Don Justino

Al no saber desenvolverme en otros medios, quiero agradecer al historiador Pepe Álvarez Castrelo, desde este humilde blog, la entrañable semblanza que escribió en el Programa de Fiestas de Palmeira sobre la figura de Plácido Betanzos -al que me unía una bonita amistad nacida del cariño que se profesaron desde siempre nuestras madres-, y del inesperado y estupendo trabajo sobre la labor docente que mi bisabuelo materno desarrolló como maestro en Palmeira. Este agradecimiento lo hago extensivo al periodista y escritor  Francisco A. Vidal, que se preocupó de indagar sobre el librito escrito por mi bisabuelo, “La Perla Agrícola”, lo que dio lugar al trabajo de Castrelo. Sigue leyendo

Capriccio

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Clemens Krauss fue el autor del libreto de la última ópera de Richard Strauss, Capriccio -estrenada en Munich en 1942-, escrito con la colaboración del propio compositor, casi octogenario, en el que desarrolla una idea de su amigo, el escritor judío Stefan Zweig, planteando el viejo dilema entre la primacía de la palabra o de la música en la ópera:

“Lleva ya el lenguaje canto en su interior, o la música vive sólo impulsada por él? Una está en el otro y quiere ser el otro. La música despierta sentimientos que impelen a la palabra. En la palabra vive un ansia de sonido y de música”. (Richard Strauss y Clemens Krauss: “Capriccio”. Escena VI). Sigue leyendo

De parajarillos y ordenadores

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¡Hola!, de nuevo aquí. El próximo curso trataré re restringir actividades: no se puede abarcar lo inabarcable cuando llegas a cierta edad. Bueno, hasta ahora he logrado alcanzar (casi, casi…) lo que me fui fijando, teniendo en cuenta que mis posibilidades físicas e intelectuales menguan día a día. Y no hablemos del ordenador que, a sus muchos años para una computadora con el disco duro a rebosar, pidió a gritos la jubilación; y el que me trajeron de la tienda parece no cumplir con los requisitos adecuados a mis necesidades. Pero esa es otra historia… Sigue leyendo

El canto del cisne

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Imposible pasar por alto la ópera Falstaff compuesta por mi operista favorito, Giuseppe Verdi; opera que nada tiene que envidiar a la mejor obra cómica de Mozart, otro de mis compositores preferidos. Esta ópera resultó el canto del cisne de un compositor casi octogenario que, basándose en un magnifico libreto de su amigo Arrigo Boito, que superó las fuentes shakesperianas, compuso una obra alegre, juvenil, de fino y vigoroso humor al mismo tiempo, estrenada en el Teatro de la Scala de Milán el 9 de febrero de 1893 y en el Teatro Real de Madrid el 10 de febrero de 1894. Sigue leyendo

Nunca es tarde si la dicha es buena

Cuarenta y cinco años viviendo en Madrid capital y, hasta hoy, no me había dado cuenta de lo poco que conocía de esta región.  Es cierto que había visitado con alguna frecuencia ciudades como El Escorial, Aranjuez, Alcalá de Henares, El Pardo,  Chinchón… y hecho unas cuantas salida a la Sierra… Y, sin embargo, no me había percatado de la existencia de verdaderas joyas perdidas entre montañas de la geografía madrileña, sin apenas contacto con el resto del mundo, si no es porque a mi yerno, tratando de tomar un pequeño respiro en el trabajo cotidiano y huir por unos días de la contaminación,  se le ocurrió buscar al azar en Internet  una casa rural que reuniese las condiciones apetecidas y, a poder ser, bien alejada del mundanal ruido. Sigue leyendo

La Calisto

Hace días asistí a la ópera “La Calisto” en el Teatro Real, del compositor veneciano de la etapa barroca, Francesco Cavalli, libreto de Giovanni Faustini, basado en el “Libro ll de “Las Metamorfosis” de Ovidio.

Al ver que, en el último minuto antes de comenzar la función, el aforo no llegaba a la mitad, pensé que poco podía esperar de la obra… Pero me equivoqué: por lo pronto el escenario (salvo durante un corto prólogo) gozó de una luminosidad un tanto psicodélica a la que estamos poco habituados los asistentes al Real; y los personajes que aparecían en escena, no iban totalmente uniformados -como en óperas anteriores- sino que vestían los más variopintos ropajes. Aunque diferentes en la  temática, la obra me hizo recordar “El sueño de una tarde de verano” (o “El sueño de una noche de San Juan”, que parece ser lo correcto), de Shakespeare.  Tal vez se debiese a los enredos amorosos entre seres humanos y  quiméricos y las pasiones ambiguas generadas por las artimañas de unos y otros. Sigue leyendo

Realismo apabullante

En el libro de relatos “Historias de un tranvía”, de mi paisano Wenceslao Fernández Flórez, hay un cuento, “Las tribulaciones de un mal fisonomista”, en el que me encuentro totalmente identificada con el protagonista. Y como este blog nació con el fin de dar cuenta de mis innumerables despistes, hoy quiero narrar las últimas peripecias en la materia.

Por la tarde tenía cita con el dentista. Al acabar, decidí venir a ver “La bomba”, un concurso televisivo que suelo comentar por wassap con mi amiga Magdalena.

Cuando me disponía a encender el televisor, caí en la cuenta de que era miércoles de ceniza: en esas fechas, tenía por costumbre asistir a misa con mi madre y, cuando ella ya no podía acompañarme, al volver a casa con la ceniza en mi frente, se la traspasaba a la suya. En su recuerdo, continúo la tradición de no faltar a misa ese día. Sigue leyendo

Cuento de Navidad

Lo veía cada semana el día que le correspondía hacer la compra en el hipermercado. Tendría apenas cumplidos los veinte años. En su tez negra, con los rasgos propios de la raza, sus ojos desprendían un halo de nobleza.

La primera vez que se encontraron, el muchacho le ofreció un ejemplar de “La Farola”. Marina, cargada con las bolsas de la compra, rehusó el ofrecimiento con un movimiento de cabeza.
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Una explicación impecable

Ocurrió en la época de María Castaña, cuando todavía me consideraba joven y de buen ver, a juzgar por los requiebros que me lanzaban al pasar los componentes del sexo opuesto.

Aquella mañana me dirigía, tirando de mi recién estrenado carrito de la compra, al mercado de la pequeña capital de provincias en la que residía. Por aquel entonces no había llegado aún la invasión de «hipers» de la que hoy disfrutamos, y el único mercado con el que contábamos quedaba en el lado opuesto de la ciudad. Sigue leyendo

El caso es que sigo en las mismas

Hace unos días leí en Café Barbantia un artículo de Fidel Vidal en el que comentaba la obra de teatro del escritor gallego Álvaro Cunqueiro, “El incierto señor Don Hamlet”.

Como no conocía la obra comentada y muy poco de lo escrito por Cunqueiro, decidí ponerme al día, comenzando por “Don Hamlet”; pero como en mi librería habitual no disponían de este libro ni daban con la forma de lograrlo, me fui a una biblioteca municipal. Allí tampoco encontré lo que buscaba. A cambio me traje dos libros del escritor: “La bella del dragón” -una recopilación de artículos publicados entre 1977 y 1978- obra en la que  narra, con una imaginación desbordada no exenta del más puro realismo cuajado de fino humor, episodios de “amores, sabores y fornicios” ocurridos a lo largo de la historia. El otro libro, “El año del cometa” es una novela metafísica, vanguardista que trata de la naturaleza humana… (El caso es que me estoy yendo por los Cerros de Úbeda, puesto que no vengo aquí a hablar de la literatura de Señor  Cunqueiro -líbreme Dios de tal cosa sin tener un mínimo conocimiento de la cuestión- sino de algo que me sucedió en relación con esta). Sigue leyendo

Only the Sound Remains

Hace unos días, cuando salía de casa con dirección al Teatro Real, me crucé con una vecina que, al saber que iba a la ópera, me advirtió de que su hijo -asistente puntual a eventos operísticos- se había salido de la sala a media función por no poder soportarla, asegurándome que era la primera vez que hacía tal cosa.

Como prefiero asistir a una obra, del tipo que sea, sin escuchar criterios anticipados y sacar mis propias conclusiones, no le di demasiada importancia al comentario de mi vecina, agarrándome a aquello de que “para gustos se pintan colores”. Sin embargo, ahora que parecía estar cogiéndole gusto a las óperas de vanguardia, después de asistir a “Only the Sound Remains”, tengo que reconocer que he pegado un retroceso en mi apreciación del género. Si aguanté las dos horas escasas -por suerte duró poco- lo hice, simple y llanamente, por comprobar por mi misma hasta dónde podía llegar el colmo de lo aburrido. Y conste que para nada influyó la advertencia de mi vecina. Sigue leyendo

Noviembre, mes para el recuerdo.

Cuando niña, me aterraban las historias de aparecidos y, sin embargo, eran estas historias con las que más disfrutábamos mis amigas y yo. Por las noches, a la salida del rosario, nos sentábamos en la escalinata de una casa -pared medianera con la casa de mi abuela- que hoy se quedó reducida a dos o tres peldaños a causa de las muchas capas de alquitrán que fue recibiendo la carretera -antes de tierra- a lo largo de los años. Nos contábamos las más lúgubres historias de espectros en las que casi siempre hacía acto de presencia la Santa Compaña.
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El Señor protege a los tontos

Lo que voy a contar hoy, no sé si insertarlo en la categoría de despiste o, más bien, en el de idiotez supina. El caso es que no atino por dónde comenzar mi rocambolesca historia…

Estos días, a causa de un tema que bien podría considerarse laboral, estuve disfrutando de la visita de mi nieto gallego y de su encantadora novia. Por la sencilla razón de que el sábado decidieron vivir la noche madrileña, pensaban acostarse tarde y nadie estaba dispuesto a madrugar, optamos por cambiar los planes que nos habíamos trazado para el domingo, acordando decidir sobre la marcha. Sigue leyendo