Only the Sound Remains

Hace unos días, cuando salía de casa con dirección al Teatro Real, me crucé con una vecina que, al saber que iba a la ópera, me advirtió de que su hijo -asistente puntual a eventos operísticos- se había salido de la sala a media función por no poder soportarla, asegurándome que era la primera vez que hacía tal cosa.

Como prefiero asistir a una obra, del tipo que sea, sin escuchar criterios anticipados y sacar mis propias conclusiones, no le di demasiada importancia al comentario de mi vecina, agarrándome a aquello de que “para gustos se pintan colores”. Sin embargo, ahora que parecía estar cogiéndole gusto a las óperas de vanguardia, después de asistir a “Only the Sound Remains”, tengo que reconocer que he pegado un retroceso en mi apreciación del género. Si aguanté las dos horas escasas -por suerte duró poco- lo hice, simple y llanamente, por comprobar por mi misma hasta dónde podía llegar el colmo de lo aburrido. Y conste que para nada influyó la advertencia de mi vecina.

“Only the Sound Remans”, de la compositora finlandesa Kaija Sahaariaho, está conformada por dos historias, procedentes del teatro noh japonés, que quieren expresar, a través de la música y el arte, la relación de lo humano con lo sobrenatural.

La primera historia, “Alwys Strong”, se refiere a un guerrero, virtuoso del laúd, favorito del emperador y muerto en batalla, que regresa al mundo sensible a la llamada de un sacerdote de la corte que ruega por él; comprobando que ya no es capaz de hacer sonar el instrumento como antes.

La segunda historia, “Feather Mantle”, nos muestra a un pescador que encuentra un camisón blanco de muselina (en el cuento se trata de un bellísimo manto de plumas) que perdió un ángel, el cual ruega al pescador que se lo devuelva; porque, sin alas, no podrá subir al cielo. El pescador, para devolvérselo, le pone como condición que baile una danza celestial. El ángel accede; y el pescador, conmovido, le devuelve el camisón (las alas).

Dos historias diferentes en el contenido, pero interrelacionadas (sobre todo en la negrura del escenario en el que se desarrollan).

Las escenas de amor suceden entre dos hombres (el contratenor Philippe Jaroussky y el bajo barítono Davone Tines), detalle que no aparece en el cuento en el que se basa la ópera. (Introducir esta innovación no sé si se le habrá ocurrido a Kaija Sahaariaho o fue cosa de Peter Sellars, el director de escena. Tal vez se trate de una cuestión reivindicativa…)

“Only the Sound Remans” es una ópera sencilla que intenta explicar, de manera metafórica, que la relación de lo humano con lo sobrenatural sólo es posible a través de la música, la poesía, la danza y otras manifestaciones artísticas; pero de la que el espectador no alcanza a percibir la esencia -creo yo-. Sólo le llega la música de la reducida orquesta (siete números en total); las intervenciones del estupendo cuarteto que, desde el foso de la orquesta, hace las veces de coro; y las poderosas voces de los cantantes -en especial la del contratenor, al que ya había escuchado en otras ocasiones en el Real- acoplándose bien todo el elenco con la parte electrónica, que apenas se notaba. (Parece ser que la electrónica y el color -aunque, en esta ópera, el color brille por su ausencia- son la base de la poética musical de la autora. Es muy frecuente en sus obras una sugerencia espacial en la que la electrónica es su aliada).

Al principio de su carrera, Kayja Sahaariaho, no sentía interés por la ópera, a la que consideraba un género caduco; sin embargo, más tarde, comienza a darse cuenta de que este tipo de arte podría ser convertido en un espectáculo espiritual fascinante, profundo, no religioso. Según cuenta, fue la ópera “San Francisco de Asís” (a la que asistí cuando se presentó en Madrid y que en nada se parecía a la ópera que comento, al menos en la puesta en escena: si la una adolecía de escasez de medios, la otra tal vez lo hiciese por exceso), en Salzburgo, también con Peter Sellars como director de escena, la que le hizo concebir este género musical desde otra perspectiva.

Los primeros minutos de “Only the Sound Remains” se presentaban interesantes. Las sombras en movimiento de los dos actores reflejadas en la pantalla que tenían detrás, y el contraste de voces en el diálogo musical entre un bajo barítono (la voz del sacerdote) y un contratenor (la de un joven espíritu), diferenciales entre los dos mundos, resultaba… distinto y, al principio, hasta impactante. (Los cantantes no tenían necesidad de forzar la voz, puesto que la suavidad del sonido de la orquesta no les restaba protagonismo). Pero la constante negrura del escenario -a la que tan acostumbrados nos tiene el Teatro Real-, los pausados y repetitivos movimientos de los cantantes actores y el potente haz de luz que rebotaba hacia el espectador, invitaba, más que otra cosa, a cerrar los ojos y concentrarte sólo en la música; resultando así un espectáculo incompleto, desangelado.

La segunda parte no varió en absoluto: la misma música, la misma oscuridad -si excluimos el vestido del ángel y el camisón perdido (símbolo de unas alas) que, para hacerlos destacar en la oscuridad del escenario, los seguía un haz de luz enviado desde un armatoste electrónico situado en la tercera planta, detalle que me hizo recordar un percance de opereta que me ocurrió cuando asistí a “Street Scenes”. (Este episodio lo dejo pendiente para insertarlo cualquier día en el apartado de despistes).

Es de suponer que esta ópera resultó económica al Teatro Real: dos cantantes y una contorsionista (en el papel del ángel), en el escenario; y siete músicos y un cuarteto coral, en el foso de la orquesta.

Para terminar: a juzgar por lo vacío de la sala, hemos soportado el tedio los sufridos abonados -y no todos, por la ausencia de caras conocidas- además de algunos jóvenes de los que obtienen la entrada, a precio reducido, un poco antes de comenzar la función, los cuales aplaudieron con fuerza y hasta corearon con “bravo, bravísimo” al final de la obra; no sé si porque les gustó realmente, por simple rutina o, como antes apuntaba: “Para gustos se pintan colores”.

Creo que el título (“Sólo el sonido permanece”) no le puede ir mejor a esta ópera en la que la puesta en escena -seguramente “un espectáculo fascinante, cargado de sugerencias”- invitaba a cerrar los ojos, tratando de evitar el reflejo del potente foco luminoso dirigido hacia la cara del espectador.

El argumento y reseñas se pueden leer en Internet, escritos con el lenguaje lírico adecuado. Me limito a dar el parecer de una aficionada que sólo recurre a su propio criterio y que, vistas las reseñas de los comentaristas oficiales, no sé si atreverme a publicar la mía, tan simple y tan contra corriente. Y es que a mí esta ópera no me produjo ese efecto mágico del que hablan los críticos bien considerados: no me sedujo ni me hipnotizó, como, al parecer de los eruditos en la materia, tenía que haber ocurrido. Y hasta me pasó casi desapercibida la escenografía de la pintora Julie Mehretu. Lo que siento es no encontrar comentarios de simples espectadores que reivindiquen algo de lo que sentí -o no sentí- en esta ópera.

Se me olvidaba: en la función a la que asistí, la dirección musical estuvo a cargo de Ernest Martínez Izquierdo, por indisposición da Ivor Bolton.

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7 comentarios en “Only the Sound Remains

  1. Si lees las reseñas de los entendidos, observarás que elevan esta ópera a la esfera de lo sublime, algo así como una experiencia contemplativa. A mí me ocurre que, cuando llego a la sala y veo el escenario sumido en la más absoluta oscuridad -seña de identidad del Teatro Real-, me deprimo por anticipado.
    Hubo un tiempo en el que, por la noche -después de dejar dormida a mi madre- entraba en un blog de aficionados a la ópera y, en alguna ocasión, dejaba un comentario. Recuerdo una puesta en escena de “Salomé”, de Richard Strauss, en la que siete tíos lastimosos, trajeados de negro, van haciendo estriptis, comenzando por la corbata hasta quedarse en cueros vivos. ¡Cómo iba a bailar la danza de los siete velos Salomé, si vestía chupa de cuero y calzaba botas militares…! Con estos antecedentes, me cuesta trabajo sumergirme en lo simbólico.
    Y termino, no sea que me embale.
    Un abrazo y muchas gracias por estar siempre ahí.

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    • Polémica, suscitó. Sin embargo es posible que lo que yo necesitaba era haber asistido a unas cuantas sesiones de meditación, para lograr percibir lo que se ocultaba detrás de una representación simbólica. Lo hice en un par de ocasiones y no logré “sujetar” mi mente. (El mantra que repetía una y otra vez el guía era: “Sujeta tu mente”. Pero por más que insistía con el mantra, mi mente divagaba, se iba por otros derroteros. Como en la ópera).
      Gracias, Julio, y salud.

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  2. La opinión personal y la reflexión propia, son elementos del raciocinio autónomo, por tanto deben considerarse esenciales para promover el juicio individual. Yo tampoco me saldría de una ópera sin verla al completo; en eso estoy de acuerdo con Luna, y no solamente porque fuera duro para los participantes, a veces el final de un libro, o de otra obra de distinta índole, es fundamental para hacerte cambiar de criterio. Ya veo que ese no ha sido el caso y me parece estupendo que lo critiques; yo también lo haría.
    De todas maneras sigo envidiándote por poder ver esa literatura en movimiento. Leyéndote, ya una, gana en conocimientos, aunque solo sea imaginando lo que tú expresas tan fantásticamente bien. Eres un crac.
    Besiños palmeiráns para una palmeirana muy querida y admirada.

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  3. Gracias, Magdalena, por tener siempre a punto una palabra amable, con o sin merecimiento. Te digo lo mismo que en otra ocasión le dije a Luna: Si tanta ilusión te hace, no tengo inconveniente en cederte mi entrada. Mejor para una ópera conocida; aunque puede que la presenten desvirtuada. Nunca se sabe… A veces sale ganando -suelen ser pocas- y otras, no: la mencionada danza de los siete velos bailada por hombres y con estriptis, por ejemplo.
    Un beso y felices sueños.

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  4. Me parece una buena reseña pero, aparte de que no soy muy aficionado a la ópera (el año pasado vi la primera, “Falstaff” de Verdi, en el Teatro de la Maestranza, que ciertamente me gustó), lo que cuentas no me incita a coger el AVE e ir a Madrid para no perderme este acontecimiento.

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