El sí categórico


En cierta ocasión asistí por un corto espacio de tiempo a un taller de Literatura. Tuve que dejarlo con pena, porque para llegar al Centro en el que se impartían las clases tenía que depender de dos autobuses –además de una larga caminata- y mis obligaciones domésticas no me permitían ausentarme tanto tiempo de mi domicilio.

En una de las pocas clases a las que asistí, el profesor nos mandó escribir algo que hiciese referencia a este título: “El sí categórico”. Y, aunque mis dotes líricas dejan mucho que desear, decidí responder con una poesía. Esto es lo que escribí:

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El bodorrio


Me invito una amiga a la boda de su hijo. La ceremonia religiosa se celebró en la iglesia parroquial del barrio, de la que éramos feligreses  algunos invitados. Después cada uno debería ingeniárselas para trasladarse al Hotel Palace, que era el lugar elegido para  celebraba el ágape.

Como suele ocurrir en esta clase de acontecimientos, a la puerta de la iglesia esperaban la salida de los novios y acompañantes multitud de amigos y conocidos. Entre ellos se encontraban mi hija mayor y su novio. Al verme salir, el muchacho –que, por cierto, me caía genial- se acercó a mí ofreciéndose a llevarme en su coche.

Por mis hijos tenía noticias del modelo de coche que se había agenciado y de algunas de sus peculiaridades. Con todo acepté la oferta del que más tarde llegaría a ser mi yerno. Sigue leyendo

Puntos de vista

La tienda estaba situada en la calle principal de un lujoso barrio madrileño. En el escaparate lucían caros y elegantes zapatos de señora de variados estilos. Casi a un mismo tiempo dos mujeres se plantaron ante el escaparate.

La primera en llegar —una mujer más bien joven— vestía chaqueta de ante color tabaco, suéter blanco de algodón, jeans beiges, kiowas marrones y bolso chanel a juego. Su rostro —aparentemente sin afeites— estaba enmarcado por una lisa melena de un rubio oscuro. Sigue leyendo

El alojamiento

castilloMe invitaron a una boda en un pueblo de Castilla-La Mancha. A pesar de ofrecérseme alojamiento en casa de la novia, decliné la invitación por no parecerme momento oportuno para aceptarla.

El único lugar del que disponía el pueblo para pernoctar era una casa rural con ínfulas de castillo medieval.

Reservé una habitación por teléfono y, nada más llegar al alojamiento, la persona que me recibió se empeñó en mostrarme las dependencias de aquel castillo en miniatura para cuya decoración, según él, había recorrido varios rincones de España y parte del extranjero en busca de mobiliario y accesorios de lo más variopinto. En mi habitación, por ejemplo, la cama estaba dotada de dosel. Pero lo más llamativo era la ubicación de la taza del wáter: una reproducción exacta del trono de Felipe II.
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De mal en peor

Lo de hoy no sé en qué estadio será catalogable. Si algo me tranquiliza es pensar que lo mío viene de antiguo, que no es precisamente cosa de la edad.

Pues bien: hace un par de días quedé de reunirme esta tarde con unas amigas, en un lugar determinado, para llegarnos hasta la casa de otra amiga que se encuentra convaleciente de una operación quirúrgica y que, además, celebraba su cumpleaños…

Aunque habíamos quedado a las 18:45 horas, procuré llegar sobrada de tiempo, puesto que la amiga que nos recogía con su coche es extremadamente puntual y en el lugar convenido no es fácil estacionarse.  Sigue leyendo

Asalto en la biblioteca

Tú. La de las gafas de concha. Es tu turno. ¿Cómo te llamas?

—Mi nombre es Julia. Aunque también puedes llamarme Juliana. O Ana, simplemente.

—Si te parece, el santoral completo. ¡No te jode!

—Verás, aunque mi nombre de pila…

—¡Abrevia!

—Creía necesaria la aclaración, pero ante tu apremio… Sin embargo, déjame que repruebe  tu conducta antes de comenzar mi historia: no le veo la gracia a tu genial entrada en esta biblioteca a la hora de cierre—pistola en ristre— y amenazando con volarnos la tapa de los sesos a las personas que aquí nos encontramos, si no te gusta la historia que nos obligas a contar… Sigue leyendo

Micaela

Cuando llegó a Madrid se embarcó en la  búsqueda desesperada de una vivienda confortable para vivir con sus hijos, convirtiendo esta actividad en su hobby obligado durante los fines de semana. En aquella ocasión había «peinado» un buen espacio de la zona norte, y lo poco que pudo ver estaba muy por encima de su precaria economía. Se imponía buscar el piso en algún barrio con menos pretensiones.

Se encontraba por los aledaños del Bernabeu. Era tarde de fútbol. Desde el estadio llegaban los gritos de los aficionados de los dos equipos —R. Madrid  y A. de Bilbao— animando o denostando a los jugadores. A juzgar por los bramidos de la gente en aquel instante, era de suponer que el balón acababa de entrar en la portería defendida por Iríbar.

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