Valeria

La veía casi a diario cuando bajaba con su madre al parque. A veces coincidían en el mismo banco y la madre de Marina se entretenía acariciando con el bastón el lomo de Rufino, el caniche que siempre acompañaba a la mujer.

Era una mujer solitaria, de buen porte, que todavía conservaba vestigios de una belleza glacial que sin duda resultase aún más acusada en su juventud. A juzgar por las charlas mantenidas con Marina y su madre, nunca estuvo casada y no por falta de hombres que la pretendiesen. A Marina, aficionada a la ópera, le parecía ver en aquella mujer a una especie de Turandot devoradora de hombres; pero sin final feliz.

Aunque la soportaba, por no perder su relación con Rufino, el caniche de la mujer, a la madre de Marina no le caía bien aquella señora pues la consideraba engreída y altiva.

-No te das cuenta -le decía a su hija- de que siempre quiere quedar por encima de nosotras… Sólo valora lo suyo. Te aseguro que si no fuese por el perrito, que me tiene cautivada, cuanto más lejos, mejor.

-Mamá, no se lo tengas en cuenta. Lo que le pasa a Valeria es que se siente muy sola y para no caer en el abatimiento se crea un mundo de fantasía.

-Es que si le digo que tengo una nieta traductora, ella me espeta que tiene cinco o seis sobrinos que dominan nueve idiomas cada uno. Y si digo…

-Pero mamá, ¿es qué no conoces el dicho?: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”.

Un día Marina bajó al cajero. En el camino se cruzó con Valeria. Se paró para saludarla y la notó absorta, apoyada en la pared, sin apenas percatarse de que alguien le hablaba. Miraba una cartilla que debía de ser del Banco.

-¿Le ocurre algo, Valeria? –preguntó Marina.

-No. Es que necesito comprar comida para Rufino y el cajero no funciona.

-Precisamente allí me dirijo… ¡Acompáñeme! A ver si tengo más suerte.

A oídos de Marina habían llegado rumores de que Valeria pasaba penurias económicas y hasta hambre con tal de que al perro no le faltase de nada. Enseguida pensó en echarle una mano.

En el cajero no tuvo problema para obtener dinero. Preguntó a Valeria qué cantidad necesitaba.

-Necesito mil pesetas -contestó sin más comentario.

Marina le alargó dos billetes de mil.

-Es demasiado -murmuró Valeria.

-Se me está ocurriendo una idea –dijo Marina con la mayor naturalidad que pudo-: este dinero es un regalo de mi madre para Rufino. Va siendo hora de que tenga un detalle con su mejor amigo…

Y no es que a Marina le sobrase el dinero. Que va… Con la hipoteca del piso y el estudio de los hijos tenía que hacer verdaderas filigranas para llegar a fin de mes. Pero no soportaba ver a la gente pasarlo mal y mucho más si se trataba de una persona mayor. A veces se llevaba sorpresas, como la del pobre que, con el dinero que recaudaba, se tomaba sus buenas raciones de jamón de Jabugo regado con un fino de solera en una taberna de alcurnia -la puso en antecedentes el frutero-. O la del ciego que no era tal y se iba a gastar en el bingo lo obtenido en limosnas.

Cuando llegó a casa, Marina contó a su madre el encuentro con Valeria, más que el detalle del dinero, las penurias por las que estaba pasando la mujer.

Se acercaba el verano. El calor comenzaba a hacer mella. Marina sugirió que había llegado el momento de dejar el banco y sentarse en una terraza del parque a refrescar el gaznate con una caña. Por supuesto, en compañía de Valeria. Al tanto de su situación precaria, a la madre de Marina no le afectaban los delirios de grandeza de la mujer. Cuando ésta contaba alguna de sus quiméricas historias, lanzaba con disimulo una mirada cómplice a su hija.

Con la llegada del calor, Marina y su madre se marcharon al pueblo. Al regreso continuaron bajando al parque. Fueron pasando los días y Valeria no hizo acto de presencia. Extrañada, Marina se acercó a enterarse por el portero a qué se debía su ausencia.

-La encontraron en la calle tirada en el suelo con el perro a su lado. Dicen que fue a causa de un golpe de calor -declaró el portero-, pero yo juraría que la hizo flaquear la falta de alimento. Avisamos a una sobrina de lo ocurrido y parece ser que la ingresó en una residencia a cambio del piso de su tía. Es todo lo que puedo decirle.

Marina se preguntó, con tristeza, cómo podría soportar la señorita Turandot la soledad sin Rufino.

6 comentarios en “Valeria

  1. Por algo dicen que el perro es el amigo del hombre, es así en muchos casos. La pena es que en muchas ocasiones no se les reconoce el valor que tienen y, seguramente por eso, no podrá acompañar a Valeria en la residencia. También se podría haber quedado con Marina y su madre, que lo apreciaba bien.
    Una cuento muy bonito y para dar que pensar, no solo sobre los perros, también sobre la imagen que damos y qué hay detrás…
    Un besazo

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  2. Marina y su madre no se enteraron de la marcha de Valeria hasta el regreso de las vacaciones de verano. De saberlo, seguramente se hubiesen quedado con Rufino, a pesar de que Marina se había prometido no encariñarse con animalito.alguno después de las ocho experiencias caninas -y otras- por las que había pasado, algunas dignas de ser narradas.
    Muchas gracias por tu entrada, Luna. Siempre estás ahí para levantar la moral.
    Un abrazo grande.

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  3. Precioso relato, querida Mari Carmen, tan bonito como grande los corazones de esa madre e hija.
    Me has hecho recordar una anécdota moralizante que contaban de Aristóteles. Cuentan que un día le preguntaron por qué le daba limosna a un borracho si con aquel dinero se iba para la taberna, y él les contestó: “Yo me limito a ayudar al hombre y no a su inclinación”.
    Besiños palmeiráns para madre e hija y compartidos con nuestra querida Luna.

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  4. Tu comentario me trajo a la mente un episodio que me ocurrió cuando aún desarrollaba actividad laboral. Y de eso va a tratar mi próxima entrada en el blog.
    Está visto que, además de facilitarme recetas culinarias, logras que mi memoria funcione. Contigo tengo un chollo.
    Un feixe de apertas sen medo ó contaxio.

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  5. Qué relato más triste, abuela. Entiendo que tiene hay una historia real detrás, ¿no?. Ojalá saber que Valeria estuvo a gusto en la residencia y Rufino en una casa en la que se le quiso mucho.

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  6. No llegué a saberlo. Tú tenías que ser muy pequeña cuando ocurrió o tal vez ni habías nacido. El tiempo vuela… La amiga de “Rufino” era la Bisa. La imagen de “Valeria” jamás se me borrará.
    Espero que pronto podamos abrazarnos de verdad.

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