Regalo de navidad

Se acercaba la navidad. Un hijo mío me pidió si podría vender entre mis amistades un talonario de lotería para una asociación de sordomudos a la cual pertenecían los padres de un compañero de trabajo (sordomudos los dos). A pesar de no dárseme bien eso de las ventas, acepté con gusto.

En aquella época estudiaba Teología para postgraduados en la Pontificia de Comillas.

Al finalizar mi horario de trabajo y, a pesar de tener que coger dos autobuses, siempre llegaba a Alberto Aguilera con tiempo suficiente para tomarme un café. Al principio me lo tomaba en una cafetería próxima al ICADE, aunque más tarde opté por tomármelo en la cafetería del propio Centro. Aquella tarde llegué con tiempo sobrado y me senté en un pequeño reservado, en vez de tomarme el café en la barra, como tenía por costumbre. Y, puesto que contaba con tiempo suficiente, pedí un café con leche con tostada. Sigue leyendo

El bolso

Se acercaba el día  de mi boda. Necesitaba un bolso para el viaje de novios y, como en los pueblos aledaños por aquel entonces no había tiendas dedicadas a ese tipo de mercancía, decidí tomar el barco que cruzaba la ría de Arousa hasta Vilagarcía.

En Vilagarcía tampoco había mucho para elegir, así que pensé que lo mejor sería coger el tren hasta Santiago, ciudad a la que acudíamos siempre que nos veíamos en la necesidad de resolver cualquier tipo de emergencia. Aunque la estación quedaba algo alejada del centro de la villa opté por cubrir el trayecto dando un paseo, puesto que el tren tardaría por lo menos una hora en pasar, suponiendo que no trajese retraso. Sigue leyendo

La contrapartida

El anterior episodio me ha hecho recordar otro que, aunque no pueda ser incluido en la lista de los despistes, los dos tienen algo en común que, al tiempo que los une los diferencia.

Regresaba de un concierto —como habréis podido observar los que entráis en mi blog, la música es mi pasión—. Era bastante tarde y, en vez del autobús, mi medio de transporte habitual, tomé un taxi.

Cuando vuelvo a casa en taxi me gusta entablar conversación con el taxista, siempre y cuando capte que el interés es recíproco. Suelen ser charlas intrascendentes, pero, en ocasiones —que no suelen ser pocas—, te encuentras con sorpresas dignas  de ser contadas. Algún día crearé el apartado al que llamaré «Historias en taxi».

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Así salí del paso

Por aquel entonces era joven y de buen ver. Hago la aclaración porque la considero necesaria.

Esperaba el autobús que me dejaría a la puerta de unos grandes y conocidos almacenes en los que comenzaban las rebajas de invierno. Aunque no pasarían más allá de las seis de la tarde, el día se había convertido en oscura noche a causa de una espesa llovizna.

Paseaba de un lado a otro de la marquesina —algo habitual en mí cuando espero el autobús— enfundada en unos pantalones vaqueros y un juvenil anorak  que compartía en ocasiones con el mayor de mis hijos.

Al poco rato se paró un coche ante mí. Era un modelo poco común, al menos para mí que no distingo un Alfa Romeo de un Citröen C4, por decir algo. La persona que lo conducía —un hombre— bajó el cristal de la ventanilla y, dirigiéndose a mí, dijo: Sigue leyendo

En busca del culpable

La culpa la tiene el calor. Supongo…

El caso es que esta mañana  he puesto  a funcionar la lavadora. Entre unas cosas y otras se me ha ido el día sin encontrar un momento para colgar la ropa lavada. Bueno…, si he da ser sincera, lo cierto es que durante el día ni siquiera me había enterado de que la ropa continuaba dentro de la lavadora. Me disponía a meterme en la cama cuando caí en la cuenta de ese detalle. Así que me fui a la cocina con intención de poner a secar el contenido de la máquina. Sigue leyendo

Una historia de opereta

Eran más de las doce de la noche. Regresaba de un concierto en el Auditorio al que me había invitado una amiga y que, dicho sea de paso, más que concierto me pareció un atronador desatino. A mí lo que me agrada es ver a los músicos actuando, y en aquella ocasión el escenario estaba prácticamente vacío: allí sólo se veía una silla en la que descansaba una guitarra. Casi al final del concierto —por llamarlo de alguna manera— me enteré de que aquellos sonidos discordantes los producía una sola persona manipulando desde un palco no sé qué artilugios electrónicos.

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Una imagen vale más que mil palabras

Uno de los últimos despistes digno de contar me ocurrió unos días antes de Navidad.

img-20170109-wa0000Había quedado de reunirme con el grupo del taller de literatura en un restaurante en el que íbamos a celebrar la comida de fin de trimestre, y desearnos lo mejor para las fiestas navideñas.

Gran parte de la noche me la había pasado buscando algún gorro o boina que, más que protegerme del frío, ocultase mi pelo necesitado de tinte. Al no dar con cosa que me sacase del apuro, opté por irme a la cama con la esperanza de encontrarme más lúcida por la mañana.

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