Noviembre, mes para el recuerdo.

Cuando niña, me aterraban las historias de aparecidos y, sin embargo, eran estas historias con las que más disfrutábamos mis amigas y yo. Por las noches, a la salida del rosario, nos sentábamos en la escalinata de una casa -pared medianera con la casa de mi abuela- que hoy se quedó reducida a dos o tres peldaños a causa de las muchas capas de alquitrán que fue recibiendo la carretera -antes de tierra- a lo largo de los años. Nos contábamos las más lúgubres historias de espectros en las que casi siempre hacía acto de presencia la Santa Compaña.

De mayor adopté un cambio radical en la postura con relación a mis miedos: me di cuenta de que ante la opción de perderme en un parque público -por ejemplo- o en un cementerio, me sentiría más segura en este último. Dicho de otra forma: que me dan más miedo los vivos que los muertos.

En la festividad de Todos los Santos -a veces en Difuntos- es mi costumbre visitar el cementerio y, al no poder desplazarme a los lugares en donde reposan los restos de mis seres queridos, suelo dejar unas flores sobre alguna sepultura de las más humildes. (Hasta en el camposanto se nota la diferencia de clases). Este es el primer año que he de posponer la visita a causa de un esguince.

De mis viajes al cementerio, podría narrar anécdotas en abundancia. Esta tarde, al asomarme a la ventana a contemplar la tarde lluviosa, de lluvia mansa que no acaba de romper en aguacero, vino a mi recuerdo un percance que me ocurrió en una de mis visitas a la morada de los que ya no están con nosotros.

Era día de Todos los Santos. Alguna razón poderosa -supongo- me había impedido realizar por la mañana mi visita anual al camposanto. Aunque la tarde se presentaba lluviosa, con una llovizna que más parecía niebla, sin pensármelo dos veces, me vestí con ropa adecuada, cogí un paraguas (artefacto que odio por multitud de razones) y salí de casa con rumbo al cementerio.

Porque el autobús tardó en llegar más de lo habitual -ocurre en días festivos- y que el recorrido desde mi casa es largo, llegué al cementerio cuando anochecía. Para colmo el conductor, al ver que seguía sentada sin ademán de apearme, me advirtió de que aquella parada era final de trayecto.

Me apeé en frente de una zona amurallada; pero de la entrada principal, que era por la que accedía al recinto año tras año (y en algún que otro funeral), ni el más ligero vestigio.

Torcí la cabeza hacia mi derecha y pude comprobar que había una puerta de tamaño reducido, comparada con la entrada principal. Ni un alma viviente por los alrededores.

Aun así, tomé le decisión de hacer una breve visita y rezar una oración ante alguna tumba.

Avancé por una de las veredas cuidando de no resbalar a causa de las hojas mojadas. En el camino me crucé con una pareja que salía, únicos visitantes que quedaban a aquellas horas en el recinto, por lo que pude comprobar.

Continué adentrándome un poco más, hasta darme cuenta de que en aquel cementerio ocurría algo extraño: las sepulturas no tenían cruces ni imágenes. No había señales religiosas… Comencé a sentir miedo: era la época en la que se hablaba de razias realizadas por grupos juveniles en los recintos sagrados.

Retrocediendo hacia la salida, llamó mi atención una losa blanca de gran tamaño. Lo poco que se veía de ella relucía a pesar de la negrura de la noche. Parecía como si todas las flores del cementerio se diesen cita sobre aquella sepultura.

A pesar del miedo que había comenzado a sentir, pudo más mi curiosidad. Acercándome a la tumba fui empujando los ramos hasta poder enterarme del nombre de la persona que tantas flores había acaparado: en letras completamente negras que resaltaban en la blancura de la losa, pude leer: DOLORES IBARRURI.

Entonces me di cuenta de que aquel cementerio era el cementerio civil.

Podía continuar mi narración con otras peripecias de esa noche (mis despistes siempre vienen encadenados); pero creo que por hoy es suficiente.

No quiero terminar sin dejar un recuerdo para los míos que ya no están y para todos aquellos que nos precedieron en el viaje sin retorno, esperando que un día, de alguna manera, nos encontremos.

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8 comentarios en “Noviembre, mes para el recuerdo.

  1. Día de difuntos, Todos los Santos, el innombrable “Jalowin” de moda… Visitas a los cementerios, flores, muchos recuerdos, cada vez y con la edad, más… Y aquellas representaciones teatrales del “Don Juan Tenorio” de Zorrilla o “El convidado de piedra” de Tirso de Molina… Yo me quedo con lo último, el teatro, la vida, el amor, la muerte… Al hilo de todo ello, en su día, escribí unas coplas (bueno, fueron dos) que te dejo, a modo de recordatorio, aquí.

    https://lucernarios.net/2010/11/01/la-condicion-de-ser-don-juan/

    Espero que sean de tu agrado para esta fecha que rememoras con nombres propios como el de la militante comunista Dolores Ibarruri, de aquí, de Vizcaya, de Gallarta y sus minas… ¡Salud!

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  2. Tienes razón, Julio… Y el que no podía asistir al teatro, lo veía en la tele; pues nunca en tales fechas faltaba un Estudio1 dedicado al personaje.
    Auténtico el retrato que pintas de Don Juan en tus impecables décimas: ningún hombre que se precie va haciendo alarde de sus conquistas. Es el tipo de persona que responde al dicho popular: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”.
    Es curioso: ayer dejaba un pequeño comentario en Café Barbantia sobre el trabajo conjunto de dos importantes artistas gallegos: ella pintora y él poeta. Aunque no conocía su obra, a juzgar por la reseña del articulista y lo que pude buscar en Internet, tiene que ser muy buena. En mi comentario insinuaba que si la pintura y la poesía estuviesen arropadas por un ambiente musical adecuado, la exposición -de eso se trataba- sería el no va más. Y en una de las respuestas a tus lectores, observo que opinas lo mismo que yo con relación a la música.
    Como suele ocurrir los días festivos, hoy he disfrutado de una encantadora velada familiar.
    Muchas gracias, Julio, por dar valor a este blog con tu presencia.
    Que disfrutes de una saludable noche.

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  3. No eres la única a la que los vivos infunden más inquietud que los muertos. Estos se hallan en otra dimensión. Y aunque estuvieran exclusivamente en la nuestra, ya forman parte de la naturaleza, están plenamente integrados en ella, como canta el poeta senegalés Birago Diop en “Les morts ne sont pas morts”.
    A mí me gusta también pasear por los cementerios, en cualquier época del año, sobre todo cuando están solitarios, cuando sólo lo habitan las almas de los que se fueron. Encuentro que son lugares acogedores.
    Eres una buena narradora. He sentido zozobra leyendo esta peripecia. Que tengas un buen día.

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  4. Siempre tuve la creencia de que el cristianismo tiene mucho de panteísta. Y, ahora, al leer la poesía de Birago Diop, lo creo aún más. Creo en la presencia cósmica de los seres queridos que ya no están entre nosotros en la dimensión de poder ser palpados físicamente -eso es lo más duro- y, sin embargo, notamos su presencia en otra dimensión.
    Cuando vives en una gran ciudad, parece que ese encuentro con la naturaleza es más difícil -lo puedo comprobar cada verano al contemplar la inmensidad del mar bajo el cielo tachonado de estrellas-; pero no es imposible, si te afanas en buscarlo en el vivir de cada día.
    Me encanta la prosa poética de lo poco que acabo de leer de Birago Diop.
    Agradezco tu interesante entrada.

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  5. Te preguntaba en mi réplica a tu comentario en mi blog por Carmen, la autora de “Aventuras y desventuras de Máximo Disaster”, que hace tiempo ha dejado de publicar. Apreciaba mucho sus historias, ella es también una buena narradora. Dale recuerdos si la ves. Que tengas una agradable velada dominical.

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  6. Querida Mari Carmen:
    Ahora que empiezo a asomarme de nuevo al ordenador, me apetece dejarte unas líneas, aunque sea simplemente para decirte que me encanta leerte y que disfruto con todas tus anécdotas tan magníficamente contadas. Aunque me has contado personalmente muchas de ellas, desconocía la de la Pasionaria y me has hecho reír de verdad. Eres genial, querida.
    Moitos besiños palmeiráns.

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  7. Es que me lees con buenos ojos. En las anécdotas que cuento, trato de ceñirme a lo que realmente ocurrió. Sin adornos. Ya me gustaría aderezarlas un poco más. Pero es lo que hay.
    Me alegro de que hayas vuelto. Te echaba mucho en falta.
    Un abrazo grande, grande.

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