La hipoteca

En esta ocasión, más que un despiste, comenzaré narrando una situación en la que me encontré -valga la expresión- sin comerlo ni beberlo:

Comenzaba el mes de junio. El verano se había adelantado con un calor agobiante, sin dar tregua al cuerpo para adaptarse. Precisamente, ese día, terminaba el plazo (o eso creía yo) para pagar la hipoteca del piso que había comprado unos meses antes.

No bien acabada la jornada laboral, salí a velocidad de vértigo del centro en el que trabajaba hacia la parada del bus -ya que a aquella zona no llegaba la línea del Metro y un taxi resultaría carísimo y, con seguridad, menos rápido que el autobús, que disponía de carril propio-. Sigue leyendo

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El sí categórico


En cierta ocasión asistí por un corto espacio de tiempo a un taller de Literatura. Tuve que dejarlo con pena, porque para llegar al Centro en el que se impartían las clases tenía que depender de dos autobuses –además de una larga caminata- y mis obligaciones domésticas no me permitían ausentarme tanto tiempo de mi domicilio.

En una de las pocas clases a las que asistí, el profesor nos mandó escribir algo que hiciese referencia a este título: “El sí categórico”. Y, aunque mis dotes líricas dejan mucho que desear, decidí responder con una poesía. Esto es lo que escribí:

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Siempre hay quien te gane

Contaba quince años y se recuperaba de una dolencia renal. Sus padres esa tarde se habían programado para ir al cine. Pero antes de marchar, la madre se empeñó en prepararle una tortilla de pan, huevos y azúcar que a él tanto le gustaba.

Le sirvió la tortilla en una bandeja de cama y, mientras daba cuenta de ella, los dos, padre y madre, disfrutaban viendo al hijo engullir su plato favorito.

El muchacho insistía en qué sus padres se marchasen si no querían llegar tarde al cine, pero ellos dijeron que nones antes de retirar la bandeja con el plato. Sigue leyendo

El bodorrio


Me invito una amiga a la boda de su hijo. La ceremonia religiosa se celebró en la iglesia parroquial del barrio, de la que éramos feligreses  algunos invitados. Después cada uno debería ingeniárselas para trasladarse al Hotel Palace, que era el lugar elegido para  celebraba el ágape.

Como suele ocurrir en esta clase de acontecimientos, a la puerta de la iglesia esperaban la salida de los novios y acompañantes multitud de amigos y conocidos. Entre ellos se encontraban mi hija mayor y su novio. Al verme salir, el muchacho –que, por cierto, me caía genial- se acercó a mí ofreciéndose a llevarme en su coche.

Por mis hijos tenía noticias del modelo de coche que se había agenciado y de algunas de sus peculiaridades. Con todo acepté la oferta del que más tarde llegaría a ser mi yerno. Sigue leyendo

Puntos de vista

La tienda estaba situada en la calle principal de un lujoso barrio madrileño. En el escaparate lucían caros y elegantes zapatos de señora de variados estilos. Casi a un mismo tiempo dos mujeres se plantaron ante el escaparate.

La primera en llegar —una mujer más bien joven— vestía chaqueta de ante color tabaco, suéter blanco de algodón, jeans beiges, kiowas marrones y bolso chanel a juego. Su rostro —aparentemente sin afeites— estaba enmarcado por una lisa melena de un rubio oscuro. Sigue leyendo

La primera vez


Tendría yo alrededor de ocho años. Por aquel entonces llegó al pueblo el nuevo farmacéutico. Su única hija, Paquitina, cumplía nueve años a poco de llegar. Para celebrar el acontecimiento, la mamá de Paquitina invitó a merendar a sus nuevas amiguitas, entre las que me encontraba.

Cuando llegué a casa del farmacéutico, las niñas invitadas comenzaban a sentarse en torno a una gran mesa repleta de platos y cestitos con diversos manjares, y vasos de limonada. Algunos de los platos contenían unas frutitas verdes que yo no había visto en mi vida. De vez en cuando, la mamá de Paquitina pasaba ante la concurrencia infantil uno de aquellos platos al tiempo que decía: «Coged aceitunas, que son alimenticias y nutritivas y están muy ricas».
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El alojamiento

castilloMe invitaron a una boda en un pueblo de Castilla-La Mancha. A pesar de ofrecérseme alojamiento en casa de la novia, decliné la invitación por no parecerme momento oportuno para aceptarla.

El único lugar del que disponía el pueblo para pernoctar era una casa rural con ínfulas de castillo medieval.

Reservé una habitación por teléfono y, nada más llegar al alojamiento, la persona que me recibió se empeñó en mostrarme las dependencias de aquel castillo en miniatura para cuya decoración, según él, había recorrido varios rincones de España y parte del extranjero en busca de mobiliario y accesorios de lo más variopinto. En mi habitación, por ejemplo, la cama estaba dotada de dosel. Pero lo más llamativo era la ubicación de la taza del wáter: una reproducción exacta del trono de Felipe II.
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