No sonaron las campanas

Las dos mujeres caminaban a buen ritmo, tratando de cubrir antes del amanecer —hora en que los campesinos salían a realizar las faenas agrícolas— las dos leguas que separaban la lonja del puerto en el que habían adquirido el pescado, de la villa del interior donde pensaban venderlo a buen precio. La jornada resultaba dura, pero se sentían recompensadas con los buenos dineros que solían obtener con su venta en aquel pueblo campesino alejado de la costa. En ocasiones, hasta tenían la suerte de recibir algún que otro regalo en especie, sobre todo en época de recolección o de matanza.

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Sin arreglo

Ya sé que soy un poco deslavazada en mi manera de presentar los trabajos: como dirían en mi pueblo, «mezclo fabas con castañas». En este sentido, el orden nunca fue mi fuerte. La prueba podéis verla en este blog que, en principio, había sido creado para colgar la reseña sobre la procesión del Cristo de los Navegantes y completarla con «Antología del despiste y otras vicisitudes». Sigue leyendo

Rastrillo en Sanchinarro

Ayer estuve en el rastrillo de Sanchinarro. Lucía un sol de justicia y no me quedó más remedio que comprar en un Chino un sombrero de ala ancha.siete

Después de dar un largo paseo para ver todos los puestos, me situé en el de Logopedia Sanchinarro -el más concurrido- entreteniéndome el bullicio de los chavales confeccionando sus propios amuletos, con la ayuda de Paula e Icíar que desbordaban simpatía y buen hacer a mares.

Al  observar la alegría y entretenimiento de los niños con un hecho tan simple como rellenar un frasquito y colgarlo de un cordón, me trajo el recuerdo de mi niñez, cuando confeccionábamos nuestras muñecas con un trozo de sábana vieja, el retal sobrante de algún vestido, un ovillo de lana… Todavía conservo alguna…

Con estas humildes líneas  quiero felicitar a Bla Bla Logopedia Sanchinarro por su labor educativa –que, en ocasiones, también puede transformarse en juego- y darle las gracias por los momentos mágicos que me hicieron pasar.

El desfile

“Así no puedo seguir —se dijo Joco, mientras buscaba en el periódico las ofertas de trabajo—: ¡ni un día más desplumando a mi madre…!”.

Y bien que se curraba la paga que recibía de su progenitora, realizando las más diversas tareas domésticas. Pero aquello de que todo saliese del escaso erario familiar no le molaba nada. Se imponía buscar soluciones.

“Esto puede que me interese” —exclamó, mientras leía en un periódico las ofertas de trabajo—.

El anuncio rezaba así:

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Son para un cesto

Lo mire por dónde lo mire, puedo asegurar que tengo adicción al peso. Sí: a salir más cargada que el burro de la fábula de cualquier tienda en la que entro. Los conductores de mi línea de autobuses pueden dar fe de ello. Sólo de las tiendas de comestibles, eso sí.

Ese día le tocó el turno al supermercado de unos grandes almacenes. Era hora punta y el autobús venía a tope. Coloqué las cuatro bolsas en el suelo (mi intención al entrar en la tienda era la de comprar un bote de especias exóticas que, como en otras ocasiones, acabaría tirando sin abrir por pasarse de fecha) y me agarré al asiento en el que iba sentada una señora bastante robusta. Dos o tres paradas más adelante, la señora hizo ademán de levantarse. Coloqué las bolsas lo mejor que pude y reculé para dejarle el camino expedito.

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Sensaciones

Me gusta sentir la suave caricia de la fina lluvia, pues me hace evocar a mi tierra gallega.

No me gusta la lluvia fuerte y persistente cuando salgo a la calle, porque odio el paraguas. (Encima lo olvido en el autobús).

Me gusta contemplar un aguacero a través de los cristales.

Me gusta el olor que desprende la tierra mojada, cuando cae el primer chaparrón durante una tormenta de verano.

No me gusta contemplar una tormenta de verano desde la playa; pues, aunque lo considero un espectáculo sublime, me produce temor y desasosiego

Reflexión

Hace muchos años, me preguntaron —suponiendo que creyese en Él—  cómo concebía a Dios. Me paré unos segundos a pensarlo y respondí:

“Como ser antropológico que soy, me figuro a Dios como un anciano de luenga barba y expresión bondadosa, sentado en el suelo y recostado en el tronco de un árbol cerca del cual discurre un río de aguas cristalinas. Yo, sentada a su lado, reclino mi cabeza en su pecho y toda la naturaleza al unísono entona la más bella sinfonía”.

Como veréis, es una concepción un tanto ingenua. Un Dios hecho a mi imagen y semejanza… Ello no excluye que pueda tener otras imágenes —o conceptos— de Dios: podría ser el Todo en el que cada uno tenemos nuestro espacio (usando términos tangibles), algo así como el nirvana budista  —aquí pudieran tener cabida los renacimientos (encarnaciones)—, un estado de calma, de paz interior en el que todos los deseos están cumplidos y ya no necesitas nada más.

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