¡Chócala!

Se acercaba el Día del Padre. La profesora de 5º de Básica encargó a los alumnos que trajesen a la clase de manualidades un bloque de barro destinado a modelar un cenicero para regalar a sus padres.

Borja –un alumno muy avispado- se acercó presuroso a la mesa de la maestra y, con voz casi en grito:

-Señorita, ¡yo a mí padre no le hago ningún cenicero! Sigue leyendo

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É das mulleres

Por aquel entonces —tendría yo unos 15 años— cuando una mujer daba a luz lo hacía en su propia casa, asistida por una comadrona titulada y —en el peor de los casos— por una partera aficionada que fue aprendiendo el oficio de traer niños al mundo sin el requisito de un título que lo acreditase.

Hacía muy pocos días que una vecina había tenido un bebé, y mi madre —como símbolo de buena vecindad— me envió con un regalito de confección casera (solía ser un juboncito con patucos a juego) al domicilio de la parturienta. Sigue leyendo

El sí categórico


En cierta ocasión asistí por un corto espacio de tiempo a un taller de Literatura. Tuve que dejarlo con pena, porque para llegar al Centro en el que se impartían las clases tenía que depender de dos autobuses –además de una larga caminata- y mis obligaciones domésticas no me permitían ausentarme tanto tiempo de mi domicilio.

En una de las pocas clases a las que asistí, el profesor nos mandó escribir algo que hiciese referencia a este título: “El sí categórico”. Y, aunque mis dotes líricas dejan mucho que desear, decidí responder con una poesía. Esto es lo que escribí:

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El bodorrio


Me invito una amiga a la boda de su hijo. La ceremonia religiosa se celebró en la iglesia parroquial del barrio, de la que éramos feligreses  algunos invitados. Después cada uno debería ingeniárselas para trasladarse al Hotel Palace, que era el lugar elegido para  celebraba el ágape.

Como suele ocurrir en esta clase de acontecimientos, a la puerta de la iglesia esperaban la salida de los novios y acompañantes multitud de amigos y conocidos. Entre ellos se encontraban mi hija mayor y su novio. Al verme salir, el muchacho –que, por cierto, me caía genial- se acercó a mí ofreciéndose a llevarme en su coche.

Por mis hijos tenía noticias del modelo de coche que se había agenciado y de algunas de sus peculiaridades. Con todo acepté la oferta del que más tarde llegaría a ser mi yerno. Sigue leyendo

Puntos de vista

La tienda estaba situada en la calle principal de un lujoso barrio madrileño. En el escaparate lucían caros y elegantes zapatos de señora de variados estilos. Casi a un mismo tiempo dos mujeres se plantaron ante el escaparate.

La primera en llegar —una mujer más bien joven— vestía chaqueta de ante color tabaco, suéter blanco de algodón, jeans beiges, kiowas marrones y bolso chanel a juego. Su rostro —aparentemente sin afeites— estaba enmarcado por una lisa melena de un rubio oscuro. Sigue leyendo

El alojamiento

castilloMe invitaron a una boda en un pueblo de Castilla-La Mancha. A pesar de ofrecérseme alojamiento en casa de la novia, decliné la invitación por no parecerme momento oportuno para aceptarla.

El único lugar del que disponía el pueblo para pernoctar era una casa rural con ínfulas de castillo medieval.

Reservé una habitación por teléfono y, nada más llegar al alojamiento, la persona que me recibió se empeñó en mostrarme las dependencias de aquel castillo en miniatura para cuya decoración, según él, había recorrido varios rincones de España y parte del extranjero en busca de mobiliario y accesorios de lo más variopinto. En mi habitación, por ejemplo, la cama estaba dotada de dosel. Pero lo más llamativo era la ubicación de la taza del wáter: una reproducción exacta del trono de Felipe II.
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