Increíble…, pero cierto.

Lo que ganaba como albañil asalariado no le alcanzaba para mantener a su familia: la mujer y un hijo de siete años. Por eso emigró a Alemania, después de pedir consejo a un amigo que se había ido años atrás; el cual le aseguró que los camareros españoles estaban muy bien conceptuados en aquel país y, como no le iban a pedir currículo, con ganas de trabajar y unas lecciones que el mismo le daría, tenía empleo asegurado.

Sin pensárselo dos veces, dejó a la mujer y al hijo en casa de la suegra y partió rumbo hacia Alemania.

Recomendado por el amigo pronto comenzó a trabajar como camarero, completando su horario laboral realizando algunas chapuzas a domicilio.

Del dinero ganado enviaba la mayor parte a la familia. Él necesitaba poco para hacer frente a sus gastos: pagar la habitación compartida. La comida la obtenía casi de gratis en el restaurante en el que trabajaba; y, por suerte, carecía de vicios: si acaso, fumar un pitillo en contadas ocasiones. Poco más.

Pero su mente fraguaba un proyecto para el que necesitaba dinero; por esa razón iba metiendo en una hucha lo que podía “raspar” de lo poco que separaba para sus gastos: desde que puso los pies en Alemania su ilusión era obtener el carné de coducir, comprarse un coche aparente -aunque fuese de cuarta mano- ir a pasar unos días de vacaciones con la familia y llevarla a la playa en coche, como hacía la gente pudiente.

Aquella tarde volvía a casa con la mujer y el hijo, en su recién adquirido coche, después de haber disfrutado de un buen baño y de un agradable sol. Por la acera izquierda caminaba una abuela con su nieto. Al niño se le escurrió la pelota que llevaba bajo el brazo, rodando hasta la calzada. El niño corrió tras la pelota…; y la abuela, en su intento de atrapar al niño, se torció un tobillo.

El hombre, para evitar el atropello del nieto y de la abuela, pegó un volantazo hacia la derecha yéndose a empotrar el coche en un árbol. Por suerte sus ocupantes sólo sufrieron rasguños y alguna que otra magulladura, pero su moral quedó por los suelos.

Sonó el timbre. La señora de la casa abrió la puerta. Un mandadero traía un precioso ramo de rosas rojas y una gran caja con elegante envoltura, acompañados de una tarjeta dirigida a su nombre. De una paciente de su marido.

No estaba acostumbrada a recibir regalos de tal envergadura y la curiosidad no le permitió esperar a la llegada de su cónyuge para abrirlo. Aunque suponía que dentro del lujoso envoltorio encontraría una caja de bombones, el tamaño se salía de lo normal… Pero antes retiró el papel de celofán que envolvía las flore colocándolas primorosamente en un búcaro; aunque, de los que disponía, le parecían todos poco adecuados para tan precioso ramo. Después abrió el envoltorio cuidando de no deteriorar el bonito lazo que lo adornaba, ya que muy bien podía echar mano de él en alguna ocasión.

Efectivamente, se trataba de una caja bombones. Pero no era una caja de bombones cualquiera: la parte externa estaba recubierta de un lujoso terciopelo granate drapeado; y su interior, repleto de bombones, dividido en compartimentos para albergar joyas de distintos tamaños.

Y llegó el marido. Emocionada le mostró el regalo y la tarjeta. “¡Tenías que haberlo tirado todo por las escaleras!”, gritó malhumorado. “No te entiendo”. “Acompáñame y lo entenderás”.

La llevó al lugar de los hechos: un coche negro, que buen pudiera ser el de una funeraria, estaba empotrado en un árbol, habiendo quedado, a consecuencia del impacto, en forma de una perfecta V.

“Ayer trajeron a doña Engracia con un pequeño esguince -explicó el marido-. La dejé veinticuatro horas en observación, a pesar de que lo suyo no era cosa de cuidado. Esta mañana estaba dispuesta a marcharse tan feliz a su casa. Y ¡cuál no sería mi sorpresa! cuando, al llegar esta tarde a la clínica, me cuenta la historia de que se siente mucho peor y que cree que tendrá que continuar hospitalizada durante bastante tiempo. ¡Esa historia sólo se le pudo ocurrir al hijo abogado para sacar tajada del seguro…!”

Huelga decir que el regalo fue devuelto con una breve nota. Menos mal que a la esposa del doctor no se le había ocurrido tocar ni tan siquiera un bombón.

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12 comentarios en “Increíble…, pero cierto.

    • Llegué a Madrid hace un par de días y mi moral ha pegado un bajón: echo de menos las noches estrelladas; contemplar la ría con las luces de la otra orilla rielando en el mar; los destellos de los faros de diversos colores… Y las largas caminatas sin temor a la contaminación.
      Ni siquiera me acordaba de haber escrito esta historia, por supuesto, bien real. (Y, como apuntas, caraduras desalmados los hubo y habrá en todas las épocas). Se la remití a Carmen -mi ilustradora habitual- para que le colocase la foto de rigor; pero anda siempre tan ajetreada que ha tardado veinte días en hacerlo. Aunque no encaje mucho con el relato, es el cielo de Palmeira un anochecer mientras paseábamos.
      Gracias por estar ahí. A ver si acabo con una serie de obligaciones que tenía pendientes y me incorporo de lleno a vuestras tertulias.
      Un abrazo.

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  1. Bravo por el médico, la buena conciencia es blanda almohada. Al abogado es necesario contarle claramente las cosas ; ya se cuidará él después de embrollarlas.
    Cuentas las historias magistralmente. Se nota que la has vivido.
    Besiños palmeiráns.
    Estoy escuchando en estos momentos las bombas anunciando para mañana la fiesta en honor de los tres arcángeles.
    Pasaré por debajo del anda en tu nombre.

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  2. Ayer intenté de mil modos responder al comentario de Luna y no hubo manera. Hoy parece que lo he logrado. Espero tener la misma suerte con el tuyo.
    Mis relatos, malamente contados, suelen ser fruto de experiencias vividas. A veces tristes -como el de hoy-; pero, en su mayoría, suelen tener visos de humor.
    Ya que me lo recuerdas, mañana procura hacer alguna foto del paso de la gente por debajo del santo y se la envías a Luna. Después de mi patinazo…
    Un abrazo lleno de sana envidia, por no poder seguir disfrutando de las maravillosas noches palmeiranas.

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  3. Nuca asistí a una tamborrada en vivo. Tiene que ser impresionante. Bueno…, ahora que recuerdo, estuve en una procesión de Semana Santa en El Escorial y los tambores sonaban con tal potencia que el eco, repercutiendo en las montañas, resultaba sobrecogedor. También en Puebla, al terminar la procesión del Carmen, la banda de soldados se despide con un amago de tamborrada.

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  4. A mí también me gusta mucho tu forma de dar forma al relato; le pones mucha vida y sentimiento.
    Y sobre tamborradas, diré que he vivido la de la semana santa en Calanda-Teruel y es algo muy impresionante, mucho, mucho
    Un abrazo con redoble de tambor
    a mis tertulianas favoritas
    😍😗

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  5. Qué va… Intento contar hechos reales tal como ocurrieron.
    No pierdo la esperanza de asistir a una auténtica tamborrada, aunque sea con tapones en los oídos. El ruido debe de ser ensordecedor.
    Desde mi llegada a Madrid apenas he tenido tiempo de contactar con mis amigos virtuales. Pero parece que las aguas han vuelto a su cauce (lo de las aguas es un decir, porque aquí no cae una gota) y ya estoy de nuevo con vosotros.
    Trato de captar el sonido de tu abrazo. Te mando otro menos ruidoso.

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