Así salí del paso

Por aquel entonces era joven y de buen ver. Hago la aclaración porque la considero necesaria.

Esperaba el autobús que me dejaría a la puerta de unos grandes y conocidos almacenes en los que comenzaban las rebajas de invierno. Aunque no pasarían más allá de las seis de la tarde, el día se había convertido en oscura noche a causa de una espesa llovizna.

Paseaba de un lado a otro de la marquesina —algo habitual en mí cuando espero el autobús— enfundada en unos pantalones vaqueros y un juvenil anorak  que compartía en ocasiones con el mayor de mis hijos.

Al poco rato se paró un coche ante mí. Era un modelo poco común, al menos para mí que no distingo un Alfa Romeo de un Citröen C4, por decir algo. La persona que lo conducía —un hombre— bajó el cristal de la ventanilla y, dirigiéndose a mí, dijo: Sigue leyendo

En busca del culpable

La culpa la tiene el calor. Supongo…

El caso es que esta mañana  he puesto  a funcionar la lavadora. Entre unas cosas y otras se me ha ido el día sin encontrar un momento para colgar la ropa lavada. Bueno…, si he da ser sincera, lo cierto es que durante el día ni siquiera me había enterado de que la ropa continuaba dentro de la lavadora. Me disponía a meterme en la cama cuando caí en la cuenta de ese detalle. Así que me fui a la cocina con intención de poner a secar el contenido de la máquina. Sigue leyendo

Una historia de opereta

Eran más de las doce de la noche. Regresaba de un concierto en el Auditorio al que me había invitado una amiga y que, dicho sea de paso, más que concierto me pareció un atronador desatino. A mí lo que me agrada es ver a los músicos actuando, y en aquella ocasión el escenario estaba prácticamente vacío: allí sólo se veía una silla en la que descansaba una guitarra. Casi al final del concierto —por llamarlo de alguna manera— me enteré de que aquellos sonidos discordantes los producía una sola persona manipulando desde un palco no sé qué artilugios electrónicos.

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Una imagen vale más que mil palabras

Uno de los últimos despistes digno de contar me ocurrió unos días antes de Navidad.

img-20170109-wa0000Había quedado de reunirme con el grupo del taller de literatura en un restaurante en el que íbamos a celebrar la comida de fin de trimestre, y desearnos lo mejor para las fiestas navideñas.

Gran parte de la noche me la había pasado buscando algún gorro o boina que, más que protegerme del frío, ocultase mi pelo necesitado de tinte. Al no dar con cosa que me sacase del apuro, opté por irme a la cama con la esperanza de encontrarme más lúcida por la mañana.

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Bendito cero

Cuando me vine precipitadamente a vivir a Madrid —a los pocos días de la muerte de mi marido—, no me quedó otro remedio que dejar casi intacta mi casa de Galicia y meterme con mis hijos en un apartamento amueblado de la capital. Como el apartamento resultaba excesivamente caro e incómodo, puse en venta mi piso a través de una agencia inmobiliaria, dándole a mi madre —residente en Galicia— plenos poderes para realizar la operación. Sigue leyendo

Son para un cesto

Lo mire por dónde lo mire, puedo asegurar que tengo adicción al peso. Sí: a salir más cargada que el burro de la fábula de cualquier tienda en la que entro. Los conductores de mi línea de autobuses pueden dar fe de ello. Sólo de las tiendas de comestibles, eso sí.

Ese día le tocó el turno al supermercado de unos grandes almacenes. Era hora punta y el autobús venía a tope. Coloqué las cuatro bolsas en el suelo (mi intención al entrar en la tienda era la de comprar un bote de especias exóticas que, como en otras ocasiones, acabaría tirando sin abrir por pasarse de fecha) y me agarré al asiento en el que iba sentada una señora bastante robusta. Dos o tres paradas más adelante, la señora hizo ademán de levantarse. Coloqué las bolsas lo mejor que pude y reculé para dejarle el camino expedito.

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El autobús

El autobús —mi medio de locomoción más frecuente— también lo utilizo como cuarto de lectura. Lo malo es cuando alguna señora —los hombres no suelen hablar de estas cosas en público—, en el asiento contiguo, le va describiendo a su vecina  todo el proceso de una enfermedad terminal que aqueja a algún pariente o amigo. Y es tan perfecta la descripción, que acabas notando los síntomas de la enfermedad.

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De padres e hijos

Para asociar una cara con la persona adecuada, siempre fui un desastre. De eso pueden dar fe mis paisanos cuando vuelvo cada año a mi tierra natal. Y ¡mira que se pasa mal! En muchas ocasiones me encuentro con alguna persona que me abraza con muchísima familiaridad. Después de darle vueltas al meollo sin lograr saber de quién se trata, me rindo y le pregunto quién es.

—¡Pero si de niñas y jovencitas éramos inseparables, las mejores amigas del mundo!— me responde, incrédula.

Alguna vez tuve que salir del paso diciendo a la persona en cuestión que no me atrevía a decirle quien era por temor a que se tratase de una hija suya: tan joven la veía…

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Me la jugaron

Esperaba el autobús en una calle contigua a la mía. Se para un coche y, por la ventanilla, me preguntan una dirección. Me conozco y, si no estoy completamente segura, prefiero decir “lo siento”.

Pero en aquella ocasión no tenía la menor duda. Así que les expliqué con todo detalle el recorrido que más les convenía, puesto que la calle en cuestión no tenía acceso por Arturo Soria, que era la calle en la que nos encontrábamos.

Poco me duró la satisfacción de haber sido útil: acababa de arrancar el coche cuando caí en la cuenta de que sus ocupantes me preguntaron por la calle de la Condesa de Venadito ¡Y yo los mandé a la de la Duquesa de Castrejón!

Se ve que los títulos nobiliarios me la jugaron.

Bien está lo que bien acaba

En alguna ocasión, los despistes tienen su premio:

Esta tarde me disponía a salir para la ópera, cuando leí el wassap de una amiga pidiéndome que la llamase.

Mi respuesta apresurada:

“En este momento estoy saliendo para la ópera. Volveré tarde. Te llamo mañana.”

Mi afición a la ópera viene  —casi, casi— desde cuando no sabía siquiera que existiese este género. Por aquel entonces mi bagaje operístico se reducía a dos películas que había visto en el cine de mi pueblo: “El Gran Caruso”, con Mario Lanza, y una  “Traviata” en la que el protagonista masculino era Plácido Domingo. Las dos dejaron huella.

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Malditos paraguas

¡Odio a muerte los paraguas! Los odio por infinidad de razones, la principal: porque siempre los dejo olvidados en los lugares  más insospechados. Y los que se encogen, los que se pueden llevar en el bolso, ¡se me resisten todos!

Estaba realizando un trabajo sobre Hemingway. Necesitaba volver a leer “El viejo y el mar” y, como el ejemplar que tenía en mi librería había desaparecido, decidí salir a comprar otro y, de paso, cubrir una primitiva.

Después de adquirir el libro, me metí en el bar en el que suelo sellar mis boletos. Se trata de un local muy pequeño y concurrido. Quedaba un hueco en la barra y hasta un taburete vacío —cosa que a ciertas horas no ocurre con frecuencia—,  así que decidí aprovechar la ocasión para sentarme a tomar un café. Como al salir de mi casa llovía bastante, muy a mi pesar, no tuve más remedio que echar mano del tan odiado paraguas.  Mientras tomaba el café lo colgué de la barra.

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Un día como cualquier otro

Aquel día me notaba verdaderamente rara.

Me di cuenta de que no me sentía bien cuando me dirigía a la cafetería a tomar el café de las 11. Tenía que estar francamente mal para que yo —con síndrome de la bata blanca— decidiese acercarme a la centralita a pedir cita con el traumatólogo.

El mal radicaba en la cintura, o en la cadera… No sabría decirlo. Parecía como si las tuviese desarticuladas.

Mientras esperaba que me diesen línea, me senté en un banco y comencé a estirar el tronco y a elevar las piernas al mismo tiempo que las hacía girar en busca de alivio…

Fue en ese momento cuando se desveló el misterio: mis zapatos eran negros  —el colmo sería que tuviesen distinto color— y de un modelo bastante similar…  Pero entre sus tacones existía una más que respetable diferencia de altura.

Como es de suponer, anulé la llamada a la policlínica.

Genio y figura

En aquella ocasión —como suele ocurrir en las horas punta— el autobús iba lleno.

Normalmente, cuando logro  atrapar vacío el asiento de detrás del conductor, me instalo allí, saco del bolso un libro de bolsillo — quiero decir, de los que pesan poco—  y me dedico a leer. Pero como ese día  mi asiento preferido estaba ocupado, me quedé de pie en el pasillo, a la altura de ese asiento. A pesar de ir de pie, me enfrasqué en la lectura y no me percaté de que el autobús acababa de parar en mi punto de destino. Alcé la vista en ese momento y, al darme cuenta, agarré del suelo la bolsa con el logotipo de unos grandes almacenes en la que llevaba unos vaqueros para cambiar por otra talla.

Cuando me dirigía dando codazos hacia la puerta de salida, el conductor comenzó a berrear:

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Una noticia feliz

Lo recuerdo muy bien: era un viernes. Al salir del centro en el que trabajaba, un compañero me dio la noticia:

—¿A qué no sabes la última…? La mujer de Fulanito está embarazada.

—¡Con lo que le gustan los críos…! ¡Se sentirá feliz! El lunes seré la primera en darle la enhorabuena.

Teníamos dos compañeros que llevaban más de diez años casados y ninguno de los dos había logrado concebir un hijo.

El lunes siguiente —aprovechando la hora del desayuno, en la que nos reuníamos en la cafetería los trabajadores de la empresa—  me fui rauda a felicitar a mi compañero.

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Pisando fuerte

Era mi primer día de trabajo ­–y también mi primer trabajo— en un centro militar. La noche anterior, dejé colocada sobre una silla la ropa que iba a ponerme para causar buena impresión.

Al llegar a mi destino –con el tiempo muy ajustado, a consecuencia del tráfico y alguna que otra complicación de última hora– encontré el hall del edificio copado por la plana mayor y acompañantes uniformados, como era costumbre en aquella época.

Un tanto azorada, di los buenos días y crucé con paso rápido entre todos aquellos señores. Al momento oí que alguien me gritaba:

–¡Párese! ¡Párese un momento! Lleva algo pegado al zapato. Intentaré pisarlo al tiempo que usted anda, a ver si logro despegarlo.

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