La contrapartida

El anterior episodio me ha hecho recordar otro que, aunque no pueda ser incluido en la lista de los despistes, los dos tienen algo en común que, al tiempo que los une los diferencia.

Regresaba de un concierto —como habréis podido observar los que entráis en mi blog, la música es mi pasión—. Era bastante tarde y, en vez del autobús, mi medio de transporte habitual, tomé un taxi.

Cuando vuelvo a casa en taxi me gusta entablar conversación con el taxista, siempre y cuando capte que el interés es recíproco. Suelen ser charlas intrascendentes, pero, en ocasiones —que no suelen ser pocas—, te encuentras con sorpresas dignas  de ser contadas. Algún día crearé el apartado al que llamaré «Historias en taxi”

El taxista —un hombre entre los cuarenta y cincuenta años— se admiró de que yo tuviese cinco nietos (en esta ocasión no me lo había inventado) y,  servidora, para presumir de lo bien que se conservaba, se echó el farol de que podía tener hasta bisnietos —cosa poco menos que imposible por la edad—.

Mientras le pagaba el importe del viaje, el taxista se volvió hacia mí.

—¿No le importa que encienda la luz ?— me preguntó.

—Por qué habría de importarme… —respondí.

El hombre me miró detenidamente. Y sin el mínimo pudor, sentenció:

—Pues tiene usted razón, porque ya tengo yo una hija de veintitrés años.

Así salí del paso

Por aquel entonces era joven y de buen ver. Hago la aclaración porque la considero necesaria.

Esperaba el autobús que me dejaría a la puerta de unos grandes y conocidos almacenes en los que comenzaban las rebajas de invierno. Aunque no pasarían más allá de las seis de la tarde, el día se había convertido en oscura noche a causa de una espesa llovizna.

Paseaba de un lado a otro de la marquesina —algo habitual en mí cuando espero el autobús— enfundada en unos pantalones vaqueros y un juvenil anorak  que compartía en ocasiones con el mayor de mis hijos.

Al poco rato se paró un coche ante mí. Era un modelo poco común, al menos para mí que no distingo un Alfa Romeo de un Citröen C4, por decir algo. La persona que lo conducía —un hombre— bajó el cristal de la ventanilla y, dirigiéndose a mí, dijo: Sigue leyendo

En busca del culpable

La culpa la tiene el calor. Supongo…

El caso es que esta mañana  he puesto  a funcionar la lavadora. Entre unas cosas y otras se me ha ido el día sin encontrar un momento para colgar la ropa lavada. Bueno…, si he da ser sincera, lo cierto es que durante el día ni siquiera me había enterado de que la ropa continuaba dentro de la lavadora. Me disponía a meterme en la cama cuando caí en la cuenta de ese detalle. Así que me fui a la cocina con intención de poner a secar el contenido de la máquina. Sigue leyendo

De mal en peor

Lo de hoy no sé en qué estadio será catalogable. Si algo me tranquiliza es pensar que lo mío viene de antiguo, que no es precisamente cosa de la edad.

Pues bien: hace un par de días quedé de reunirme esta tarde con unas amigas, en un lugar determinado, para llegarnos hasta la casa de otra amiga que se encuentra convaleciente de una operación quirúrgica y que, además, celebraba su cumpleaños…

Aunque habíamos quedado a las 18:45 horas, procuré llegar sobrada de tiempo, puesto que la amiga que nos recogía con su coche es extremadamente puntual y en el lugar convenido no es fácil estacionarse.  Sigue leyendo

Asalto en la biblioteca

Tú. La de las gafas de concha. Es tu turno. ¿Cómo te llamas?

—Mi nombre es Julia. Aunque también puedes llamarme Juliana. O Ana, simplemente.

—Si te parece, el santoral completo. ¡No te jode!

—Verás, aunque mi nombre de pila…

—¡Abrevia!

—Creía necesaria la aclaración, pero ante tu apremio… Sin embargo, déjame que repruebe  tu conducta antes de comenzar mi historia: no le veo la gracia a tu genial entrada en esta biblioteca a la hora de cierre—pistola en ristre— y amenazando con volarnos la tapa de los sesos a las personas que aquí nos encontramos, si no te gusta la historia que nos obligas a contar… Sigue leyendo

Antes

Es viejo. Muy viejo. El autobús abarrotado. Trata de cederle el asiento a una joven. Ella rehúsa el ofrecimiento. Él insiste. Intenta levantarse y pierde el equilibrio quedando de nuevo sentado. Algunos viajeros se sonríen por lo ridículo de la situación.

La joven, incómoda, avanza como puede por el pasillo tratando de escabullir el bulto entre los pasajeros.

Y es que antes sucedía así: a la galantería hasta se le permitía caer en el ridículo.

(Todavía quedan caballeros a la vieja usanza.)

Un excelente programa

Los sábados de 8hs a 9hs de la mañana hay un programa en Radio Clásica —«Maestros cantores»— que recomiendo a todos los amantes de la lírica. Lo descubrí hace un par de semanas y siento no haber dado antes con él, por lo ameno y por lo mucho que me habré perdido, a juzgar por lo poco que he podido escuchar.

descargaPrecisamente hoy me hubiese gustado oír el programa completo, pero me he despertado más tarde de lo acostumbrado y he perdido la mayor parte. Me hubiese gustado haberlo oído completo porque el artista invitado es uno de mis cantantes favoritos: Ruggero Raimondi. Creo que fueron Alfredo Kraus y él los cantantes de ópera que más me hicieron vibrar durante los más de 40 años de asistencia ininterrumpida a eventos líricos. Sigue leyendo