El hombre discreto

El comentario de Magdalena a mi relato anterior me trajo a la memoria la respuesta que el Hermano Antonio Zarzosa, fundador del albergue Santa María de la Paz para hombres sin hogar, le dio a la pregunta formulada por uno de los alumnos de 6º de Básica en una visita a dicho centro.

Entre las virtudes que traté de inculcar en mis educandos, una fue la generosidad. Para desarrollarla procuré fomentar situaciones que la encauzasen: como la de hacer rosquillas y buñuelos que los alumnos vendían a sus compañeros en los recreos y con el dinero recaudado apadrinábamos un niño o mitigábamos alguna necesidad. En cuanto las madres tuvieron noticia de mi “ocurrencia”, se pusieron manos a la obra de aquello que mejor sabían hacer y pronto mi iniciativa se vio apoyada con su colaboración aportando bizcochos -muchas veces ya divididos en porciones que procuraban fuesen iguales-, tartas de diversas clases o lo que a cada cual se le diese mejor preparar. Sigue leyendo

Valeria

La veía casi a diario cuando bajaba con su madre al parque. A veces coincidían en el mismo banco y la madre de Marina se entretenía acariciando con el bastón el lomo de Rufino, el caniche que siempre acompañaba a la mujer.

Era una mujer solitaria, de buen porte, que todavía conservaba vestigios de una belleza glacial que sin duda resultase aún más acusada en su juventud. A juzgar por las charlas mantenidas con Marina y su madre, nunca estuvo casada y no por falta de hombres que la pretendiesen. A Marina, aficionada a la ópera, le parecía ver en aquella mujer a una especie de Turandot devoradora de hombres; pero sin final feliz.
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Un feligrés nada común

feligres

Aquel año veraneaba en Torre del Mar, un bonito pueblo entre marinero y turístico de la Axarquía Malagueña.

A la salida de la misa del domingo, me fijé en un cartel que anunciaba la IX Semana Bíblica. Me parecieron interesantes los temas a exponer; así que me puse al corriente de los requisitos que había que hacer para inscribirse y, sin pensármelo dos veces, me apunté. Sigue leyendo

Cuento de Navidad

Lo veía cada semana el día que le correspondía hacer la compra en el hipermercado. Tendría apenas cumplidos los veinte años. En su tez negra, con los rasgos propios de la raza, sus ojos desprendían un halo de nobleza.

La primera vez que se encontraron, el muchacho le ofreció un ejemplar de “La Farola”. Marina, cargada con las bolsas de la compra, rehusó el ofrecimiento con un movimiento de cabeza.
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Una explicación impecable

Ocurrió en la época de María Castaña, cuando todavía me consideraba joven y de buen ver, a juzgar por los requiebros que me lanzaban al pasar los componentes del sexo opuesto.

Aquella mañana me dirigía, tirando de mi recién estrenado carrito de la compra, al mercado de la pequeña capital de provincias en la que residía. Por aquel entonces no había llegado aún la invasión de «hipers» de la que hoy disfrutamos, y el único mercado con el que contábamos quedaba en el lado opuesto de la ciudad. Sigue leyendo

Increíble…, pero cierto.

Lo que ganaba como albañil asalariado no le alcanzaba para mantener a su familia: la mujer y un hijo de siete años. Por eso emigró a Alemania, después de pedir consejo a un amigo que se había ido años atrás; el cual le aseguró que los camareros españoles estaban muy bien conceptuados en aquel país y, como no le iban a pedir currículo, con ganas de trabajar y unas lecciones que el mismo le daría, tenía empleo asegurado. Sigue leyendo

El Oso de Luna

Cuando niños, bajábamos a la playa de Cruces por el portalón del Bacelo. Con el tiempo, en lo que antes fueron la casa y huerto de mi abuela, se construyó un edificio de pisos y con él desapareció el portalón por el que antaño bajábamos a la playa. Pero también desapareció la playa de nuestros juegos y en su lugar hoy disfrutamos de un bonito paseo marítimo. Sigue leyendo

Un cursillo acelerado

Esta historia se la dedico a mi amigo Pablo. Sin su concurso no se me hubiese ocurrido escribirla. Parece que con los años los recuerdos se van haciendo afines y los suyos me hicieron evocar esta  historia real que voy a contar y que estuve tentada de relatar hace meses, cuando una persona en un programa de televisión de bastante audiencia explicó cómo su padre -doctor en estética, si mal no recuerdo- era el pionero de la cirugía plástica en España. Después de oír su relato, caí en la cuenta de que el pionero en esta rama de la cirugía fue mi marido. Sigue leyendo

¡Vaya lío!

Estoy convencida de que los regalos de boda que cita Luna en su ultimo microrrelato a todos nos cayó alguno. El mío fue un cenicero “nodriza” acompañado de una máquina para liar pitillos. Además de lo horrible del artilugio -incluida la nodriza- con aquello no había manera de liar nada, como no fuese enzarzarse en una discusión acerca del manejo del chisme. Así que devolví el regalo a la caja de compra y lo retiré de mi vista sin acordarme más de semejante invento. Sigue leyendo

No es oro todo lo que reluce

Cuando vimos la casa nos quedamos deslumbrados. Ni por asomos habíamos soñado llegar a disfrutar de un salón tan amplio, tan bonito y tan impecablemente cuidado. Claro que los muebles de los que nosotros disponíamos no estaban a la altura de los elegantes muebles que vestían el salón del chalet en venta. No era de extrañar que la amiga que nos llevó a verlo nos asegurase que los vecinos de la urbanización siempre que salía el tema comentaban que aquel chalet era el más bonito y envidiado del entorno. El precio -sin resultar una ganga- no era desorbitado, dada la categoría de la vivienda. Aun así tendríamos que soportar durante años una hipoteca por encima de nuestros posibles pero, por muchos equilibrios que hubiésemos de hacer, estábamos convencidos de que la aventura valía la pena. Sigue leyendo

¡Chócala!

Se acercaba el Día del Padre. La profesora de 5º de Básica encargó a los alumnos que trajesen a la clase de manualidades un bloque de barro destinado a modelar un cenicero para regalar a sus padres.

Borja –un alumno muy avispado- se acercó presuroso a la mesa de la maestra y, con voz casi en grito:

-Señorita, ¡yo a mí padre no le hago ningún cenicero! Sigue leyendo

É das mulleres

Por aquel entonces —tendría yo unos 15 años— cuando una mujer daba a luz lo hacía en su propia casa, asistida por una comadrona titulada y —en el peor de los casos— por una partera aficionada que fue aprendiendo el oficio de traer niños al mundo sin el requisito de un título que lo acreditase.

Hacía muy pocos días que una vecina había tenido un bebé, y mi madre —como símbolo de buena vecindad— me envió con un regalito de confección casera (solía ser un juboncito con patucos a juego) al domicilio de la parturienta. Sigue leyendo

El sí categórico


En cierta ocasión asistí por un corto espacio de tiempo a un taller de Literatura. Tuve que dejarlo con pena, porque para llegar al Centro en el que se impartían las clases tenía que depender de dos autobuses –además de una larga caminata- y mis obligaciones domésticas no me permitían ausentarme tanto tiempo de mi domicilio.

En una de las pocas clases a las que asistí, el profesor nos mandó escribir algo que hiciese referencia a este título: “El sí categórico”. Y, aunque mis dotes líricas dejan mucho que desear, decidí responder con una poesía. Esto es lo que escribí:

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