De parajarillos y ordenadores

gorrion

¡Hola!, de nuevo aquí. El próximo curso trataré re restringir actividades: no se puede abarcar lo inabarcable cuando llegas a cierta edad. Bueno, hasta ahora he logrado alcanzar (casi, casi…) lo que me fui fijando, teniendo en cuenta que mis posibilidades físicas e intelectuales menguan día a día. Y no hablemos del ordenador que, a sus muchos años para una computadora con el disco duro a rebosar, pidió a gritos la jubilación; y el que me trajeron de la tienda parece no cumplir con los requisitos adecuados a mis necesidades. Pero esa es otra historia…

Creo que Madrid es una ciudad privilegiada en cuanto a la variedad de pájaros: los que nos alegran con sus trinos durante todo el año y los que nos visitan según los ciclos migratorios. Aunque, alguna que otra vez, te dejen  su seña de identidad sobre la cabeza o las gafas (si por suerte las llevas puestas…).

Saco a colación el tema de los pájaros, porque acabo de llegar de esparcirles  su ración alimenticia desde la terraza: tengo por costumbre guardar el pan duro, y dos veces al día se lo lanzo, no sin antes remojarlo -sobre todo en verano para que les refresque la gorja-, a los pájaros que frecuentan el parquecillo que tiene la parte de detrás del edificio en el que vivo.

Esta mañana me he fijado un detalle enternecedor: un pájaro diminuto -demasiado pequeño para que se tratase de un gorrión- ha sido el primero en aparecer al reclamo de la pitanza; pero no se ha parado a picotear como los demás. No. Tomando en el pico un trozo de pan de los más grandes, alzó el vuelo en dirección a la copa de un árbol. Al cabo de unos segundos apareció de nuevo, realizando la misma operación. Pronto volvió, en esta ocasión para engullir con el resto de los pájaros lo que le dejaba pillar la paloma solitaria que nunca falta a la cita.

La actitud del pajarito me hizo recordar una poesía que me enseñó mi abuela cuando era pequeña:

Mira ese árbol que a los cielos

sus ramas eleva erguido;

en ellas columpia un nido

donde duermen tres polluelos.

 

Ese nido es un hogar;

no lo rompas, no lo hieras.

Se bueno y deja a las fieras

el vil placer de matar.

 

 

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5 comentarios en “De parajarillos y ordenadores

  1. Por suerte, vivo en una zona que goza de abundante arbolado.
    No puedes imaginar cuántas cosas aprendí de ella… Mi madre tenía que trabajar, y era mi abuela la encargada de contarnos bonitas historias a mi hermana y a mí; aunque yo, por ser la mayor, gocé más tiempo de su presencia. Sus narraciones, además de amenas, eran didácticas. En ocasiones se trataba de la vida de un rey o de una reina, contada a su manera. Muchas veces nos llamaba “navolenas”. Un día se me ocurrió preguntarle el significado de tal vocablo y me contó la historia de Ana Bolena, Enrique Vlll (al que llamaba Barba Azul); y hasta la de Tomás Moro.
    Ahora que me voy aligerando de “deberes” (mañana todavía tengo una clase y comida con compañeros de tertulia literaria), espero ser más puntual en mis entradas.
    Un abrazo grandote.

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  2. Precioso tu relato, querida Mari Carmen. En nuestra casa también somos muy amantes de los pájaros,ya sabes que somos “las sirinas” ( según nuestro común amigo Fidel, “xirina” ) por ser el pájaro favorito de mi padre. Hemos tenido hasta cinco jaulas con canarios, de los cuales papá era el encargado de su limpieza y alimento.
    La poesía me ha encantado. ¿ Qué no hará una madre por su progenie ?
    Besiños palmeiráns, y no nos tengas tanto tiempo sin tus fantásticas entradas.
    Mais biquiños.

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  3. Me encantan los pájaros; pero me gustaría que fuesen menos asustadizos y se acercasen a comer en mi mano. Conozco pocos casos en los que llega a suceder algo parecido. Sin embargo no soy partidaria de tenerlos enjaulados, a lo mejor por lo mucho que ensucian alrededor de la jaula…
    Hurgando en los recuerdos, creo recordar los pájaros de tu padre; pero creyéndolos canarios.
    Hubo un tiempo en el que mi casa se parecía a un zoo; y puedo asegurarte que, de todos los animalitos con los que llegaban mis hijos, los que más ensuciaban eran los pájaros y un cobaya que resultó conejo, y bien gordo. Ahora que lo pienso, podría contar multitud de anécdotas sobre el particular. Posiblemente lo haga, aunque no tenga muy buen recuerdo de aquella etapa.
    Cuando creía que me iba liberando de eventos aparecen nuevos episodios; por tal razón pienso que lo de volver al ordenador con asiduidad va para largo: anteayer me llama mi hija para decirme que mi nieto político había sufrido un infarto; pero que, por la rapidez con la que había llagado la ambulancia, evolucionaba felizmente. A pesar de que el hecho había ocurrido la tarde anterior mientras jugaba al fútbol con unos amigos, y viendo que la evolución era favorable, mi hija tuvo el detalle de no comunicármelo hasta ayer por la tarde, después de celebrar la comida de fin de ciclo con mis compañeros del taller de literatura. Por si fuese poco, en la clase de danza china -que esperaba resultase relajadísima por haber finalizado las actuaciones de cara al público- la profesora nos dice que todavía quedan pendientes algunos centros de mayores en los que no hemos actuado. Como colofón, me llama Olivia para recordarme que el sábado es su graduación universitaria; y esto sí que no me lo pierdo. Si añado las tareas domésticas, que no por ello dejo de lado -incluida la inundación de la noche pasada, a causa de un fallo en la lavadora-, poco tiempo me queda disponible para venir al ordenador. (Será por eso que cuando lo pillo me explayo de lo lindo, como me está ocurriendo ahora).
    Acabo de recibir una foto -via wassap- con la que mi nieta me comunica que ya están de vuelta en casa y que el infarto ni siquiera va a deja secuelas. A Dios, gracias.
    Un beso grande, grande.

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  4. Sin duda los pájaros pueden enseñarnos mucho; me admira cómo con solo su pico construyen con tanta perfección sus nidos; nosotros, con nuestras manos, capaces de hacer tantas cosas, no alcanzamos a mejorar lo que hacen los pájaros… Bueno, eso sí, nuestras manos están hechas para acariciar… aunque no sólo las usemos para fines tan gratos. Un placer, Carmen. Mi abrazo.

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