Capriccio

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Clemens Krauss fue el autor del libreto de la última ópera de Richard Strauss, Capriccio -estrenada en Munich en 1942-, escrito con la colaboración del propio compositor, casi octogenario, en el que desarrolla una idea de su amigo, el escritor judío Stefan Zweig, planteando el viejo dilema entre la primacía de la palabra o de la música en la ópera:

“Lleva ya el lenguaje canto en su interior, o la música vive sólo impulsada por él? Una está en el otro y quiere ser el otro. La música despierta sentimientos que impelen a la palabra. En la palabra vive un ansia de sonido y de música”. (Richard Strauss y Clemens Krauss: “Capriccio”. Escena VI).

“Capriccio” es una ópera poco representada y, después de verla la segunda vez (la primera en el Teatro de la Zarzuela en el 96), no lo entiendo. Soportar una opera, de un tirón, durante dos horas y media, sin señales de cansancio ni de aburrimiento, ya dice mucho a favor esa obra. Strauss la subtituló como “Una pieza coversacional para música”. (Yo la denominaría: “Una pieza conversacional para mejor entender la ópera”). No hay que pararse mucho a pensar para intuir que esta ópera es una alegoría de la propia vida, en la que unos personajes más reales de lo que parecen, nos llevan a entender los entresijos de la ópera.

Es difícil comentar una obra de esta envergadura que admite múltiples lecturas; incluso la política, teniendo en cuenta el momento en que fue escrita. Pero mi intención -y alcance- es dar testimonio de mi modesta apreciación, dejando las controversias estéticas para los entendidos.

La acción transcurre cerca de París -Strauss la sitúa en tiempos de Gluck, por ser este el compositor que realizó un cambio profundo en la ópera y, seguramente, por identificación con el mismo- entrecruzándose dos planos: “la vida como ilusión y el teatro como realidad, en los cuales la vida es representada y el teatro vivido”.

ARGUMENTO

opera2Hacía poco tiempo que la joven condesa había perdido a su marido y ya era cortejada por dos pretendientes. Lo sorprendente es que ella, amante del arte, se sintió atraída de la misma forma por los dos artistas: Oliver, el poeta, y Flamand, el compositor.

Aquel día Madeleine, la condesa, había organizado una pequeña reunión en su castillo de las afueras de París, en el que vivía con su hermano, a la que acudieron: los dos pretendientes, el empresario teatral La Roche y la famosa actriz Clairon, con el propósito de preparar una función teatral para celebrar el próximo cumpleaños de la condesa. El programa incluía un pequeño drama de Oliver, el poeta, en el que el hermano de la condesa  -joven irreflexivo- tenía un papel con el que esperaba conquistar a la actriz Clairon.

Durante los ensayos, tanto el poeta como el compositor, declaran su amor a la condesa: Olivier, incluyendo un poema de amor en su drama y Flamand, componiendo la música para el soneto de Olivier. La obra conmueve a Madeleine más que las declaraciones de amor que cada uno de los aspirantes a su mano le prodigó por separado.

El empresario teatral La Roche, que también quiere agasajar a la condesa con unas obritas, suscita una discusión sobre el significado último del teatro y la música.

Mientras Madeleine se debate con el dilema de elegir al poeta o al compositor, una joven bailarina que le ha presentado La Roche, le hacer ver la fugacidad de la vida y de la belleza. Para la condesa lo vivido aquella tarde se convierte en un momento decisivo de autorreflexión, llegando a la conclusión de que en el arte como en la vida hay que tomar decisiones trascendentes.

Al término de la ópera, la decisión tomada por la condesa es una metáfora de la misma vida: “Si hay que elegir, uno siempre pierde”.

La obertura de “Capriccio” es poco común. En realidad no existe: la ópera comienza con un sexteto de cuerdas como introducción; y la orquesta, impecablemente dirigida por Asher Fisch, sin percusión, apoya a los cantantes desde el principio hasta el final.

Malin Byström es la condesa Madelaine. En esta ópera cargada de acción, con mucha dificultad vocal para la soprano que realiza el papel de la condesa, prácticamente en escena durante toda la función, me pareció una actuación más que meritoria.

La actriz Clairon (mezzosoprano Theresa Krontheler), estupenda manejando a su antojo a un conde engreído, al que el barítono Josef Wagner hace muy creíble concediéndole un rasgo de humanidad.

Fundamental el largo monólogo de La Roche (el bajo Christof Fischesser), otorgando más fuerza y firmeza al diálogo, en su exposición de que lo más importante de una ópera es el espectáculo con una puesta en escena grandiosa.

Todos los personajes en esta obra desempeñan una función significativa: también el apuntador y los criados; además del mayordomo, personaje imprescindible que observa con atención todo lo qué ocurre a su alrededor, sirviendo de lazo de unión entre el pasado y el presente de la condesa.

En cuanto a la dirección escénica de Cristof Loy -nada costosa: un espejo y un tresillo con pocas pretensiones- en la que se movían unos personajes muy bien definidos, dio pie a mil sugerencias; lo que me hizo pensar que lo sencillo, aun sin estar en consonancia con le etapa rococó en la que se sitúa la obra, puede resultar atractivo, dando lugar a una ópera sugerente, elegante y muy real, de una finura que no se veía desde hace mucho tiempo en el Teatro Real.

Después de ver Capriccio, asomó a mi memoria la última representación de otra ópera de Strauss, “Salomé”, de la que salí defraudada -alucinada, mejor- con la puesta en escena de esta obra: la danza de los siete velos la bailaban siete vejestorios que iban despojándose de su indumentaria de etiqueta, sin garbo siquiera, pieza a pieza, comenzando por la corbata hasta quedar en cueros vivos. Aunque no sé si resultaría mejor que la bailase una Salomé con chupa de cuero y botas militares…

Antes de esta “Salomé”, había asistido en La Zarzuela a otras dos representaciones de la misma ópera: en la primera, en el momento del baile, el manto azul -creo recordar el color- de Monserrat Caballé cubría casi todo el escenario y ,en una esquina, una joven bailarina interpretaba la danza de los siete velos. En la otra versión esta danza la interpretaba con un gusto exquisito una joven soprano, Hildegard Behrens (también fallecida), quedando al final con un mini short nada atrevido. Sin embargo, a la salida, dos señoras criticaban la desfachatez y falta de moral de la soprano. De las dos óperas guardo grato recuerdo.

Es curioso que las dos últimas óperas a las que asistí en el Teatro Real fuesen la últimas obra de dos octogenarios: Verdi y Strauss. Parece como si los dos compositores quisiesen despedirse de la escena con lo mejor de su obra.

 

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6 comentarios en “Capriccio

  1. Buenos días, querida Mari Carmen:
    Por la sinopsis – que tan maravillosamente relatas – de “Capriccio”, me ha parecido una obra interesantísima. Como sabes, yo jamás he ido a una, y al leerte me entra una envidia que no veas. Ya sabes que para mí los libros son un “nirvana”, leyéndote, creo que la ópera sería el siguiente, o tal vez esta nuevo “nirvana” desplazase a la lectura. Enhorabuena por tan magistral comentario.
    Besiños palmeiráns.

    P.D. Allá en los Pirineos ( cuando contaba con más tiempo para escribir ) empecé un cuento. Como el relato se desarrollaba en Francia, los protagonistas se llamaban Oliver y Madeleine. Ahora al leer esos nombres en tu entrada, me acordé que ese cuento reposa en un cajón, sin acabar. Tal vez un día concluya la historia de “Muñeca rota” como le puse por título.

    Máis biquiños e moitos cariñiños.

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  2. Menos mal que no entiendes de ópera… Así no ves de las pifias.
    Con la ópera sucede como con la lectura (de eso sabes tú mucho): te metes dentro de la obra tratando de vivirla o no te enteras de la misa un cuarto. Puede haber partes musicales que te cautiven -un aria o una romanza cantada por Krauss, por ejemplo-. Pero si no distingues un recitativo de un ariosor, por decir algo, o una cabaletta de una cavatina, al menos saber de qué va la cosa, captar el mensaje. Si te contase anécdotas de mis primeras óperas…
    Gracias por tu animosa entrada. Pronto nos veremos. Espero…
    Unha morea de bicos e apertas.

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  3. Querida Luna: Estos días, entre audiciones y otros eventos de fin de curso, ni siquiera he encendido el ordenador. Hasta hoy… Como complemento, el sábado pasado me he pegado un buen batacazo en pleno centro de Madrid -cuando volvía de patear varios kilómetros de la Feria del Libro-, en una calle llena de desniveles sin señalizar, a causa de unas obras realizadas por el Ayuntamiento. Lo que más me indigna es que comienzan una obra y la dejan a medias. Entre eso y las losetas levantadas en las aceras, no sé cómo no hay más trastazos. Es una pena ver lo abandonada que está esta ciudad.
    Al parecer tengo dura la osamenta, ya que la cosa ha quedado en una serie de magulladuras en manos, rodillas y cara. Y el susto… Con todo, ayer estuve en un concierto de mi nieto fuera de Madrid.
    No creas que todas las óperas me encantan… Si no lo hice, cualquier día os cuento cuál fue la causa de mi afición a este género.
    Aunque tarde, un abrazo enorme.

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  4. La había visto hace años y apenas me acodaba de nada. En esta ocasión la vi con un sentido más crítico, atendiendo al mensaje, y tengo el convencimiento de que la conservaré sin olvido en el recuerdo.
    Me encantaría tener tu maestría a la hora de escribir una reseña. Pero el caso es que disfruto contando lo que me gusta -o no me gusta- de lo que veo, y trato de hacerlo lo mejor que puedo.
    Muchas gracias por el comentario.
    Salud y un abrazo.

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