Un cursillo acelerado

Esta historia se la dedico a mi amigo Pablo. Sin su concurso no se me hubiese ocurrido escribirla. Parece que con los años los recuerdos se van haciendo afines y los suyos me hicieron evocar esta  historia real que voy a contar y que estuve tentada de relatar hace meses, cuando una persona en un programa de televisión de bastante audiencia explicó cómo su padre -doctor en estética, si mal no recuerdo- era el pionero de la cirugía plástica en España. Después de oír su relato, caí en la cuenta de que el pionero en esta rama de la cirugía fue mi marido.

Sucedió la noche de un sábado -¿o de un domingo?- del mes de agosto. Sonó el teléfono. Lurdes, la enfermera que montaba guardia en la clínica reclamaba a mi marido para atender un caso urgente: un hombre al que le había explotado un cohete en la mano.

Al cabo de unos minutos de marcharse mi marido se oyó de nuevo el timbre del teléfono. Esta vez la llamada era para mí: “Dice el doctor que venga cuanto antes. Necesitamos su ayuda”, sonó imperiosa y sin más explicación la voz de la enfermera.

Sin saber a qué ayuda se refería, vestí lo primero que encontré a mano y allá me fui, más que andando, corriendo puesto que la clínica quedaba a unos cien metros de la vivienda.

Nada más llegar a la clínica, la enfermera me indicó la forma de desinfectar debidamente manos y antebrazos. Colocándome a continuación guantes, bata y mascarilla, me dio unas breves instrucciones de cómo debería tener  preparadas las agujas quirúrgicas en cuanto me fuesen solicitadas.

En una camilla estaba acostado el herido  al que mi marido se disponía a desprender de un muslo, con una cuchilla de afeitar, el trozo de piel que necesitaba para reparar la mano en la que le había explotado el cohete. De lo que estaba ocurriendo en aquel quirófano improvisado procuraba no enterar entornando los ojos, ya que en mi vida había logrado mirar de frente ni siquiera el pinchazo de una simple inyección.

Durante el tiempo que duró la operación cumplí mi cometido lo mejor que supe, inmersa en una nebulosa, mirando de soslayo los movimientos de las manos de mi marido y atenta a las instrucciones que me iba dando la enfermera al tiempo que ella ayudaba al cirujano. Creo que de prolongarse un poco más el proceso operatorio, acabaría desplomándome encima del paciente.

Nada más terminar salí al pasillo y, asomándome a una ventana, respiré con avidez la brisa fresca que llegaba de la ría.

Pasó un tiempo. No recuerdo cuanto. Como tenía por costumbre, me acerqué a la clínica a encontrarme con mi marido un poco antes de la hora de comer. Charlaba en su despacho con un hombre de mediana edad. Me hizo gesto para que entrase. “Te acuerdas de él”, me preguntó. “Lo siento, pero no me doy cuenta”.

El hombre me mostró su mano derecha en la que se notaban los vestigios de una cicatriz que abarcaba casi la palma entera. Sólo eso. Su mano había adquirido prácticamente la movilidad completa. Entonces me di cuenta de que aquel hombre era el paciente al que había ayudado a operar.

Por eso al escuchar en Televisión a la persona (creo que se trataba de un doctor de cirugía estética) que ponía a su padre como pionero de la cirugía plástica en España, contando un caso en el que había utilizado piel de la misma persona, me acordé que mi marido había aplicado muchos años antes idéntica técnica, sin publicidad y sin cobrar absolutamente nada, porque su paciente no era más que un humilde pirotécnico que ni siquiera estaba dado de alta en la seguridad social.

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6 comentarios en “Un cursillo acelerado

  1. Deliciosa historia de bravura, de toma de decisiones (buenas) con premura y sin discursos vacíos. La verdadera Historia, de los médicos, de los enfermeros, de los accidentes y de las gentes que se ayudan. Gracias Palmeira por traerlo aquí, por revivirlo. Se lo estoy contando a Pablo y le digo también que se lo dedican a él. Se pone contento, luego melancólico y dice: “qué de cosas pasan que no salen a relucir en las noticias”☺️😚😚😚😚😚😚😚😚😚😚😚un montón de cariño querida Palmeiriña

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  2. No se puede responder del valor propio cuando nunca se ha estado en peligro. Nuestra querida Mari Carmen se ha encontrado en esa situación, y yo puedo decir que: “tanto vale para un roto, como para un descosido”. Y sabe contarlo tan bien… ¿ verdad querida Note ?.
    Besiños palmeiráns para las dos.

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  3. Uau, una historia impresionante y muy bien contada. Y qué resolutivos y valientes, tu marido y tú.
    Hay personas que solo buscan ayudar a los demás y no lucrarse, aunque luego el mérito se lo lleve otro.
    Me ha encantado. Un besazo

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