme Juliana. O Ana, simplemente.

—Si te parece, el santoral completo. ¡No te jode!

—Verás, aunque mi nombre de pila…

—¡Abrevia!

—Creía necesaria la aclaración, pero ante tu apremio… Sin embargo, déjame que repruebe  tu conducta antes de comenzar mi historia: no le veo la gracia a tu genial entrada en esta biblioteca a la hora de cierre—pistola en ristre— y amenazando con volarnos la tapa de los sesos a las personas que aquí nos encontramos, si no te gusta la historia que nos obligas a contar… Sigue leyendo

Micaela

Cuando llegó a Madrid se embarcó en la  búsqueda desesperada de una vivienda confortable para vivir con sus hijos, convirtiendo esta actividad en su hobby obligado durante los fines de semana. En aquella ocasión había «peinado» un buen espacio de la zona norte, y lo poco que pudo ver estaba muy por encima de su precaria economía. Se imponía buscar el piso en algún barrio con menos pretensiones.

Se encontraba por los aledaños del Bernabeu. Era tarde de fútbol. Desde el estadio llegaban los gritos de los aficionados de los dos equipos —R. Madrid  y A. de Bilbao— animando o denostando a los jugadores. A juzgar por los bramidos de la gente en aquel instante, era de suponer que el balón acababa de entrar en la portería defendida por Iríbar.

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Cirugía de urgencia

Como últimamente tenía abandonado este blog por infinitas razones, una de ellas la de leer y comentar los trabajos de otros, he decidido trasvasar algunos de esos comentarios, aunque tenga que añadir una pequeña aclaración —como lo estoy haciendo en este caso— y, de ser necesario, corregir algún pequeño error, sin desvirtuar el contenido del comentario.

Respuesta a la simpatiquísima historia de Francisco A. Vidal Blanco, publicada en Café Barbantia el 9 de febrero de 2017.

Y es que no hay idioma más idóneo que el gallego para expresar sentimientos. Pero con el giro que ha tomado en los últimos años, excede a mis conocimientos. Sigue leyendo

Cuento de navidad

Hace bastantes años sonó el teléfono de mi domicilio. Descolgué.
Una voz masculina al otro lado del hilo:
—¿Vive ahí María Casado?
—No. Lo siento.
—¡Cómo no va a vivir ahí si este es el teléfono que tenemos en su ficha escolar!
—Le aseguro que aquí no vive nadie con ese nombre. Icíar casado, sí. María, ninguna.
—¡Ay, la galleguiña, que no sabe cómo se llama su nieta…!
ornament-1898847_960_720El que llamaba era el jefe de estudios del colegio en el que cursaba 1º de B.U.P. mi nieta mayor, para comunicarnos que había obtenido el primer premio en el concurso de cuentos de navidad.
Aunque mi despiste es proverbial, en este caso había una razón que lo justificaba: cuando nació mi nieta la inscribimos en el registro civil con el nombre de Icíar a secas. Pero al abuelo paterno casi le da un síncope al enterarse de que el tal nombre procedía de una Virgen vasca.
Así las cosas, no hubo más remedio que ir al registro y cambiarlo por el de María. Con todo, a la niña se le siguió llamando Icíar, quedado en el olvido el nombre de María.
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Me sentí importante

El profesor Salgado debía de ser el único profesor que hacía preguntas durante la clase. Tenía fama de buen docente. Y lo era: el que no aprobaba su asignatura es que no había permanecido atento a las explicaciones, en las que se le permitía al alumno objetar, si no estaba de acuerdo con lo explicado. Por tal razón el aula del profesor Salgado se mantenía siempre llena, aunque no gozase de la simpatía de los alumnos.

-Señor Cebrián, ¿acaso no ha dormido bien esta noche? —y Cebrián, dando un respingo, se enderezaba en el asiento con cara de susto—. La función del pupitre no es precisamente la de prestar el servicio de almohada. Claro…, como que es lunes. A saber lo que habrá hecho usted durante el fin de semana… A ver, hábleme a grandes rasgos de «la crítica de la razón pura». Sigue leyendo

El maestro

Mientras esperaba que lo llamasen, se acordó de don Lorenzo: sin  la ayuda del viejo maestro nada de lo que le estaba ocurriendo hubiera sido posible…

Por la mente de Tino comenzaron a desfilar en tropel una serie de  imágenes: primero aquellas fiebres de su padre, agarradas en Guinea, que casi le dejan ciego. Y, para mayor escarnio, sin pestañas; razón de más para instalarse detrás de las descomunales gafas que le quitaban la poca vista que le quedaba:

—¡Estaría de buen año la morena que te contagió!, ¿eh, Benito?  —se pitorreaban los amigos cuando se presentaba la ocasión. «En un pueblo pequeño, ya se sabe, encima has de aguantar las chanzas. Menos mal que, gracias a las antiparras, todo se fue olvidando y padre se atrevió a salir a la calle».
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