La contrapartida

El anterior episodio me ha hecho recordar otro que, aunque no pueda ser incluido en la lista de los despistes, los dos tienen algo en común que, al tiempo que los une los diferencia.

Regresaba de un concierto —como habréis podido observar los que entráis en mi blog, la música es mi pasión—. Era bastante tarde y, en vez del autobús, mi medio de transporte habitual, tomé un taxi.

Cuando vuelvo a casa en taxi me gusta entablar conversación con el taxista, siempre y cuando capte que el interés es recíproco. Suelen ser charlas intrascendentes, pero, en ocasiones —que no suelen ser pocas—, te encuentras con sorpresas dignas  de ser contadas. Algún día crearé el apartado al que llamaré «Historias en taxi”

El taxista —un hombre entre los cuarenta y cincuenta años— se admiró de que yo tuviese cinco nietos (en esta ocasión no me lo había inventado) y,  servidora, para presumir de lo bien que se conservaba, se echó el farol de que podía tener hasta bisnietos —cosa poco menos que imposible por la edad—.

Mientras le pagaba el importe del viaje, el taxista se volvió hacia mí.

—¿No le importa que encienda la luz ?— me preguntó.

—Por qué habría de importarme… —respondí.

El hombre me miró detenidamente. Y sin el mínimo pudor, sentenció:

—Pues tiene usted razón, porque ya tengo yo una hija de veintitrés años.

Antes

Es viejo. Muy viejo. El autobús abarrotado. Trata de cederle el asiento a una joven. Ella rehúsa el ofrecimiento. Él insiste. Intenta levantarse y pierde el equilibrio quedando de nuevo sentado. Algunos viajeros se sonríen por lo ridículo de la situación.

La joven, incómoda, avanza como puede por el pasillo tratando de escabullir el bulto entre los pasajeros.

Y es que antes sucedía así: a la galantería hasta se le permitía caer en el ridículo.

(Todavía quedan caballeros a la vieja usanza.)