Un feligrés nada común

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Aquel año veraneaba en Torre del Mar, un bonito pueblo entre marinero y turístico de la Axarquía Malagueña.

A la salida de la misa del domingo, me fijé en un cartel que anunciaba la IX Semana Bíblica. Me parecieron interesantes los temas a exponer; así que me puse al corriente de los requisitos que había que hacer para inscribirse y, sin pensármelo dos veces, me apunté.

Resultaron siete días muy interesantes por la variedad de los temas que se tocaron, tales como: el papel de la mujer en la Biblia; Noemi y Rut, dos mujeres que confían en la fuerza del amor; la Biblia, palabra de Dios ¿en qué sentido?…, aliñados con la salpicadura de alguna que otra anécdota.

Recuerdo una historia que nos contó el ponente don Evaristo Martín Nieto, si mi memoria no falla al citar el nombre.

Este sacerdote , párroco de una feligresía cuando le ocurrió lo que pretendo contar -cosa que él hizo con enorme gracia y desenfado- tenía un perro, una mezcla de mastín y pastor alemán que había encontrado perdido sin que dueño alguno lo reclamase. El chucho se encariñó con el cura y el cura con el perro. Cada vez que el sacerdote tenía que visitar a un enfermo o realizar cualquier otro cometido, el perro no se apartaba de su lado. Tampoco faltaba a las misas dominicales, sentándose muy modoso a un lado del altar. Cuando llegaba la época en la que al animal le acuciaba el deseo de encontrarse con alguna perrita del entorno, desaparecía dos o tres días; pero nunca faltó a la cita del domingo. Más de una vez apareció en el último momento, embarrado y hecho una lástima. Aun así ni un solo día dejó de cumplir con el primer mandamiento de la santa madre iglesia.

Con el paso de los años, el perro fue envejeciendo llegando un día en el que le sobrevino la muerte. Para el párroco resultó un duro golpe la pérdida de su fiel compañero y, sin más meditación, decidió enterrarlo como lo hubiese hecho con cualquiera de sus feligreses. Fuera del cementerio, pero siguiendo el ritual acostumbrado.

Lo primero fue encontrar el lugar adecuado lejos de miradas indiscretas. Después metió al perro en una caja, se aprovisionó de los útiles litúrgicos imprescindibles para la ceremonia y, acompañado del sacristán, se encaminó al lugar elegido para celebrar las exequias. Acabado el acto, improvisó una cruz con dos palos y la clavó al lado de la sepultura.

Más de una vez el cura visitó la tumba de su insólito feligrés, distanciando cada vez más las visitas hasta dejarlas en el olvido.

Aquel día, por alguna de esas inexplicables razones, recordó que se cumplía un año de la muerte de su amigo y decidió hacerle una visita. Encontró fácilmente el lugar de la tumba en la que todavía se mantenía la cruz y… ¡oh maravilla!: sobre aquel pequeño promontorio de arena había surgido una hermosa mata de flores silvestres.

(El hecho de haber nacido flores sobre una tumba no tendría nada de extraordinario si la tumba no estuviese enclavada en un inmenso arenal sin vegetación posible… Cada cual es dueño de pensar lo que quiera, pero la persona que contó la historia merece todo mi crédito).

5 comentarios en “Un feligrés nada común

  1. Querida Mari Carmen, esta bonita historia que cuentas, me ha llegado al alma. Todos los que tenemos perros conocemos el dolor por la muerte del mejor amigo del hombre, y en nuestra casa hemos pasado varias veces por ese trance.
    El primer perro, Odín I, fue enterrado en la huerta, y no sabes cuanto crecían las flores que plantábamos en aquella pequeña parcela, siempre decía mamá con una sonrisa de complacencia: “Que bien las abona Odín”. Pero también quiero recalcar que nuestra huerta no era un arenal, era y sigue siendo, un brañal.
    Besiños desde o brañal hasta tu casa, querida Mari Carmen. Un gustazo como siempre leerte.

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  2. Llamarle Odín al primer perro… Se ve que tu relación con la mitología nòrdica viene de antiguo.
    También en mi haber cuenta el cuidado de varios perros: ocho, en total. De uno en uno, por supuesto. Sólo convivieron dos. De los ocho, uno padecía toxoplasmosis (con esta historia podía llenar varios folios); otro, ataques epilépticos; a dos, los atropellaron sendos coche… Y paro de contar.
    Hubo un momento en el que dije “me planto”, y me planté. Porque los perros ni siquiera eran míos, sino de mis hijos; pero siempre me tocaba a mí lidiar con ellos. Para colmo, se les coge cariño y se pasa mal cuando les sucede algo o te ves obligada a deshacerte de ellos.
    Muchas gracias por tu bonita entrada y el deseo de que la noche te conceda hermosos sueños-

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  3. Cuando mi nieta mayor era una niña, recogió un gatito abandonado que maullaba entre unos matorrales. Veraneábamos en Palmeira y lo acomodamos en un servicio que no usábamos, independiente de la vivienda. Allí lo atendíamos sin que mi madre se enterase, porque sabía a lo que nos exponíamos.
    Durante el mes que duró el veraneo, el gato creció y se puso precioso. A nuestro regreso a Madrid se lo quedó una vecina.
    Pasado un tiempo, a mi nieta le apareció en una pierna algo muy extraño: una especie de flor verdosa en relieve. Al descubrir aquella cosa me fui con la niña rápidamente al hospital. Lo primero que me preguntó el médico que la vio fue si teníamos gatos en casa. Respondí negativamente. Me mandaron volver a los veinte días a recoger el resultado del cultivo.
    Cuando salíamos de la consulta recordé el episodio con el gatito: era precisamente en la zona de la pierna en la que se restregaba ronroneando mimoso, en la que apareció aquella desagradable flor.
    (Carmen puede dar fe de ello. En aquella etapa vivían conmigo).
    En casa de mi abuela siempre tuvimos gato, sin incidentes. En la ciudad lo cambiamos por un perro; pero esa es otra larga historia.
    Gracias por leerme y un abrazo grandísimo desde Palmeira.

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