El caso es que sigo en las mismas

Hace unos días leí en Café Barbantia un artículo de Fidel Vidal en el que comentaba la obra de teatro del escritor gallego Álvaro Cunqueiro, “El incierto señor Don Hamlet”.

Como no conocía la obra comentada y muy poco de lo escrito por Cunqueiro, decidí ponerme al día, comenzando por “Don Hamlet”; pero como en mi librería habitual no disponían de este libro ni daban con la forma de lograrlo, me fui a una biblioteca municipal. Allí tampoco encontré lo que buscaba. A cambio me traje dos libros del escritor: “La bella del dragón” -una recopilación de artículos publicados entre 1977 y 1978- obra en la que  narra, con una imaginación desbordada no exenta del más puro realismo cuajado de fino humor, episodios de “amores, sabores y fornicios” ocurridos a lo largo de la historia. El otro libro, “El año del cometa” es una novela metafísica, vanguardista que trata de la naturaleza humana… (El caso es que me estoy yendo por los Cerros de Úbeda, puesto que no vengo aquí a hablar de la literatura de Señor  Cunqueiro -líbreme Dios de tal cosa sin tener un mínimo conocimiento de la cuestión- sino de algo que me sucedió en relación con esta). Sigue leyendo

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Noviembre, mes para el recuerdo.

Cuando niña, me aterraban las historias de aparecidos y, sin embargo, eran estas historias con las que más disfrutábamos mis amigas y yo. Por las noches, a la salida del rosario, nos sentábamos en la escalinata de una casa -pared medianera con la casa de mi abuela- que hoy se quedó reducida a dos o tres peldaños a causa de las muchas capas de alquitrán que fue recibiendo la carretera -antes de tierra- a lo largo de los años. Nos contábamos las más lúgubres historias de espectros en las que casi siempre hacía acto de presencia la Santa Compaña.
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El Señor protege a los tontos

Lo que voy a contar hoy, no sé si insertarlo en la categoría de despiste o, más bien, en el de idiotez supina. El caso es que no atino por dónde comenzar mi rocambolesca historia…

Estos días, a causa de un tema que bien podría considerarse laboral, estuve disfrutando de la visita de mi nieto gallego y de su encantadora novia. Por la sencilla razón de que el sábado decidieron vivir la noche madrileña, pensaban acostarse tarde y nadie estaba dispuesto a madrugar, optamos por cambiar los planes que nos habíamos trazado para el domingo, acordando decidir sobre la marcha. Sigue leyendo

Generosidad

Un domingo del mes de septiembre. A la puerta de la iglesia algunas señoras detrás de una mesa recogían dinero para la campaña contra el cáncer. Con mi despiste habitual, entendí que  aquel dinero iba destinado a Cáritas.

Saqué la cartera del bolso y deposité mi donativo en la bandeja, dejando muy claro que si no era más espléndida en mi aportación se debía a que tenía una asignación mensual por banco dedicada a esa institución. Sigue leyendo

Llegar a viejo tiene su intríngulis

Estoy totalmente convencida de que los años potencian los despistes. El mío de ayer -o los míos, porque se dieron en cadena- así lo confirma.

Como es mi costumbre, al atardecer bajé a dar unas vueltas por el paseo marítimo. Estaba un poco triste, ya que por la mañana se habían marchado mis hijos y nieto y parecía haber quedado la casa vacía, a pesar de que el hueco que dejan unos, muy pronto vienen otros a ocuparlo. (Ventajas de familia numerosa… Aunque lo ideal sería reunirnos todos al mismo tiempo, cosa que sólo ocurre en Navidad). Sigue leyendo

La importancia del uno

Quisiera que mi historia alertase a las personas demasiado confiadas -más bien despistadas en grado superlativo, diría yo- para que no les ocurra lo mismo que a mí.

Se acercaba mi cumpleaños y mis hijos me pidieron que fuese pensando en algún regalo que me hiciese ilusión y no se tratase precisamente de una aspiradora, un juego de sartenes o un carrito de la compra, que suele ser lo que pido en ocasiones como ésta. “Se acabaron esos regalos…Tendrás que pensar en algo que desees lucir para realzar aún más tu palmito”. (Quiero dejar claro que lo de “realzar el palmito” no me lo estoy inventando sino que fueron palabras textuales). Entonces pensé en unos pantalones hechos a mí medida ya que la inmensa mayoría de los que tengo son heredados.

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El arte de saber elegir el complemento adecuado

Me considero sobria en el vestir —que no es sinónimo de anticuada—. Bueno… No siempre. Con cierta frecuencia suelo renovar mi armario con ropa heredada de mis hijos e hijas, nietos y nietas (incluyendo entre hijos e hijas a nueras y yernos: como está mandado). Y hasta es posible que haya heredado algo de mi nieto político… Aunque lo veo difícil, a no ser que la pieza en cuestión haya encogido a fuerza de lavados…

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