Don Justino

Al no saber desenvolverme en otros medios, quiero agradecer al historiador Pepe Álvarez Castrelo, desde este humilde blog, la entrañable semblanza que escribió en el Programa de Fiestas de Palmeira sobre la figura de Plácido Betanzos -al que me unía una bonita amistad nacida del cariño que se profesaron desde siempre nuestras madres-, y del inesperado y estupendo trabajo sobre la labor docente que mi bisabuelo materno desarrolló como maestro en Palmeira. Este agradecimiento lo hago extensivo al periodista y escritor  Francisco A. Vidal, que se preocupó de indagar sobre el librito escrito por mi bisabuelo, “La Perla Agrícola”, lo que dio lugar al trabajo de Castrelo.

De “La Perla Agrícola” tuve noticias hace años por un recorte de periódico que guardaba mi madre -“Galicia, hace cien años”- que hacía alusión al citado libro; pero, al no estar familiarizada con la Informática ni conocer la repercusión que tuvo el libro en su día, no se me ocurrió indagar sobre la existencia de algún ejemplar. Me hubiese gustado ilustrar este trabajo con el recorte del periódico, que todavía conservo, pero en este momento no lo tengo a mano.

No puedo dejar de citar el precioso cuento “A Lúa”, escrito por mi amiga y pariente, Magdalena, incansable comentarista del espacio cultural Café Barbantia al que imprime esa combinación de encanto personal y sabiduría que constituyen el rasgo característico de su persona.

Y no se me olvida dar las gracias a la Comisión de Fiestas por ser el vehículo transmisor de los mencionados trabajos.

Aprovecho la ocasión para reeditar un cuento que que escribí en  los albores de este blog como homenaje a los maestros que realizaron su función docente en condiciones precarias y se las ingeniaron para dejar en sus alumnos una huella perdurable. He aquí mi pequeño homenaje:

EL MAESTRO

Mientras esperaba que lo llamasen, se acordó de don Justino: sin  la ayuda del viejo maestro nada de lo que le estaba ocurriendo hubiera sido posible…

Por la mente de Tonio comenzaron a desfilar en tropel una serie de  imágenes: primero aquellas fiebres de su padre, agarradas en Guinea, que casi le dejan ciego. Y, para mayor escarnio, sin pestañas; razón de más para instalarse detrás de las descomunales gafas que le quitaban la poca vista que le quedaba:

—¡Estaría de buen año la morena que te contagió!, ¿eh, Benito?  —se pitorreaban los amigos cuando se presentaba la ocasión. «En un pueblo pequeño, ya se sabe, encima has de aguantar las chanzas. Menos mal que, gracias a las antiparras, todo se fue olvidando y padre se atrevió a salir a la calle».
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