Agapito

Cada vez que mi nieto tenía que lavarse los dientes, había que poner a los Santos en novena. Para colmo de males llevaba “braques removibles” y estos sí que acababan con frecuencia en el cubo de la basura. Ello me motivó a escribir este cuento:

Agapito era un labriego que nunca, nunca se había limpiado los dientes: si entendemos por limpiar los dientes el pasarles de cuando en cuando un cepillo impregnado de dentífrico.

A pesar de no limpiársela, Agapito conservaba una buena dentadura, seguramente a causa de las muchas manzanas que comía.

Pero, claro…, el comer muchas manzanas no es remedio suficiente para mantener una boca sana.  Y al pobre Agapito comenzó a cariársele alguna que otra muela, como le ocurre a cualquier mortal que no practica una limpieza adecuada de su boca.

Las caries de Agapito -como era de esperar- se fueron convirtiendo en auténticos socavones. Más aún, en verdaderas cavernas, porque -por añadidura- Agapito jamás de los jamases puso los pies en la consulta de un dentista.

Un día, comiendo una manzana, a Agapito se le coló una semilla en el boquete de una muela. La pobre semilla se pasó días y días medio asfixiada en aquel incómodo lugar. Y no digamos lo que sufría la infeliz cuando a Agapito se le ocurría hurgar con un mondadientes para librarse de aquella fastidiosa cosa que se le había colado en la muela. Y cuanto más hurgaba, la semilla más se adhería a las paredes de la caverna.

Pasabann los días y la pobre semilla comenzó a hincharse cada vez más. Tanto creció que se rompió la piel que la envolvía y por el boquete de la muela comenzaron a salir unas diminutas hojitas. Entonces, Agapito pudo comprobar lo que era verdadero dolor de muelas y no le quedó más remedio que presentarse en la consulta de un dentista. Y el dentista, sin contemplaciones, le arrancó la muela estropeada tirándola al cubo de la basura. El contenido del cubo pasó al contenedor de basuras y de allí al vertedero, lugar en el cual se depositan todas las basuras de la ciudad.

Pasó algún tiempo.

Una madrugada, cuando el dorado disco solar comenzaba a asomarse por detrás de los montes, llegó el camión de la basura a depositar su apestosa carga en el vertedero.

Los basureros comenzaron a manipular las palancas encargadas de inclinar el suelo del camión para facilitar la caída de la basura.

Mientras esto ocurría, el conductor se bajó del coche con intención de hacer unas cuantas flexiones para aliviar sus piernas entumecidas. Se disponía a realizar la primera flexión cuando comenzó a gritar:

-¡Parad, muchachos! ¡Parad! ¿Acaso no veis lo qué yo veo?

Los basureros, ocupados en la descarga del camión, no sabían de qué les estaba hablando el conductor. Pero miraron hacia el lugar que les indicaba con el brazo, justo allí en donde iba a ser depositada  la basura…

Apeándose del camión, los basureros se acercaron con el conductor a comprobar lo que éste veía…En medio de aquel enorme mar de basura había surgido un precioso arbolillo en cuyas hojas se reflejaban los rayos del Sol naciente.

Los tres hombres se quedaron admirados. No daban crédito a lo que estaban viendo… No concebían que algo tan bonito hubiese nacer entre un montón de basura…

El conductor del coche decidió arrancar el arbolito con mucho cuidado y llevárselo a su mujer para que lo trasplantase en el mejor lugar del pequeño huerto que rodeaba la casa en la que vivía con su familia, lejos de aquel enorme estercolero en el que por poco queda asfixiado por un montón de basura.

Y fueron pasando los años…

El arbolillo se transformó en un magnífico manzano que, año tras año, ofrece a sus dueños las más hermosas manzanas que os podéis imaginar. Y cuando llega el verano, los hijos del conductor del camión de la basura se suben al manzano a saborear la más sabrosa fruta de los alrededores y, seguramente, la mejor del mundo entero.

Pero ellos sí se cepillan los dientes y visitan alguna vez al dentista. Por eso no hay peligro de qué se repita la historia del pobre manzano que conoció el Mundo en un basurero y ahora es feliz en el huerto del conductor del camión de la basura.

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6 comentarios en “Agapito

  1. Soy una calamidad en esto de la informática: lo mío no pasa de ver fotos y vídeos de mis nietos. Poco más. El caso es que, al echarle un vistazo al cuento ya editado, me pareció que necesitaba algún que otro retoque. ¡Madre del Amor Hermoso la que pude organizar…! Aparecía repetido tres veces… Al final he logrado dejar uno solo, después de más de dos horas manipulando. Si tuviese que repetir el proceso, no sería capaz.
    Se lo leí el otro día a una de mis nietas y me dejó de una pieza: dice que vio en Internet un diente al que le salían hojas… Picada por la curiosidad intenté ver de qué se trataba y no hubo manera. Y yo que me creía original…
    Muchas gracias por leerme, Luna. Un abrazo.

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  2. Para contar un cuento que seduzca, un relato contado con arte, se precisa un suelo y un clima adecuados como lo necesitó la semilla del manzano que el dentista de Agapito depositó en la basura para florecer y dar fruto; porque no se hace buena literatura con buenas intenciones, ni con buenos sentimientos: se hace con soplos de fantasía que es la mejor amiga del arte. La que tú posees querida Mari Carmen.
    No demores tanto tus entradas, ya sabes que me gusta invertir en conocimientos y contigo recojo siempre los mejores intereses.
    Besiños palmeiráns.

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  3. Federico García Lorca decía que las azucenas había que buscarlas en el fango…
    Al arbolito, por supuesto, le sentó bien el abono del vertedero. Pero todo en su justa medida: si los basureros no lo retiran en el momento oportuno, acabaría asfixiándose –que, trasladado a la dimensión de la persona, sería algo así como “torcer el rumbo”-. Esa resultaría una buena cuestión didáctica, aunque no era la finalidad del cuento.
    Tus comentarios sí son didácticos, porque hacen recapacitar. Muchas gracias y muchos besos.

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  4. Querida Palmeirana: ¿no tendrás algún cuento para alguien más talludito…. digamos de en torno a las 16 primaveras? Es que llevo catorce años poniendo los Santos en novena no hay forma de que se acuerde del cepillo..,. ¿O será cuestión de que me dirija a un Santo en concreto? Besos gordos.

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  5. Con la proximidad de las Fiestas Navideñas te surgen compromisos de toda índole y lo único que se me ocurriría escribir sería más despistes a causa del ritmo acelerado que te imponen estas fechas. Últimamente vengo poco al ordenador: alguna vez a ver el pronóstico del tiempo, que me tiene amargadita. A veces aparece una gota cayendo de una nube y al día siguiente la han borrado del mapa sin que la lluvia haya hecho acto de presencia.
    En mis tiempos en activo tenía un compañero que, cuando se encontraba en apuros, acudía a san Apapucio. Ni siquiera sé si existe este santo ni cuál es su cometido.
    Luego lo veré. Biquiños.

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