Valeria

La veía casi a diario cuando bajaba con su madre al parque. A veces coincidían en el mismo banco y la madre de Marina se entretenía acariciando con el bastón el lomo de Rufino, el caniche que siempre acompañaba a la mujer.

Era una mujer solitaria, de buen porte, que todavía conservaba vestigios de una belleza glacial que sin duda resultase aún más acusada en su juventud. A juzgar por las charlas mantenidas con Marina y su madre, nunca estuvo casada y no por falta de hombres que la pretendiesen. A Marina, aficionada a la ópera, le parecía ver en aquella mujer a una especie de Turandot devoradora de hombres; pero sin final feliz.
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