Otra de bolsos (y las que me quedan…)

Cuando viajo en autobús suelo sentarme —si lo atrapo vacío—  en el asiento situado detrás del conductor. (Aunque me repita, considero necesaria la aclaración.)

Aquel día me apeé en Plaza del Marqués de Salamanca con intención de bajar por la calle de “Ortega y Gasset” (antes “Lista”) hacia Serrano, dispuesta a curiosear los escaparates de las grandes firmas ubicadas en esa zona. Sólo curiosear, porque, además de los precios astronómicos de los artículos que allí se exponen —¡y venden!—, todos ellos lejos del alcance de mi precaria economía, nunca se me ocurriría comprar semejantes horteradas (salvo escasas excepciones) ni siquiera a precio de saldo. Aunque, pensándolo bien, en este tipo de tiendas no existen las rebajas, y, si alguna vez las hubiere, para nombrarlas utilizan algún tipo de eufemismo que deje a buen recaudo la categoría del establecimiento. Sigue leyendo

Antes

Es viejo. Muy viejo. El autobús abarrotado. Trata de cederle el asiento a una joven. Ella rehúsa el ofrecimiento. Él insiste. Intenta levantarse y pierde el equilibrio quedando de nuevo sentado. Algunos viajeros se sonríen por lo ridículo de la situación.

La joven, incómoda, avanza como puede por el pasillo tratando de escabullir el bulto entre los pasajeros.

Y es que antes sucedía así: a la galantería hasta se le permitía caer en el ridículo.

(Todavía quedan caballeros a la vieja usanza.)