El caso es que sigo en las mismas

Hace unos días leí en Café Barbantia un artículo de Fidel Vidal en el que comentaba la obra de teatro del escritor gallego Álvaro Cunqueiro, “El incierto señor Don Hamlet”.

Como no conocía la obra comentada y muy poco de lo escrito por Cunqueiro, decidí ponerme al día, comenzando por “Don Hamlet”; pero como en mi librería habitual no disponían de este libro ni daban con la forma de lograrlo, me fui a una biblioteca municipal. Allí tampoco encontré lo que buscaba. A cambio me traje dos libros del escritor: “La bella del dragón” -una recopilación de artículos publicados entre 1977 y 1978- obra en la que  narra, con una imaginación desbordada no exenta del más puro realismo cuajado de fino humor, episodios de “amores, sabores y fornicios” ocurridos a lo largo de la historia. El otro libro, “El año del cometa” es una novela metafísica, vanguardista que trata de la naturaleza humana… (El caso es que me estoy yendo por los Cerros de Úbeda, puesto que no vengo aquí a hablar de la literatura de Señor  Cunqueiro -líbreme Dios de tal cosa sin tener un mínimo conocimiento de la cuestión- sino de algo que me sucedió en relación con esta).

Al ir a devolver  a la biblioteca municipal los dos libros que me había traído (“El año del cometa” no me dio tiempo de acabarlo), se me ocurrió preguntarle a la señorita que me atendió, si tendría forma de enterarse, vía Internet, de que si por alguna de las bibliotecas municipales andaría el tan buscado “Don Hamlet”. De esta manera me  evitaría, seguramente, unas cuantas idas y venidas.

Después de mucho indagar, la señorita -encantadora, si las hay- anunció triunfante: “¡Pero si lo tenemos aquí!” “El otro día no estaba, te lo garantizo. De Cunqueiro sólo encontré los dos que te acabo de entregar” “No habrá mirado en el apartado de teatro…”  “Pues, no. Creí que estarían todo junto y que buscando por el apellido sería suficiente”.  “No se preocupe. Yo la acompaño”.

Me acompañó, yendo a tiro directo…  Feliz por el hallazgo, me entregó sonriendo el libro encuadernado tal como lo veis en la foto que ilustra lo que estoy escribiendo.

En cuanto me fui a la cama -un poco antes de la hora acostumbrada: tal era el ansia que tenía por leerlo- me enfrasqué en la lectura del libro. Cuanto más avanzaba en su lectura más caía en la cuenta de que se trataba de una copia exacta del “Hamlet” shakesperiano, que había leído hacía la tira de años y también visto en cine y en teatro. Al tiempo que leía trataba de encontrar algún detalle que diferenciase los dos libros. Nada. El caso es que cuanto más leía, más parecido encontraba entre las dos obras y menos entendía el estudio y la apología que Fidel Vidal le había dedicado a un plagio en toda regla. Encima, después de haber leído “La bella del dragón”, nada encajaba.

A la noche siguiente continué la lectura del libro. Al llegar a la página cincuenta y tres opté por levantarme de la cama, aunque eran las tantas de la madrugada, y buscar entre mis libros el “Hamlet” de Shakespeare. No lo encontré. Pero recordé que podía estar entre los libros viejos que guardaba en un arcón. Continué mi busca, y allí estaba entre las “Vidas paralelas” de Plutarco; la “Filosofía del arte, de Taine; las “Vidas de los españoles célebres”, de M. J. Quintana; y una serie de libros cuyos precios oscilaban entre 1 peseta y 2´25 pesetas.

Sólo con leer las primeras líneas de “Hamlet” pude comprobar que el plagio era total. Sin embargo, aquello de ninguna manera casaba con la narrativa del Cunqueiro fabulador y realista, soñador, humorista,  autor de “La bella del dragón”.

Abrí de nuevo el libro que me dieron en la biblioteca municipal. Pasé la primera hoja, completamente blanca y, tras esta, aparecía tímidamente el nombre de “Hamlet”. En  la siguiente hoja figuraba el nombre del autor, William Shakespeare y el de la obra… Pero  en mi afán por leer la tan ensalzada obra, se conoce que me fui directa al primer capítulo saltándome a la torera todo lo de más. (Me consuelo pensando en la metedura de la señorita bibliotecaria, que tampoco tiene desperdicio).

Lo peor del caso es que continúo como al principio.

 

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6 comentarios en “El caso es que sigo en las mismas

  1. Bueno, esta vez creo que soy la primera en contestarte, me he adelantado a nuestra querida Luna. Aún me estoy riendo, Mari Carmen. Lo que a ti no te pase… A medida que iba leyendo ya me temía el desenlace, conociéndote… Pero la bibliotecaria no te va a la zaga, creo que lo suyo es más imperdonable. Como no hay mal que por bien no venga, así has recordado nuevamente a Shakespeare, y ahora te toca “recuncar” con Cunqueiro.
    Besiños palmeiráns.

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  2. Pues ya ves, Magdalena, me pasa eso y muchísimo más. Pero aquí sigo… riéndome de mi misma. Aviada andaría si no lo hiciese.
    Si mal no recuerdo, al día siguiente de comenzar a leer el libro -con el convencimiento de que se trataba del de Cunqueiro- te comenté por wassap que no me seducía y me respondiste que a ti sí te había gustado. Estoy segura de que me va a encantar, si logro leerlo. Pero tengo demasiados frentes abiertos y mi cerebro no está tan bien diseñado como el tuyo para abarcar tanto.
    No sabes la alegría que me producen tus comentarios.
    Biquiños.

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  3. La tarde va de escritores gallegos (lo digo por el que he nombrado en mi réplica a tu comentario) con un indiscutible poder de evocación y con un absoluto dominio de la lengua española. Disfruté mucho leyendo “El bosque encantado” de Wenceslao Fernández Flórez y “Merlín y familia” de Álvaro Cunqueiro, de quien he leído otros libros pero este te lo recomiendo. Apunto los que tú citas porque Cunqueiro merece ser visitado.
    Tanto la señorita bibliotecaria como tú sois bastante despistadas. Pero recorrer de nuevo los pasillos y aposentos del castillo de Elsinore de la mano del meditabundo príncipe de Dinamarca nunca está de más. Ya sabes, “ser o no ser, esa es la cuestión”, la única cuestión. Saludos cordiales.

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  4. Si al despiste que vengo padeciendo desde siempre le agrego la cantidad de temas que intento abarca, ya es el dislate. En este momento -además de todo lo que tiene relación con la música, que me apasiona- ando a vueltas con los dos escritores que mencionas. De Fernández Flórez creo que no me quedó nada por leer. Ahora trato de releerlo con reflexión y sentido crítico, cosa que no hice antaño perdiéndome lo simbólico y lo metafórico de sus relatos. De “El bosque animado” guardo el recuerdo de los habitantes de la fraga de Cecebre; sobre todo el diálogo que se traían los árboles autóctonos con el “elegante árbol de ciudad”.
    De Álvaro Cunqueiro trataré de recuperar su lectura, teniendo en cuenta el libro que me recomiendas. Pensar que formó parte del Consejo Consultivo de la “Gran Enciclopedia Gallega”, que poseo desde su aparición, y sin enterarme. Lo mío no tiene remedio.
    Un saludo agradecido por tu visita.

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  5. Si me dedicase a publicar todas las meteduras, me quedaría sin tiempo para otros menesteres. Sin ir más allá: hace un rato se me ha ocurrido pelar una raíz de jengibre (sólo lo había probado molido) y, lo mismo que si se tratase de una manzana, le he pegado un buen mordisco. Ni el pimiento de Padrón más rabioso hubiese picado tanto. Medio asfixiada, eché mano de un vaso con agua que tenía al lado, sin percatarme de que al agua acababa de ponerle una cucharada de sal para utilizarla como enjuague bucal.
    La cosa no quedó ahí: antes de irme a la cama suelo tomar un vaso de leche caliente y, como me había pasado con el tiempo del microondas, no he tenido mejor ocurrencia que enfriarla con un poco de agua del mismo vaso. Se dice que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Te aseguro que yo puedo tropezar setenta veces siete.
    Saludables sueños.

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