Lo dicho: en ristra

Cuando un despiste no pasa de eso, de ser un despiste sin más consecuencias… Pero si ese despiste llega a perturbar el sueño de un tercero a las tres de la madrugada…

El caso es que hace unos días se fue de safari a Nairobi un hijo mío con la familia. Hacía poco más de una semana que había sufrido una intervención quirúrgica y, aunque el hecho no encerraba demasiada gravedad, no había dado suficiente margen de recuperación al postoperatorio. Por tal motivo, como cualquier madre que se precie, no las tenía todas conmigo y esperaba con ansia noticias.

Por fin llegaron las tan anheladas nuevas, vía wassap): “Aunque el viaje resultó un poco largo y pesado, llegamos muy bien. Mañana a las 5:30 horas comenzaremos un recorrido de siete horas en una furgoneta bastante destartalada”.

Después fue pasando el tiempo sin más noticias. Mi ánimo volvía a declinar haciendo conjeturas sobre lo que podía estar ocurriendo.

-No te preocupes, abuela. Lo más probable es que no tengan cobertur -me animaban mis nietos.

Y así era. A los dos o tres días, cercanas las tres de la madrugada, comenzaron a entrar en el whassap una serie de mensajes en tropel, precedidos del característico ruidito. Antes de verlos temí que se tratase de de una de esas interminables cadenas de sesgo político o religioso que te ves obligada a eliminar rápidamente si no quieres quedarte sin espacio en el móvil.

Cuando vi la primera fotografía -tres colosales jirafas en plena sabana, pastando de la copa de un árbol, ajenas a los fogonazos de los fotógrafos de ocasión- se me iluminó el alma.

Abandonando el balcón desde el que contemplaba, sin verlas, las luces de los faros diseminados por la ría, me marché con premura a la cama y, cómodamente acostada, me dispuse a contemplar la tan esperada sucesión de imágenes en las que se les veía alegres y sin atisbo de miedo a las fieras que parecía estaban a un paso.

No me explico qué es lo qué pudo ocurrir; pero en la pantalla del móvil surgió de pronto el perfil de mi nuera -que ni siquiera era la del safari- y una voz, que tampoco coincidía con la de ninguna de mis nueras, preguntaba con voz somnolienta: “Quién llama”.

A pesar de que la voz no coincidía, pero sí el perfil, pregunté: “¿Eres Charo?”

“No. Soy Maricarmen”-contestó la voz-. “¿De Orense?”. “No. De Palmeira”.

Mi cerebro se embrollaba cada vez más. Aquella voz me resultaba familiar… No tenía idea de lo qué estaba ocurriendo. Sólo deseaba pedir disculpas a esa persona a la que había despertado a una hora intempestiva y que para mí era casi la hora habitual de acostarme. Pensé que lo mejor sería no dar explicaciones inútiles que sólo servirían para desvelarla todavía más.

Después de rogarle que me perdonase, le pedí encarecidamente que colgase -lo de colgar era sólo una expresión, porque en aquella situación ni siquiera me había percatado de que había llamado a un teléfono fijo- e intentase seguir durmiendo. Además, vergüenza me da admitirlo, ni siquiera atinaba a cortar la comunicación del condenado móvil. Es ésta una acción que se me resiste y más de una vez escuché voces dentro de mi bolso, resultado de una llamada sin desconectar.

Como las consecuencias de mi despiste ya no había modo de enmendarlas, traté de sosegarme y disfrutar de las fotos del safari. En ese momento caí en la cuenta de que la persona a la que creía haber logrado identificar por la voz no podía ser la persona que creía. No podía serlo, puesto que no tenía su número de teléfono registrado en la lista de mi móvil.

Entre pitos y flautas apagué la luz a las cuatro de la madrugada. Me disponía a sosegar el sueño cuando se iluminó mi mente hasta hacerme caer en la cuenta de que aquello que no creía posible, sí, lo era: el número de teléfono de la víctima de mi despiste no figuraba en mi lista de teléfonos habituales; pero quedó registrado en mi móvil desde el momento en que la llamé desde éste. Y la había llamado más de una vez…

A la mañana siguiente me faltó tiempo para presentarme en su casa a pedirle perdón con un pequeño presente. Y como se trata de una de las personas más encantadoras que conozco, me perdonó de buen grado y hasta nos reímos recordando algunos de mis innumerables líos mentales.

Anuncios

9 comentarios en “Lo dicho: en ristra

  1. A mí me paso una noche, se despertó el peque y usaba el móvil para ver, sin querer llamé ¡a mi abogado! Por suerte lo tenía apagado, pero cuando empezó a oírse la voz de “El número se encuentra apagado o fuera de cobertura” casi me da algo.
    Me encanta o más la foto, la jirafa es uno de mis animales favoritos 😊.
    Un besazo

    Me gusta

  2. No sé qué me ocurre con las caras de las personas que no atino con nadie cuando dejo de verlas un tiempo. Tengo una amiga muy querida -más joven que yo- a la que ronda el alzheimer. Lo curioso es que ella no olvida una cara, pero sí le cuesta expresarse. Ese problema lo soluciona llenando de besos a las personas que encuentra en su camino. Por eso es amiga de todos y todos le quieren. Su presencia alegra el paseo marítimo y Magdalena y yo la echamos mucho en falta cuando terminan sus vacaciones.
    El episodio de las llamadas me ocurre con frecuencia, pero nunca a horas intempestivas ni en tan extrañas circunstancias. Bueno, las circunstancias extrañas las creó en parte mi mente calenturienta e imaginativa. Y, sobre todo, el no aclararte con el puñetero móvil.
    Muchas gracias por tu entrada y un abrazo inacabable.

    Le gusta a 1 persona

  3. En una ocasión un señor de Palmeira, desde el puerto le preguntó a un amigo que se encontraba en la fuente “da piollosa” qué a dónde iba. Paquito, el aludido, le contestó a Enrique que desde tan lejos no lograba entenderle. El que estaba en el puerto volvió a preguntarle nuevamente (poniendo las manos en las comisuras de la boca) ” ¡¡Qué adonde vas!!”. Paquito, al no poder oírle, dio la vuelta y se dirigió por la playa hasta donde estaba Enrique y le preguntó qué quería. “Nada, sólo preguntarte qué adónde vas”. Paquito cabreado por haber tenido que desandar lo andado, se marchó sin decir palabra pero maldiciendo entre dientes y rumiando la venganza como castigo para el curioso compañero.
    A las tres de la madrugada sonó el teléfono en casa de Enrique, y cuando éste descolgó el auricular, oyó la voz de su amigo que le decía: ” Soy Paquito, es que ayer cuando me preguntaste, me olvidé de decirte que iba para la farmacia”.
    Mañana te diré quienes eran los dos personajes; los conoces. La distancia del puerto a la “piollosa, también”´.
    Espero que no te desvele la curiosidad pensando en los Enriques y Paquitos que hay en el pueblo.
    Besiños palmeiráns.

    Me gusta

  4. A ver si a la cuarta va la vencida y si mi nuera a dado en el quid. Esperemos que sí.
    Te contaba en las tres anteriormente fugadas que, en una ocasión, un señor de Palmeira, desde el puerto, le preguntó a un amigo que se encontraba en la fuente “da piollosa” qué adonde iba. Paquito, le contestó a Enrique, que desde lejos no podía entenderle. El que estaba en el puerto volvió a preguntarle nuevamente(poniendo las manos en las comisuras de la boca), ” ¡¡Qué adonde vas!!”.Paquito al no poder entenderle, dio la vuelta y se dirigió por la playa hasta donde estaba Enrique y le preguntó que qué quería. “Nada, sólo preguntarte qué adonde vas”. Paquito cabreado por haber tenido que desandar lo andado, se marchó sin decir palabra pero maldiciendo entre dientes y rumiando la venganza como castigo para el curioso compañero.
    A las tres de la madrugada sonó el teléfono en casa de Enrique, y cuando éste descolgó el auricular, oyó la voz de su amigo que le decía: “Soy Paquito, es que ayer cuando me preguntaste, me olvidé de decirte que iba para la farmacia”.
    Mañana te diré quienes eran los dos personajes. Los conoces; igual que conoces la distancia desde el puerto a la “piollosa”.
    Espero que no te desvele la curiosidad pensando en todos los Paquitos y Enriques del pueblo.
    Besiños palmeiráns.

    Me gusta

    • Al final has entrado por partida doble. Me alegro.
      No sé quiénes son Paco y Enrique. Ya me lo desvelarás. La historia tiene mucha gracia, aunque no creo que la tuviese para Enrique. Si Paco era noctámbulo, como yo, no le habrá costado esfuerzo gastar la broma a Enrique. Pero si se molestó en esperar en vela para despertar al amigo en pleno sueño, es de suponer que lo hacía con ánimo de desquite.
      De la Piollosa, tengo sentimientos encontrados: me gustaba beber del caño cuando jugábamos por la zona. Pero cargar con cubos en los veranos tórridos, cuando el pozo de mi abuela se quedaba casi seco, me hacía menos gracia.
      Espero que este chisme siga funcionando, aunque sea a trompicones.
      Biquiños mareiros.

      Me gusta

  5. Jajajajaj. Vaya loca!!
    Oye pues si la próxima te vuelve a pasar equivócate conmigo y me traes el día siguiente por las molestias una tortilla de patata de esas maravillosas tuyas o unos bollitos rellenos de manzana. Yo encantada 😀

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.