Nunca es tarde si la dicha es buena

Cuarenta y cinco años viviendo en Madrid capital y, hasta hoy, no me había dado cuenta de lo poco que conocía de esta región.  Es cierto que había visitado con alguna frecuencia ciudades como El Escorial, Aranjuez, Alcalá de Henares, El Pardo,  Chinchón… y hecho unas cuantas salida a la Sierra… Y, sin embargo, no me había percatado de la existencia de verdaderas joyas perdidas entre montañas de la geografía madrileña, sin apenas contacto con el resto del mundo, si no es porque a mi yerno, tratando de tomar un pequeño respiro en el trabajo cotidiano y huir por unos días de la contaminación,  se le ocurrió buscar al azar en Internet  una casa rural que reuniese las condiciones apetecidas y, a poder ser, bien alejada del mundanal ruido.

De todas las ofertas, el pueblo elegido fue Horcajillo de la Sierra, a unos cien kilómetros de la capital. Un pueblo pintoresco de unos 80 habitantes, con casas construidas con piedras, muchas de ellas sin argamasa que las una, edificado en la ladera de un monte -como muchos otros pueblos de la región- y, por lo tanto, con las calles en pendiente  poco aptas para personas con dolencias cardíacas.

Tanto en Horcajuelo como en otros lugares que hemos visitado en nuestra escapada, nos pareció como si el tiempo no hubiese transcurrido, ya que los edificios conservan la misma estructura que pudieran tener hace siglos. Por la calle nos cruzamos con tres o cuatro personas, en los tres días que permanecimos en el pueblo. Tampoco vimos pastores por los montes: sólo unas cuantas vacas pastando a su aire por los alrededores y algún que otro caballo solitario. Lo que sí abundaban eran los gatos, agrupados en manadas de diez o doce individuos (tal vez, más) y, cosa curiosa, cada grupo se caracterizaba por el color del pelaje: el grupo más numeroso (unos quince individuos) estaba integrado por mininos de color negro; y algo menos numeroso (como unos diez o doce ejemplares), el grupo de los gatos amarillos. Este distanciamiento de la población gatuna, según el color del pelo, me hace pensar que entre los animales también existe diferencia de clases.

Además de los gatos, nos encontramos con algunos perros callejeando -lo que me hizo recordar una obra de Gilbert Cesbron que leí hace años en francés: “Chiens perdu sin collier” -; y, curiosamente, los perros hacían muy buenas migas con los gatos compartiendo pitanza.

Lo que no puedo entender es cómo se las arreglan los habitantes de pueblos como Horcajillo, sin un mínimo de servicios que cubran sus necesidades básicas: ni farmacia ni ambulatorio y sin una sola tienda de comestibles, a no ser una pequeña taberna en la que sólo se podían adquirir ciertas bebidas y, acaso, algo de pan. Menos mal que mi hija -previsora, a pesar de su sempiterno despiste- antes de iniciar el viaje se agenció un sustancioso surtido alimenticio que cubrió todas nuestras perspectivas; pues, aunque la idea era comer el plato del día en algún restaurante de la zona, lo poco con lo hubiésemos podido contar, por ser lunes, estaba cerrado en los pueblos de los alrededores: Montejo, Robregordo, La Hiruela… En el único bar abierto de Montejo de la Sierra se ofrecieron a freírnos unas patatas con algo de panceta; pero declinamos el ofrecimiento y acabamos comiendo en casa opíparamente, complementando lo que teníamos con una empanada típica de la zona y varias clases de dulces caseros que nos sirvieron en la confitería de uno de los pueblos que visitamos y que, por suerte, se encontraba abierta.

El hecho de que el lunes estuviese todo cerrado resultó una ventaja, porque anduvimos a nuestro aire, sin un programa preconcebido. Además, lo nuestro era hacer camino, con algún alto para contemplar las bellezas que a nuestro paso pudiésemos descubrir, que fueron muchas, a pesar de que la sequía está haciendo mella en la vegetación.

Un detalle llamativo que pudimos contemplar en Montejo, es que los buzones de las casas sufrieron transformaciones curiosas, como si los vecinos del pueblo tratasen de competir en un concurso de originalidad, sin romper por ello le estética del edificio. Pero los buzones no eran lo único…

El regreso a Madrid también tuvo sus más y sus menos: nuestra intención era aprovechar la mañana visitando algunos parajes que nos quedaban por ver y reparar fuerzas  en Buitrago. Nos habían recomendado un restaurante y hacia él nos encaminamos… ¡Cerrado! Lo advertían claramente unos carteles muy divertidos…

 

En el único restaurante que encontramos abierto la gente hacía cola esperando turno.

Cuando nos disponíamos a coger el coche para continuar viaje a Madrid, nos fijamos en un bar que anunciaba el menú del día. Por suerte quedaba una mesa. Y lo cierto es que resultó buen menú, en relación con el precio, además de un servicio de lo más agradable, a pesar de la afluencia de público.

Y ya estamos en casa, con unas procesiones de Semana Santa pasadas por agua. Aunque a destiempo, realmente necesaria.

 

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9 comentarios en “Nunca es tarde si la dicha es buena

  1. Qué bonito parece el pueblo y el paisaje, y qué bien viene desconectar, aunque sea poco tiempo.
    Nosotros también nos hemos perdido en un pequeño pueblo con un solo bar en el que venden leche y pan. Ha sido en La Rioja y nuestro objetivo… ¡huellas de dinosaurio!
    Un besazo para ti y otro para la despistada de tu hija 😉

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  2. Luna siempre me toma la delantera. ¡ Mira que es trabajadora, la estudiosa pensadora !
    Esos pueblos perdidos del resto del mundo son los mejores para que podáis desconectar las que vivís en el continuo ajetreo de la ruidosa metrópolis.
    No sé si entre los gatos hay diferencia de clases, pero que hay líderes entre ellos, sí. Aquí en mi entorno también abundan, y lo que sí puedo decirte es que son inteligentísimos.
    Nos parece curioso ver las casitas de piedra sin argamasa ¿ verdad ? Yo nunca he estado en Segovia pero leí que en el acueducto, sus hileras de arcadas y sillares están sobrepuestos sin ningún cemento que los una. Ya ves una maravilla de la ingeniería. Seguro que ahora tendríamos mucho que aprender de nuestros antepasados. Igual que tengo que aprender yo de mi querida prima Mari Carmen bordando estas magistrales entradas en su blog.
    Me ha encantado, eres buenísima escribiendo.
    Besiños desde nuestra preciosa Palmeira.

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  3. No me extraña que sean inteligentes, porque los gatos que merodean por tu casa son de pura raza siamesa. Pero no te fíes: muchas veces, en cuestión de “sabérselas todas”, los de humilde camada le dan sopas con honda a los de pedigrí. Será que la necesidad obliga…
    ¡Vaya!, me han salido uno tras otro lugares comunes sin proponérmelo. Será que se me acaba el vocabulario… También pueda ser que esta tarde estuve leyendo “El Quijote” en un centro cultural y se me ha quedado grabado lo las “sopas”.
    He intentado responder al comentario de Luna y se ha ido la respuesta sin acabar; sabe Dios a dónde… Me ocurre siempre que hay más de un comentario. A lo mejor tendría que comenzar por el tuyo…
    Te pasas en elogios… Se nota demasiado el parentesco.
    Me voy a cenar e intentaré enmendar después lo de Luna.
    Un montón de besos.

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  4. “Bendita sea la rama…”, se suele decir. Pero, en lo que se refiere a despistes, mejor sería que mi hija tirase menos al tronco: si los míos son de antología (eso dicen mis amigos desde tiempo inmemorial), los suyos tienen entidad para ser grabados en los anales de la historia… Lo bueno es que siempre sale airosa del atolladero, si obviamos una “hartá” de kilómetros que tuvo que desandar más de una vez por tomar una carretera equivocada.
    Si te digo que no conozco La Rioja… Este año me impongo una salida en esa dirección. A ver si convenzo a Carmen.
    Un abrazo grande, grande.

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  5. Yo no creo que tengan pedigrí estos gatitos que merodean por mis lares. Si es así, que mala suerte han tenido, son de esa alcurnia venida a menos, bueno, aunque son de desnudo techo, a cambio comparten la comida con mis tres perros que también son “cans de palleiro”.
    Biquiños palmeiráns.

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