Dímelo con música

En ocasiones, cuando me paro a pensar en las cosas buenas que le debo a la vida, coloco en lugar preferente «la capacidad que Dios puso en algunas personas para componer música: ese lenguaje universal que todos —o casi todos, porque hay fieras que ni la música doma— entendemos sin necesidad de saber idiomas».
Decía Verdi: «La música es universal. Sólo a los necios y a los formalistas se les ocurre inventar escuelas y sistemas. No existe la música italiana, alemana o turca, sólo existe la MÚSICA». Sigue leyendo

Del móvil al soneto


Odio el móvil. Lo odio por múltiples razones que resultaría arduo enumerar y que no me parece éste el lugar más adecuado. Esto no presupone que no lo utilicen en múltiples ocasiones (muchas veces más de lo que debiera, sobre todo el wassap) para comunicarme con mis amigos  o grabar momentos muy especiales con los míos. Con la familia suelo hablar por el teléfono fijo.

Como os decía: odio el móvil por infinidad de razones, pero una en especial me trae a mal traer: no soporto que me envíen mensajes tremebundos de índole religiosa en los que te anuncian las mil  y una desgracias si no los reenvías a 20 destinatarios por lo menos. Como es de suponer, se van directos a la papelera. Aunque alguna vez llegué a picar, porque se me hacía difícil pensar que el remitente pudiese dar crédito a semejantes majaderías. Sigue leyendo

Conocí a Dios en Madrid

Hace unos 40 años —a poco de llegar a Madrid— me encontraba deambulando por la Gran Vía, bajando hacia Cibeles. Estaba anocheciendo. A mi izquierda vi una iglesia abierta y decidí entrar por si había misa o, simplemente, hacer una visita al Santísimo y curiosear un poco. La iglesia se veía vacía. A lo sumo, dos o tres personas.

Después de rezar la consabida estación a Jesús Sacramentado, me dediqué a observar las imágenes. Se acercaba la Semana Santa y en una capilla lateral, sin colocar aún en el lugar adecuado para su exposición a los fieles, había un Cristo yacente. Me acerqué al féretro acristalado y, al contemplar aquella imagen ensangrentada tan sola, algo sucedió en mi interior. Parecía como si Cristo estuviese diciéndome: «Si de veras me amas, mira el rostro de las personas que están junto a ti…». Sigue leyendo

Micaela

Cuando llegó a Madrid se embarcó en la  búsqueda desesperada de una vivienda confortable para vivir con sus hijos, convirtiendo esta actividad en su hobby obligado durante los fines de semana. En aquella ocasión había «peinado» un buen espacio de la zona norte, y lo poco que pudo ver estaba muy por encima de su precaria economía. Se imponía buscar el piso en algún barrio con menos pretensiones.

Se encontraba por los aledaños del Bernabeu. Era tarde de fútbol. Desde el estadio llegaban los gritos de los aficionados de los dos equipos —R. Madrid  y A. de Bilbao— animando o denostando a los jugadores. A juzgar por los bramidos de la gente en aquel instante, era de suponer que el balón acababa de entrar en la portería defendida por Iríbar.

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Una historia de opereta

Eran más de las doce de la noche. Regresaba de un concierto en el Auditorio al que me había invitado una amiga y que, dicho sea de paso, más que concierto me pareció un atronador desatino. A mí lo que me agrada es ver a los músicos actuando, y en aquella ocasión el escenario estaba prácticamente vacío: allí sólo se veía una silla en la que descansaba una guitarra. Casi al final del concierto —por llamarlo de alguna manera— me enteré de que aquellos sonidos discordantes los producía una sola persona manipulando desde un palco no sé qué artilugios electrónicos.

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