Llegar a viejo tiene su intríngulis

Estoy totalmente convencida de que los años potencian los despistes. El mío de ayer -o los míos, porque se dieron en cadena- así lo confirma.

Como es mi costumbre, al atardecer bajé a dar unas vueltas por el paseo marítimo. Estaba un poco triste, ya que por la mañana se habían marchado mis hijos y nieto y parecía haber quedado la casa vacía, a pesar de que el hueco que dejan unos, muy pronto vienen otros a ocuparlo. (Ventajas de familia numerosa… Aunque lo ideal sería reunirnos todos al mismo tiempo, cosa que sólo ocurre en Navidad). Sigue leyendo

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La importancia del uno

Quisiera que mi historia alertase a las personas demasiado confiadas -más bien despistadas en grado superlativo, diría yo- para que no les ocurra lo mismo que a mí.

Se acercaba mi cumpleaños y mis hijos me pidieron que fuese pensando en algún regalo que me hiciese ilusión y no se tratase precisamente de una aspiradora, un juego de sartenes o un carrito de la compra, que suele ser lo que pido en ocasiones como ésta. “Se acabaron esos regalos…Tendrás que pensar en algo que desees lucir para realzar aún más tu palmito”. (Quiero dejar claro que lo de “realzar el palmito” no me lo estoy inventando sino que fueron palabras textuales). Entonces pensé en unos pantalones hechos a mí medida ya que la inmensa mayoría de los que tengo son heredados.

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El arte de saber elegir el complemento adecuado

Me considero sobria en el vestir —que no es sinónimo de anticuada—. Bueno… No siempre. Con cierta frecuencia suelo renovar mi armario con ropa heredada de mis hijos e hijas, nietos y nietas (incluyendo entre hijos e hijas a nueras y yernos: como está mandado). Y hasta es posible que haya heredado algo de mi nieto político… Aunque lo veo difícil, a no ser que la pieza en cuestión haya encogido a fuerza de lavados…

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Salir trasquilada


Aquellas vacaciones estaban resultando animadísimas, puesto que todos mis hijos, por una vez, habían logrado coincidir en tiempo y lugar de veraneo.

Cuatro de mis nietas —de edades muy similares— y yo, habíamos decidido prolongar unos días más las vacaciones, ya que no teníamos demasiada prisa en volver a nuestras respectivas obligaciones. Las cuatro primas dormían en la misma habitación y la hora habitual de levantarse no solía ser antes de las doce.  Sigue leyendo

La hipoteca

En esta ocasión, más que un despiste, comenzaré narrando una situación en la que me encontré -valga la expresión- sin comerlo ni beberlo:

Comenzaba el mes de junio. El verano se había adelantado con un calor agobiante, sin dar tregua al cuerpo para adaptarse. Precisamente, ese día, terminaba el plazo (o eso creía yo) para pagar la hipoteca del piso que había comprado unos meses antes.

No bien acabada la jornada laboral, salí a velocidad de vértigo del centro en el que trabajaba hacia la parada del bus -ya que a aquella zona no llegaba la línea del Metro y un taxi resultaría carísimo y, con seguridad, menos rápido que el autobús, que disponía de carril propio-. Sigue leyendo

Siempre hay quien te gane

Contaba quince años y se recuperaba de una dolencia renal. Sus padres esa tarde se habían programado para ir al cine. Pero antes de marchar, la madre se empeñó en prepararle una tortilla de pan, huevos y azúcar que a él tanto le gustaba.

Le sirvió la tortilla en una bandeja de cama y, mientras daba cuenta de ella, los dos, padre y madre, disfrutaban viendo al hijo engullir su plato favorito.

El muchacho insistía en qué sus padres se marchasen si no querían llegar tarde al cine, pero ellos dijeron que nones antes de retirar la bandeja con el plato. Sigue leyendo

Regalo de navidad

Se acercaba la navidad. Un hijo mío me pidió si podría vender entre mis amistades un talonario de lotería para una asociación de sordomudos a la cual pertenecían los padres de un compañero de trabajo (sordomudos los dos). A pesar de no dárseme bien eso de las ventas, acepté con gusto.

En aquella época estudiaba Teología para postgraduados en la Pontificia de Comillas.

Al finalizar mi horario de trabajo y, a pesar de tener que coger dos autobuses, siempre llegaba a Alberto Aguilera con tiempo suficiente para tomarme un café. Al principio me lo tomaba en una cafetería próxima al ICADE, aunque más tarde opté por tomármelo en la cafetería del propio Centro. Aquella tarde llegué con tiempo sobrado y me senté en un pequeño reservado, en vez de tomarme el café en la barra, como tenía por costumbre. Y, puesto que contaba con tiempo suficiente, pedí un café con leche con tostada. Sigue leyendo