Como cada mañana

Como cada mañana al acabar de desayunar, me asomé al ventanal que da al pequeño jardín a esparcir el almuerzo a los pájaros. Me llamó la atención que ninguno hiciese acto de presencia al verme aparecer. Ni siquiera al lanzar el primer puñado de la comida que voy reuniendo desde el día anterior, desmenuzándola al máximo ya que se trata de pájaros muy pequeños.

Esperé un buen rato sin resultado. Volví un poco más tarde y, al ver que el jardín seguía desierto, me olvidé del tema. Sigue leyendo

Realismo apabullante

En el libro de relatos “Historias de un tranvía”, de mi paisano Wenceslao Fernández Flórez, hay un cuento, “Las tribulaciones de un mal fisonomista”, en el que me encuentro totalmente identificada con el protagonista. Y como este blog nació con el fin de dar cuenta de mis innumerables despistes, hoy quiero narrar las últimas peripecias en la materia.

Por la tarde tenía cita con el dentista. Al acabar, decidí venir a ver “La bomba”, un concurso televisivo que suelo comentar por wassap con mi amiga Magdalena.

Cuando me disponía a encender el televisor, caí en la cuenta de que era miércoles de ceniza: en esas fechas, tenía por costumbre asistir a misa con mi madre y, cuando ella ya no podía acompañarme, al volver a casa con la ceniza en mi frente, se la traspasaba a la suya. En su recuerdo, continúo la tradición de no faltar a misa ese día. Sigue leyendo

El caso es que sigo en las mismas

Hace unos días leí en Café Barbantia un artículo de Fidel Vidal en el que comentaba la obra de teatro del escritor gallego Álvaro Cunqueiro, “El incierto señor Don Hamlet”.

Como no conocía la obra comentada y muy poco de lo escrito por Cunqueiro, decidí ponerme al día, comenzando por “Don Hamlet”; pero como en mi librería habitual no disponían de este libro ni daban con la forma de lograrlo, me fui a una biblioteca municipal. Allí tampoco encontré lo que buscaba. A cambio me traje dos libros del escritor: “La bella del dragón” -una recopilación de artículos publicados entre 1977 y 1978- obra en la que  narra, con una imaginación desbordada no exenta del más puro realismo cuajado de fino humor, episodios de “amores, sabores y fornicios” ocurridos a lo largo de la historia. El otro libro, “El año del cometa” es una novela metafísica, vanguardista que trata de la naturaleza humana… (El caso es que me estoy yendo por los Cerros de Úbeda, puesto que no vengo aquí a hablar de la literatura de Señor  Cunqueiro -líbreme Dios de tal cosa sin tener un mínimo conocimiento de la cuestión- sino de algo que me sucedió en relación con esta). Sigue leyendo

Noviembre, mes para el recuerdo.

Cuando niña, me aterraban las historias de aparecidos y, sin embargo, eran estas historias con las que más disfrutábamos mis amigas y yo. Por las noches, a la salida del rosario, nos sentábamos en la escalinata de una casa -pared medianera con la casa de mi abuela- que hoy se quedó reducida a dos o tres peldaños a causa de las muchas capas de alquitrán que fue recibiendo la carretera -antes de tierra- a lo largo de los años. Nos contábamos las más lúgubres historias de espectros en las que casi siempre hacía acto de presencia la Santa Compaña.
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El Señor protege a los tontos

Lo que voy a contar hoy, no sé si insertarlo en la categoría de despiste o, más bien, en el de idiotez supina. El caso es que no atino por dónde comenzar mi rocambolesca historia…

Estos días, a causa de un tema que bien podría considerarse laboral, estuve disfrutando de la visita de mi nieto gallego y de su encantadora novia. Por la sencilla razón de que el sábado decidieron vivir la noche madrileña, pensaban acostarse tarde y nadie estaba dispuesto a madrugar, optamos por cambiar los planes que nos habíamos trazado para el domingo, acordando decidir sobre la marcha. Sigue leyendo

Generosidad

Un domingo del mes de septiembre. A la puerta de la iglesia algunas señoras detrás de una mesa recogían dinero para la campaña contra el cáncer. Con mi despiste habitual, entendí que  aquel dinero iba destinado a Cáritas.

Saqué la cartera del bolso y deposité mi donativo en la bandeja, dejando muy claro que si no era más espléndida en mi aportación se debía a que tenía una asignación mensual por banco dedicada a esa institución. Sigue leyendo

Llegar a viejo tiene su intríngulis

Estoy totalmente convencida de que los años potencian los despistes. El mío de ayer -o los míos, porque se dieron en cadena- así lo confirma.

Como es mi costumbre, al atardecer bajé a dar unas vueltas por el paseo marítimo. Estaba un poco triste, ya que por la mañana se habían marchado mis hijos y nieto y parecía haber quedado la casa vacía, a pesar de que el hueco que dejan unos, muy pronto vienen otros a ocuparlo. (Ventajas de familia numerosa… Aunque lo ideal sería reunirnos todos al mismo tiempo, cosa que sólo ocurre en Navidad). Sigue leyendo

La importancia del uno

Quisiera que mi historia alertase a las personas demasiado confiadas -más bien despistadas en grado superlativo, diría yo- para que no les ocurra lo mismo que a mí.

Se acercaba mi cumpleaños y mis hijos me pidieron que fuese pensando en algún regalo que me hiciese ilusión y no se tratase precisamente de una aspiradora, un juego de sartenes o un carrito de la compra, que suele ser lo que pido en ocasiones como ésta. “Se acabaron esos regalos…Tendrás que pensar en algo que desees lucir para realzar aún más tu palmito”. (Quiero dejar claro que lo de “realzar el palmito” no me lo estoy inventando sino que fueron palabras textuales). Entonces pensé en unos pantalones hechos a mí medida ya que la inmensa mayoría de los que tengo son heredados.

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El arte de saber elegir el complemento adecuado

Me considero sobria en el vestir —que no es sinónimo de anticuada—. Bueno… No siempre. Con cierta frecuencia suelo renovar mi armario con ropa heredada de mis hijos e hijas, nietos y nietas (incluyendo entre hijos e hijas a nueras y yernos: como está mandado). Y hasta es posible que haya heredado algo de mi nieto político… Aunque lo veo difícil, a no ser que la pieza en cuestión haya encogido a fuerza de lavados…

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Salir trasquilada


Aquellas vacaciones estaban resultando animadísimas, puesto que todos mis hijos, por una vez, habían logrado coincidir en tiempo y lugar de veraneo.

Cuatro de mis nietas —de edades muy similares— y yo, habíamos decidido prolongar unos días más las vacaciones, ya que no teníamos demasiada prisa en volver a nuestras respectivas obligaciones. Las cuatro primas dormían en la misma habitación y la hora habitual de levantarse no solía ser antes de las doce.  Sigue leyendo

La hipoteca

En esta ocasión, más que un despiste, comenzaré narrando una situación en la que me encontré -valga la expresión- sin comerlo ni beberlo:

Comenzaba el mes de junio. El verano se había adelantado con un calor agobiante, sin dar tregua al cuerpo para adaptarse. Precisamente, ese día, terminaba el plazo (o eso creía yo) para pagar la hipoteca del piso que había comprado unos meses antes.

No bien acabada la jornada laboral, salí a velocidad de vértigo del centro en el que trabajaba hacia la parada del bus -ya que a aquella zona no llegaba la línea del Metro y un taxi resultaría carísimo y, con seguridad, menos rápido que el autobús, que disponía de carril propio-. Sigue leyendo

Siempre hay quien te gane

Contaba quince años y se recuperaba de una dolencia renal. Sus padres esa tarde se habían programado para ir al cine. Pero antes de marchar, la madre se empeñó en prepararle una tortilla de pan, huevos y azúcar que a él tanto le gustaba.

Le sirvió la tortilla en una bandeja de cama y, mientras daba cuenta de ella, los dos, padre y madre, disfrutaban viendo al hijo engullir su plato favorito.

El muchacho insistía en qué sus padres se marchasen si no querían llegar tarde al cine, pero ellos dijeron que nones antes de retirar la bandeja con el plato. Sigue leyendo

Regalo de navidad

Se acercaba la navidad. Un hijo mío me pidió si podría vender entre mis amistades un talonario de lotería para una asociación de sordomudos a la cual pertenecían los padres de un compañero de trabajo (sordomudos los dos). A pesar de no dárseme bien eso de las ventas, acepté con gusto.

En aquella época estudiaba Teología para postgraduados en la Pontificia de Comillas.

Al finalizar mi horario de trabajo y, a pesar de tener que coger dos autobuses, siempre llegaba a Alberto Aguilera con tiempo suficiente para tomarme un café. Al principio me lo tomaba en una cafetería próxima al ICADE, aunque más tarde opté por tomármelo en la cafetería del propio Centro. Aquella tarde llegué con tiempo sobrado y me senté en un pequeño reservado, en vez de tomarme el café en la barra, como tenía por costumbre. Y, puesto que contaba con tiempo suficiente, pedí un café con leche con tostada. Sigue leyendo

El bolso

Se acercaba el día  de mi boda. Necesitaba un bolso para el viaje de novios y, como en los pueblos aledaños por aquel entonces no había tiendas dedicadas a ese tipo de mercancía, decidí tomar el barco que cruzaba la ría de Arousa hasta Vilagarcía.

En Vilagarcía tampoco había mucho para elegir, así que pensé que lo mejor sería coger el tren hasta Santiago, ciudad a la que acudíamos siempre que nos veíamos en la necesidad de resolver cualquier tipo de emergencia. Aunque la estación quedaba algo alejada del centro de la villa opté por cubrir el trayecto dando un paseo, puesto que el tren tardaría por lo menos una hora en pasar, suponiendo que no trajese retraso. Sigue leyendo

La contrapartida

El anterior episodio me ha hecho recordar otro que, aunque no pueda ser incluido en la lista de los despistes, los dos tienen algo en común que, al tiempo que los une los diferencia.

Regresaba de un concierto —como habréis podido observar los que entráis en mi blog, la música es mi pasión—. Era bastante tarde y, en vez del autobús, mi medio de transporte habitual, tomé un taxi.

Cuando vuelvo a casa en taxi me gusta entablar conversación con el taxista, siempre y cuando capte que el interés es recíproco. Suelen ser charlas intrascendentes, pero, en ocasiones —que no suelen ser pocas—, te encuentras con sorpresas dignas  de ser contadas. Algún día crearé el apartado al que llamaré «Historias en taxi».

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