El hombre discreto

El comentario de Magdalena a mi relato anterior me trajo a la memoria la respuesta que el Hermano Antonio Zarzosa, fundador del albergue Santa María de la Paz para hombres sin hogar, le dio a la pregunta formulada por uno de los alumnos de 6º de Básica en una visita a dicho centro.

Entre las virtudes que traté de inculcar en mis educandos, una fue la generosidad. Para desarrollarla procuré fomentar situaciones que la encauzasen: como la de hacer rosquillas y buñuelos que los alumnos vendían a sus compañeros en los recreos y con el dinero recaudado apadrinábamos un niño o mitigábamos alguna necesidad. En cuanto las madres tuvieron noticia de mi “ocurrencia”, se pusieron manos a la obra de aquello que mejor sabían hacer y pronto mi iniciativa se vio apoyada con su colaboración aportando bizcochos -muchas veces ya divididos en porciones que procuraban fuesen iguales-, tartas de diversas clases o lo que a cada cual se le diese mejor preparar.

En esta ocasión decidimos donar lo recaudado al recién inaugurado albergue para hombres sin hogar “Santa María de la Paz”. La dirección del colegio en el que prestaba mis servicios tuvo a bien que el dinero reunido fuese entregado por la profesora acompañada de los alumnos.

Cuando llegamos al albergue, alrededor de las diez de la mañana, dos asilados, con sendas botellas de cerveza en la mano, charlaban amigablemente sentados en la entrada del recinto. A recibirnos salió el propio Hermano Antonio que, después de una breve presentación, nos fue mostrando las dependencias de la casa, conduciéndonos a continuación a la sala de conferencias con el fin de dirigir a los niños una didáctica charla con derecho a coloquio.

El primero en intervenir fue Dani, un chaval muy avispado.

-Al llegar vimos a dos hombres con una botella de cerveza en la mano. No entiendo que les permitan beber tan temprano si aquí vienen a curarse de su adicción -objetó, mirando al Hermano Antonio con actitud hosca.

El Hermano Antonio, con la expresión de hombre bueno que lo caracterizaba y una sonrisa comprensiva, respondió:

-Esos dos hombres que has visto sentados a la puerta, antes de llegar a este centro andaban borrachos por la calle. Ellos pueden salir si así lo desean, pero existe el peligro de que vuelvan a las andadas. A una persona que ha pasado la mayor parte de su vida bebiendo no se le puede cortar de repente el alcohol, porque su organismo está habituado y las consecuencias serían nefastas. Con la botella de cerveza en la mano ellos mismos se autocontrolan bebiendo la cantidad necesaria para no sufrir temblores u otras consecuencias todavía más graves. A veces ni siquiera necesitan beber una sola gota. Para ellos resulta un gran triunfo. ¿Entiendes ahora por qué se les permite tener la botella de cerveza en la mano?

Dani asintió cabizbajo. Lo había entendido muy bien.

Aunque mi intención sólo era contar la anécdota que me sugirió el comentario de Magdalena, aprovecho la ocasión para hacer un pequeño panegírico de la figura del Hermano Zarzosa.

Cuando este religioso, hace cerca de cuarenta años, partiendo de cero, tomó la decisión de crear un albergue para hombres sin hogar, comenzó con el logro de un trozo de terreno que le proporcionaron los Padres Dominicos de Alcobendas (si mi memoria no falla). Después, gracias a las cuotas aportadas por la feligresía de varias parroquias, entre las que se encontraba Santa María del Bosque, en donde conocí al hermano Zarzosa, y de diversas entidades a las que acudió en busca de ayuda, pudo hacerse realidad el sueño de un hombre bueno -por supuesto con la aprobación y apoyo de la Orden Hospitalaria de los Hermanos de San Juan de Dios a la que pertenecía- que sólo perseguía dar cobijo al mayor número de hombres en exclusión social que deambulaban por las calles de Madrid, sin tener en cuenta su filiación política o religiosa. Bastaba con presentar el carné de identidad.

Contribuyó a la buena marcha del centro la ayuda desinteresada de personas que prestaron (y prestan) servicios, tales como: plancha, lavandería, auxiliares de comedor, compañía a los residentes que tienen necesidad de realizar alguna diligencia externa, además de otras de orden burocrático y hasta jurídico. Todo ello obra del Hermano Zarzosa que con su entusiasmo, tesón y buen hacer logró transmitir a los que lo conocimos el ansia de volcarnos en los más necesitados.

Muy pronto el albergue Santa María de la Paz se transformó no sólo en un techo que da cobijo y comida a más de cien hombres que sufren grave desarraigo social, sino que es un verdadero hogar en el que encuentran amistad, respeto y cariño, factores que favorecen su rehabilitación para la que el centro también cuenta con un equipo de profesionales.

Después de la muerte del Hermano Antonio, creo que he vuelto un par de veces a Santa María de la Paz -mi trabajo y la dedicación a mi madre me lo impedieron-: en una ocasión para asistir a un mercadillo de objetos que regalan al centro tiendas y particulares del que me traje una buena colección de libros de García Márquez, Fernando Sabater, Nagib Mahfud, y alguno más, que casi se podrían considerar regalados.

El albergue hoy cuenta con más de 2000 bienhechores, pero creo que, tal como se presenta el panorama actual, toda ayuda es poca. Así que si alguien puede y quiere “rascarse los bolsillos” -como invitaba el Padre Hortelano, otro religioso altruista, en sus homilías- ya sabéis en donde podéis vaciarlos.

6 comentarios en “El hombre discreto

    • Muchas gracias, Luna, por tan inmerecida loa. Y claro que todavía quedan personas buenas -aquí en Madrid lo estamos viendo a diario-; pero “amar al prójimo como a uno mismo” se queda en utopía. Tal vez los santos, entre los que no me extrañaría que se encontrase el Hermano Antonio.
      Un abrazo grande.

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  1. No sabes cuanto me alegra saber que mi respuesta a tu comentario hiciera aflorar, en esa mente con capacidad ilimitada para describir acontecimientos, el recuerdo de esa anécdota tan humana; y no me refiero solamente a la generosidad del padre Zarzosa, sino que tú vas agregada en ella. Eres elegante de cuerpo y alma.
    Besiños palmeiráns, querida Mari Carmen. Espero poder dar juntas las caminatas por estos lares muy pronto.

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    • Otra que bien baila… ¡Pero si lo único que hago es ceñirme a lo ocurrido sin añadidos…! Ojalá tuviese la capacidad de incluir un poco de fantasía.a mis historias.
      Creo que mis paseos por Palmeira se van a retrasar un poco. Espero que no sea mucho.
      Biquiños mesturados.

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  2. ¡Qué te voy a decir, Note…! Que me he llevado una grandísima alegría al ver tu entrada.
    Esta tarde me he dado un buen paseo con Carmen. Me ha llamado justo cuando me disponía a responderos. Está visto que lo mío con el ordenador es la nocturnidad.
    Un montón de besos, aunque sean virtuales.

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