Recordando a Casares

Esta tarde he asistido en el Auditorio de Riveira a una charla sobre el escritor Carlos Casares impartida por el dibujante y literato Siro López. La conferencia -muy interesante y amena-, más que versar sobre la obra de Carlos Casares, se refirió a las vivencias del conferenciante con el escritor y político. No conocía en directo a Siro López y he de reconocer que, además de excelente orador y con un gran sentido del humor, su aspecto me resultó atrayente, de buena persona. Si en alguna ocasión vuelve a dar una conferencia en la Casa de Galicia de Madrid -o en cualquier otra entidad- allí me planto. La charla también me ha hecho rememorar episodios de mis años mozos en mi tierra natal. Sigue leyendo

El gallo de oro (Opera de Rimski-Korsakov)

El pasado mes de junio asistí en el Teatro Real a la representación de la ópera de Rimski-Korsakov “El gallo de oro” –una fábula en un prólogo, tres actos y un epílogo-, libreto de Bladimir Belsky, inspirado en un cuento en verso del mismo nombre de Alexandr Pushkin (con origen en “Cuentos de la Alhambra” de Washington Irving), estrenada en Moscú el 7 de octubre de 1909.
De las quince óperas escritas por el autor del “Capricho español”, sólo “El gallo de oro” ha logrado mantener un sitio estable en el repertorio de los teatros de occidente, seguramente por el lucimiento que proporciona a una buena soprano ligera de coloratura.

El argumento de la ópera es, más o menos, el siguiente:

Prólogo:
A telón cerrado, el astrólogo anuncia que, gracias a sus poderes mágicos, los personajes del cuento tomarán vida.

Acto I:
En el salón del trono, Dodón -un zar inútil, arrogante, cobarde y glotón, entre otras cualidades- se queja de que los países vecinos no dejan de invadirle porque ya es viejo. Pide opinión al consejo y todos están de acuerdo en las medidas a tomar, excepto el gobernador Polkan que se mofa de las propuestas hechas por los hijos de Dodón –el zarévich Guidón y su hermano Afrón, los cuales no le van a la zaga a su padre en cuanto a méritos-, que tampoco se entienden entre sí. Puestas así las cosas, aparece el astrólogo y ofrece al zar un gallo de oro el cual le avisará cuando haya peligro y cuando haya paz. El zar quiere recompensar al astrólogo con cualquier cosa que le pida y éste le dice que de momento no desea nada, pero que algún día le reclamará su oferta. Con la vigilancia del gallo todos se quedan tranquilos y sólo piensan en dormir -sobre todo Dodón, después de atiborrarse de dulces que le sirve Amelfa, su ama de llaves-. Por los gestos se nota que el zar sueña cosas voluptuosas. El gallo de oro pronto avisa de que hay peligro. El zar manda a sus hijos a librar batalla y éstos se van a regañadientes. De nuevo el gallo anuncia peligro y al zar no le queda más remedio que vestir su herrumbrosa y estrecha armadura y salir a luchar.

Acto II:
Cae la noche en el campo de batalla. Dodón descubre los cadáveres de sus hijos. Al amanecer sale de una tienda la bella y misteriosa zarina de Shemajá. Dodón y Polkan se acercan y la zarina le dice al primero que está dispuesta a enamorarlo sólo con su hermosura. Dodón, prendado, la sigue. La mujer confiesa al zar que sus dos hijos se mataron por ella. Luego le pide que baile. Dodón baila hasta caer extenuado. Medio recuperado ofrece su trono a la zarina que la joven acepta siempre y cuando el viejo zar cumpla todos sus caprichos. Mientras, las doncellas de la zarina se burlan de Dodón.

Acto III:
Llega a la capital del reino la extraña comitiva formada por el viejo zar victorioso, la zarina de Shemanjá y su extraño séquito de seres maravillosos y extravagantes al son de una pomposa marcha. El pueblo, cuando se entera de las intenciones del zar –divulgadas por Amelfa-, teme por el futuro del reino. Pronto aparece el astrólogo reclamando su recompensa: la zarina. Dodón, muy enfadado, golpea la cabeza del astrólogo con su cetro y lo mata. El zar se asusta por este mal augurio el día de su boda. Al querer besar a la novia, ésta le rechaza augurándole desgracias. En ese instante entra volando el gallo de oro y, de un picotazo, mata a Dodón. Todo se oscurece (que ya es decir, puesto que el escenario permanece oscuro durante toda la ópera, como es habitual en el Real) y, al ¿retornar? la luz, el gallo y la zarina han desaparecido. El pueblo desolado se lamenta de haber perdido a tan buen soberano.

Epílogo:
A telón corrido, el astrólogo, vuelto a la vida, asegura que la historia no es más que un cuento fantástico en el qué los personajes son puras quimeras. Sólo él y la zarina son seres reales. O pudieran serlo…

Lo que dio pie a Rimsky para componer “El gallo de oro” – entre otras cuestiones- fue la nefasta e impopular guerra que sostuvo el zar Nicolás II de Rusia contra Japón en 1904 y la masacre del Domingo Rojo, el siguiente año. Con esta ópera no sólo quiso ridiculizar al gobierno zarista sino que también dejaba en evidencia el conformismo del pueblo ruso comparándolo con un rebaño de corderos dispuestos a dejarse inmolar sin saber siquiera el motivo. Y, con toda intención, lanzar una velada crítica a la ópera nacionalista rusa. Para ello no dudó en echar mano de pasajes folclóricos trillados y pedantes, en contraposición a la ópera seria cuyo representante principal era Mussorgski con su  Boris Godunov. A pesar de haber estado involucrado en el nacionalismo ruso, Rimski-Korsakov pronto se dio cuenta de que era más importante abrirse al mundo –como lo habían hecho Verdi y Wagner- a quedarse en un simple enfrentamiento entre compositores o entre la música de dos países (en este caso, Italia y Alemania).

La ópera “El gallo de oro” fue rechazada por la censura rusa –a la que no le pasó desapercibida la parodia feroz que se ocultaba tras un cuento infantil- y no se estrenó hasta 1909, un año después de la muerte de Rimski-Korsakof, con algunas variaciones a las que se había negado su autor. Parece como si el epílogo de la ópera tratase de dulcificar un poco la crítica despiadada que el autor del “Gallo de oro” y su libretista lanzan al abuso de poder de los zares. Si hacemos un recorrido a través del tiempo, veremos que, cuando los poderosos creyeron verse reflejados en el escenario, arremetieron contra el autor de la obra, como le ocurrió a Verdi (Rigoletto, Un baile de máscaras…), por ejemplo.

Este cuento-fábula creo que tiene una enorme vigencia en la actualidad: se trata de una ópera intemporal -por desgracia- puesto que hoy siguen sueltos una serie de dodones jaleados por rebaños de dóciles corderos que se sienten perdidos sin un pastor a quien seguir. Y cuando, al fin, son liberados se sienten impotentes para seguir solos con su propio destino.

Como muy bien dice Juan Matabosch, director artístico del Teatro Real: “Si hubiera vivido el siglo XX completo, Rimski-Kórsakov, habría comprobado que su intuición tenía mucho más sentido de lo que había imaginado en la peor de sus pesadillas”.

Me gustó la función del Teatro Real, si no tenemos en cuenta las puestas en escena a las que estamos habituados los abonados: el escenario en penumbra, dominando siempre los tonos grises y negros. Es cierto que esta ópera, por lo tremebunda, lo pedía. Sin embargo, un toque colorista no estaría de más: algo así como ocurrió con el kimono rojo de “Madama Butterfly” destacando en la negrura del escenario.

De la música no quiero opinar en profundidad porque no me siento capacitada para ello: a fuerza de asistir a eventos operísticos, creo que tengo el oído sensibilizado… y poco más. Me pareció que, en conjunto, los cantantes cumplieron bien. Destacaría a Dmitri Ulyanov, en el papel de Dodón y a Venera Gimadieva, en el de la zarina de Shemajá. En cuanto a la orquesta, dirigida por Ivor Bolton, con los cambios de música de oriente  a occidente: impecable. Y el contrafagot en la chabacana canción de Dodón ya ni te cuento…

Siempre que asisto a un evento operístico, procuro hacerlo sin acceder a críticas anticipadas. Me gusta sacar mis propias conclusiones y, después, cotejarlas con otras de más solvencia. Las más de las veces suelo coincidir con la opinión de los críticos más cualificados.

 

Regalo de navidad

Se acercaba la navidad. Un hijo mío me pidió si podría vender entre mis amistades un talonario de lotería para una asociación de sordomudos a la cual pertenecían los padres de un compañero de trabajo (sordomudos los dos). A pesar de no dárseme bien eso de las ventas, acepté con gusto.

En aquella época estudiaba Teología para postgraduados en la Pontificia de Comillas.

Al finalizar mi horario de trabajo y, a pesar de tener que coger dos autobuses, siempre llegaba a Alberto Aguilera con tiempo suficiente para tomarme un café. Al principio me lo tomaba en una cafetería próxima al ICADE, aunque más tarde opté por tomármelo en la cafetería del propio Centro. Aquella tarde llegué con tiempo sobrado y me senté en un pequeño reservado, en vez de tomarme el café en la barra, como tenía por costumbre. Y, puesto que contaba con tiempo suficiente, pedí un café con leche con tostada. Sigue leyendo

Frase del día

taller en familia

«Si no se produce felicidad, no se tiene derecho a ella».
(José Luís Sampedro)

Creo que su obra traduce su pensamiento: «La sonrisa etrusca», por ejemplo.

«Hay que querer a la persona a la que se enseña y, sobre todo, enseñarle a ser él mismo: amor y provocación».

Para mí que utilizaba la mayéutica, el método que aplicaba Sócrates.

Fue José Luís Sampedro el que tuvo la genial ocurrencia de dejar sobre un banco aquellos libros de los que puedes desprenderte (aunque te cueste un poco).

Otra de bolsos (y las que me quedan…)

Cuando viajo en autobús suelo sentarme —si lo atrapo vacío—  en el asiento situado detrás del conductor. (Aunque me repita, considero necesaria la aclaración.)

Aquel día me apeé en Plaza del Marqués de Salamanca con intención de bajar por la calle de “Ortega y Gasset” (antes “Lista”) hacia Serrano, dispuesta a curiosear los escaparates de las grandes firmas ubicadas en esa zona. Sólo curiosear, porque, además de los precios astronómicos de los artículos que allí se exponen —¡y venden!—, todos ellos lejos del alcance de mi precaria economía, nunca se me ocurriría comprar semejantes horteradas (salvo escasas excepciones) ni siquiera a precio de saldo. Aunque, pensándolo bien, en este tipo de tiendas no existen las rebajas, y, si alguna vez las hubiere, para nombrarlas utilizan algún tipo de eufemismo que deje a buen recaudo la categoría del establecimiento. Sigue leyendo

Mis compañeros de camino

En cierta ocasión alguien me preguntó si los libros tenían algún significado en mi vida.

Respondí que para mí libros y música estarán siempre fuertemente ligados, pues los dos son, a partes iguales, mis más grandes pasiones, mis compañeros inseparables en la difícil singladura de la vida. Los dos –libros y música- fortalecen por igual mi espíritu inquieto y están prestos a venir en mi ayuda a cualquier hora del día o de la noche que los llame, transportándome a lugares insospechados. Y están ligados, además, porque al escuchar una pieza musical siento siempre la necesidad de conocer el momento y las circunstancias en que fue concebida, comenzando así a bucear en la vida de su artífice. Y la vida de éste me acerca a otras vidas ciertamente interesantes. Sigue leyendo

El bolso

Se acercaba el día  de mi boda. Necesitaba un bolso para el viaje de novios y, como en los pueblos aledaños por aquel entonces no había tiendas dedicadas a ese tipo de mercancía, decidí tomar el barco que cruzaba la ría de Arousa hasta Vilagarcía.

En Vilagarcía tampoco había mucho para elegir, así que pensé que lo mejor sería coger el tren hasta Santiago, ciudad a la que acudíamos siempre que nos veíamos en la necesidad de resolver cualquier tipo de emergencia. Aunque la estación quedaba algo alejada del centro de la villa opté por cubrir el trayecto dando un paseo, puesto que el tren tardaría por lo menos una hora en pasar, suponiendo que no trajese retraso. Sigue leyendo