Dios nos colla confesados

Después de asistir a la ópera “Carmen” en el Teatro Real, recordé la última representación de Wozzeck con el mismo director de escena: Calixto Bieito. En esta ocasión salí del Teatro alucinada, crispada y con el estómago revuelto. En el autobús de regreso a casa, a falta de otra cosa comencé a escribir sobre el mismísimo cuadernillo de la sinopsis lo que pensaba de aquella puesta en escena preguntándome cómo los responsables del Real la habían permitido. Ahora que acabo de comprobar que la escenografía de la ópera “Gloriana” de Briten será llevada a cabo por el mismo escenógrafo, sólo me queda exclamar “Dios nos colla confesados”, expresión utilizada en Galicia cuando las cosas se ponen feas.

Esto es lo que escribí quella noche de enero de 2007:

“A pesar de haber entrado hace tiempo en esa etapa que han dado en llamar tercera edad, creo que mi sensibilidad es hoy menos vulnerable que hace años, curtida en esta sociedad estrafalaria y dislocada en la que me toca vivir. Por tal razón estaba convencida de que ya pocas situaciones podrían sonrojarme. Craso error: después de asistir a la representación de la ópera Wozzeck, he descubierto que todavía me queda una pizca de pudor. Sí: sentí repulsión y verdadera vergüenza de que “aquello” fuese aplaudido y hasta coreado con “bravos, bravísimos” (me figuro que muchos espectadores, desorientados, se dejarían arrastrar por la “clac”).

Mi opinión hace sólo referencia a la escenografía: una sucesión de aberrantes y burda; escenas necrófilas, escatológicas, coprógenas, porno, ¿eróticas?, ni siquiera admisibles desde la perspectiva de un mal gusto ingenioso.

Federico García Lorca decía que las azucenas había que buscarlas en la inmundicia. Estoy completamente de acuerdo. Pero no creo que Federico, con su sensibilidad, estuviese de acuerdo con la manera de buscarlas que llevaron a cabo los responsables del Real.

Por cierto que, a la salida del teatro, alguien lanzó: “Un adicto al sexo se pondría morado viendo esta ópera”. Mi opinión es otra: “un adicto al sexo con esta ópera aborrecería su adicción por siempre jamás”. (Mira por donde, acabo de caer en la cuenta de algo: a lo mejor la finalidad de esta ópera -la puesta en escena, quede claro- es precisamente esa; aunque me inclino más por creer que sólo se trata de provocar al espectador).

Y después llegó Tannhäuser:

Pues sí, el primer acto de Tannhäuser me trasladó a aquel Wozzeck de la temporada anterior y me preguntaba por qué hoy, que se tiende a resolver situaciones a base de simbología -y en ópera últimamente se hace con demasiada frecuencia-, las escenas de sexo tienen que ser representadas con el más absoluto realismo: estoy convencida de que el episodio del Venusberg -con escenas de sexo explícito y colectivo en todas sus formas- resultaría menos provocativo si se utilizase ese recurso. Y no se herirían susceptibilidades (aun que, al paso que vamos, lo de herir susceptibilidades es sólo un decir). Además es mucho más sugerente lo que se insinúa que lo que se da mascado. Pero, como el fin justifica los medios, ¡vayamos a la lírica por el sexo!”.

A pesar de mis comentarios, siento especial cariño por La Zarzuela y el Real: en la primera, pasé los momentos más sublimes de mi andadura de más de 40 años por la lírica: con los pocos medios de que disponía para montar sus óperas, lograba lo imposible. Y en el Real, aunque me queje de las puestas en escena, también se está haciendo un gran esfuerzo en la programación de óperas pertenecientes a diferentes épocas y estilos que colman las exigencias de los aficionados. A pesar de las cosas que a mí no me gusten.

Hoy he de reconocer que el Teatro Real está realizando un alarde de inventiva tratando de armonizar lo antiguo con lo moderno. Pero a veces se pasa en el minimalismo escénico, añadidos extravagantes que no vienen a cuento y abuso constante de las tonalidades grises y negras en el escenario. Menos mal que en las tres últimas representaciones el cambio operado es extraordinario, infundiendo a las óperas colorido y alegría sin que por ello pierdan un ápice de su esencia. Ojalá se siga en esa línea.

Y para acabar, una anécdota ocurrida durante la representación de Tanhausser, en la que la ópera nada tuvo que ver con mi decisión:

Por una serie de imperativos me vi obligada a realizar obras en el cuarto de baño principal de mi casa. En la tienda había dejado elegidos azulejos de un color rosa pálido, más que nada porque el precio era asequible y la calidad parecía buena.

El pedido de los azulejos tardaba bastante más de lo previsto y la espera me tenía en ascuas. Pero eso no fue todo: cuando llegaron y abrimos las cajas pudimos comprobar que aquellos azulejos eran más rojos que el Venusberg de la ópera Tannhauser que se estaba representando aquellos días y de la que acabo de hacer un pequeño comentario.

Al instante el albañil y yo nos pusimos en contacto con la tienda dispuestos a realizar el cambio de inmediato. “Imposible”, respondieron. “Calculamos que no los tendremos antes de veinte días, tirando por lo bajo”.

Esperar ese tiempo no entraba en mis cálculos, así que me arriesgué a vestir de rojo las paredes del Venusberg (perdón, del cuarto de baño.) Estuve tentada de colocar un cartel en la puerta con el nombre operístico. Pero me pareció demasiado.

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7 comentarios en “Dios nos colla confesados

    • No sé subir fotos y siempre dependo de alguien que me las suba. Tenía una chulísima en la que se veía el suelo también rojo, pero no era apaisada y por lo visto esas no sirven.
      Sobre ópera escribo lo que siento, sin profundizar demasiado en el aspecto musical. El hecho de escuchar varias veces la misma ópera sensibiliza el oído, pero nunca como para emitir una opinión acertada. Y ahora un secreto: prefiero la música sinfónica y también la melódica.
      Un abrazo.

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  1. Querida Mari Carmen: A pesar de que nada puedo decirte sobre los comentarios de las óperas que tú tanto dominas, te diré que me encanta leer sea lo que sea, viniendo de ti,porque escribiendo, eres genial. Ya me gustaría darte la razón, o por el contrario, rebatir tu opinión en caso de desacuerdo, pero, mi torpeza sobre ese género es muy amplia.
    Me ha gustado mucho la anécdota del cuarto de baño. No sé como resultaría el color rosa pálido en las paredes, pero el rojo te ha quedado fenomenal, creo que has salido ganando; ya sabes aquello de “no hay mal que por bien no venga”.
    Ahora me estoy acordando de Muñoz Seca, (por lo del cuarto de baño) contaba en una ocasión que cuando se casó don Juan de Borbón, en Roma, acudieron muchos monárquicos que luego fueron recibidos en audiencia por el papa. Los asistentes fueron hacinados en un patio, y tras una gran espera, se abrió una ventana, se asomó la mano de Su Santidad, fueron bendecidos y se acabó. Aquel mismo día Muñoz Seca escribió lo siguiente:
    “Vengo de tierras de Dios
    tan humilde y tan cristiano,
    que en mi casa el “Water Clos”
    se llama ya el “Waticano”.

    Besiños palmeiráns, guapa.

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  2. De dominar, nada. Se lo acabo de decir a Luna: después de mucho escuchar, algo queda.
    La que domina el arte de escribir eres tú. No sé cómo te las ingenias para tener siempre la anécdota a punto. Y qué anécdotas… Al leer tu comentario no he parado de reírme.
    Cuando fui a ver por primera vez “La venganza de Don Mendo”, protagonizada por Gómez Bur, también me partí de risa.
    Te envío la última versión de un epitafio -corregido varias veces, a la greña con el obispo- escrito por Don Pedro Muñoz Seca:

    Vagando sus almas van
    Por el éter, débilmente,
    Sin saber qué es lo que harán
    Porque, desgraciadamente,
    Ni Dios sabe donde están.
    Biquiños.

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  3. Ese epitafio lo conocía, ja,ja,ja, era realmente ingenioso.Te diré que lo escribió para una pareja de porteros que él había tenido, fue un encargo que le hizo el hijo de los fallecidos, se habían muerto los dos con un día de diferencia, y los epitafios fueron tres; el que tú mencionas era el último después de haber tenido varios encontronazos con el obispo. Un día que cuadre la ocasión te diré los otros dos.
    Muñoz Seca era genial. No te acuerdas cuando recibió aquella carta llena de improperios de un “amigo” y él le contestó con otra: “Tengo su carta delante, pronto la tendré detrás”.

    Besiños desde nuestra terriña, querida Mari Carmen.

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  4. Hay que ver, Palmeirana: solo tú eres capaz de enlazar sin fisuras una documentada disertación operística con la fotografía de un cuarto de baño auténticamente Venusberg (debo reconocer que he tenido que acudir a la wikipedia para saber de qué se trataba) en el que no falta ni el detalle cotidiano del papel higiénico. Y coincido contigo: no encuentro demasiado mérito a la provocación ofensiva o basada en el mal gusto. El recurso de que “se hable de nosotros aunque sea mal” me parece un poquito facilón. Un abrazo.

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