Con otros ojos

Desde que tengo uso de razón, mis padres, mis hermanos y yo, habíamos vivido siempre en casa de la abuela. Al hacernos mayores, cada uno fue dando rumbo a su vida y ello nos obligó a distanciarnos. Sin embargo, al llegar el verano, aunque sólo fuese por un corto espacio de tiempo, procurábamos reunirnos todos, como antaño, en aquella casa que tantos recuerdos nos traía.

Muerta la abuela, y también mis padres, yo era la única persona de la familia que en verano solía retornar al pueblo. Me hubiese gustado seguir haciéndolo, pero mis hermanos decidieron vender la vieja casona a una constructora. Aquel era el último verano en el que podría disfrutar del caserón destartalado, pero no por ello menos querido.

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De padres e hijos

Para asociar una cara con la persona adecuada, siempre fui un desastre. De eso pueden dar fe mis paisanos cuando vuelvo cada año a mi tierra natal. Y ¡mira que se pasa mal! En muchas ocasiones me encuentro con alguna persona que me abraza con muchísima familiaridad. Después de darle vueltas al meollo sin lograr saber de quién se trata, me rindo y le pregunto quién es.

—¡Pero si de niñas y jovencitas éramos inseparables, las mejores amigas del mundo!— me responde, incrédula.

Alguna vez tuve que salir del paso diciendo a la persona en cuestión que no me atrevía a decirle quien era por temor a que se tratase de una hija suya: tan joven la veía…

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Gracias por ser como eres

Se acerca el día de mi regreso a Madrid y me voy con pena. Y no se debe al  magnífico tiempo del que estamos disfrutando. No. Creo que estas vacaciones están resultando más bonitas, porque conocí a Magdalena: ella  ha sido  el revulsivo, el empujón que necesitaba para perder el miedo escénico y contar mis vivencias de un modo natural en el medio de que dispongo. En realidad ya la conocía de otros veranos —y hasta somos parientes-—,  pero sólo como compañera en las grandes caminatas que nos dábamos un grupo de amigas.

El de este verano ha sido un verdadero hallazgo:

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Comentario a “Bágoas na chuvia”, de Plácido Betanzos

Querido Plácido:

Acabo de leer tu libro casi de un tirón. Engancha. Comencé a leerlo traduciéndolo sobre la marcha al castellano, pero a los pocos renglones estaba metida de lleno en el idioma en que está escrito. Y, aunque algunas “verbas” no me resultaban familiares, por el sentido de la frase ha sido muy fácil conocer el significado. Además, al leerlo en gallego, me pongo al día con los cambios operados por nuestro idioma. Sobre todo, la ortografía: fue tan  brusco (al menos para mí) el cambio que es difícil  digerirlo  sin tener a mano una buena Gramática y un buen diccionario actualizados. En cuanto llegue a Madrid echaré  mano de ellos y prometo que el comentario a tu próximo libro que lea, será en gallego.

Aunque el tema de tu novela pueda parecer tópico, es un tema tan candente y lo escribes con tal maestría, conocimiento y –sobre todo– valentía, que resulta una enérgica denuncia de lo que está ocurriendo, más cerca de lo que creemos y no queremos verlo, muchas veces por no meternos en “fonduras”.  Lo malo es que las autoridades responsables hacen lo mismo –como muy bien expresas–.

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Me la jugaron

Esperaba el autobús en una calle contigua a la mía. Se para un coche y, por la ventanilla, me preguntan una dirección. Me conozco y, si no estoy completamente segura, prefiero decir “lo siento”.

Pero en aquella ocasión no tenía la menor duda. Así que les expliqué con todo detalle el recorrido que más les convenía, puesto que la calle en cuestión no tenía acceso por Arturo Soria, que era la calle en la que nos encontrábamos.

Poco me duró la satisfacción de haber sido útil: acababa de arrancar el coche cuando caí en la cuenta de que sus ocupantes me preguntaron por la calle de la Condesa de Venadito ¡Y yo los mandé a la de la Duquesa de Castrejón!

Se ve que los títulos nobiliarios me la jugaron.

Bien está lo que bien acaba

En alguna ocasión, los despistes tienen su premio:

Esta tarde me disponía a salir para la ópera, cuando leí el wassap de una amiga pidiéndome que la llamase.

Mi respuesta apresurada:

“En este momento estoy saliendo para la ópera. Volveré tarde. Te llamo mañana.”

Mi afición a la ópera viene  —casi, casi— desde cuando no sabía siquiera que existiese este género. Por aquel entonces mi bagaje operístico se reducía a dos películas que había visto en el cine de mi pueblo: “El Gran Caruso”, con Mario Lanza, y una  “Traviata” en la que el protagonista masculino era Plácido Domingo. Las dos dejaron huella.

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¿Quién es?

No tiene voz y, sin embargo, sus palabras: te sugieren, te impactan, te sugestionan, te transportan a lugares insospechados… Te seduce sin necesidad de afeites.

Se conforma con poco: apenas un pequeño espacio en cualquier rincón de tu casa.

Otros vendrán intentando desplazarlo. Pero él sabe muy bien que ninguno ocupará su lugar; pues sólo a él puedes cogerlo entre tus manos, acariciar su lomo o apretarlo contra tu pecho en señal de agradecimiento.

Muchas veces olvidas que sigue allí, paciente, esperando tu regreso; porque sabe que volverás a beber de sus aguas –a veces turbulentas— buscando un apacible remanso.

(Para Él mi pequeño homenaje)