La hipoteca

En esta ocasión, más que un despiste, comenzaré narrando una situación en la que me encontré -valga la expresión- sin comerlo ni beberlo:

Comenzaba el mes de junio. El verano se había adelantado con un calor agobiante, sin dar tregua al cuerpo para adaptarse. Precisamente, ese día, terminaba el plazo (o eso creía yo) para pagar la hipoteca del piso que había comprado unos meses antes.

No bien acabada la jornada laboral, salí a velocidad de vértigo del centro en el que trabajaba hacia la parada del bus -ya que a aquella zona no llegaba la línea del Metro y un taxi resultaría carísimo y, con seguridad, menos rápido que el autobús, que disponía de carril propio-.

En la confluencia de Hortaleza con Gran Vía quedamos atrapados en un atasco. Se acercaba la hora de cierre del Banco y mi angustia iba en aumento: estar tan cerca y sin poder apearme…

Armada del poco valor que me quedaba, me acerqué al puesto del conductor rogándole que me permitiese bajar, alegando que me sentía muy mal. Aunque no era zona apropiada, el conductor accedió a mi petición, seguramente al ver reflejada la angustia en mi rostro.

Al bajar del autobús traté de orientarme, pues no tenía muy claro cuál sería el camino más corto hasta el Banco –situado en Virgen de los Peligros-,  ya que siempre había accedido a esta entidad por la calle Sevilla.

Crucé la Gran Via a galope tendido, esquivando a duras penas los coches, cuyos conductores no paraban de apretar el claxon y lanzarme improperios por la ventanilla, aumentando todavía más mi nerviosismo.

Llegada a Montera, opté por tomar la primera calle a la izquierda. El calor, la prisa, la tensión nerviosa… debieron ser la causa de que me sintiese morir. Como os lo cuento: morir.

Notando que las fuerzas me flaqueaban por momentos, arrimé mi espalda a la mugrienta pared de un edificio apretando contra mi pecho la carpeta que llevaba con algunos documentos y trabajos de clase, como si ese gesto me ayudase a mantenerme en pie.

A pesar de mi estado de ánimo,  mis ojos se clavaron en algo que estaba ocurriendo en la acera de enfrente: una mujer exageradamente alta, de edad indefinida, una larga cabellera rubia a lo “Afro” y una cortísima minifalda, mantenía conversación con un hombrecillo bajito y canijo que portaba una bolsa en la que apuntaban unas barras de pan. Al poco rato la mujer rodeaba con su brazo el cuello del hombre y, dirigiéndose los dos   hacia el edificio en el que me apoyaba, entraron en él casi rozándome.

Giré la vista como una autómata y comprobé que, a mi izquierda, varias mujeres de edades dispares con ropajes provocativos y de pésimo gusto, apoyaban su espalda en la misma mugrienta pared en la que yo me apoyaba.

Lentamente  volví  la cabeza hacia la derecha y el cuadro que presencié era muy similar. La mujer más cercana a mí mostraba un embarazo bastante avanzado, lo que no le impedía ofrecer sus servicios luciendo gran parte de unos respetables muslos.

Sin fuerza para continuar mi andadura, cerré los ojos. Temía separarme de la pared y caer redonda al suelo.

No sé el tiempo que pudo pasar hasta sentír una voz que, frente a mí, preguntaba (o exclamaba):

—¡Pero qué haces aquí…!

Abrí los ojos y pude comprobar que ante mí se habían parado tres jóvenes imponentes. Al comprobar que dos de ellos eran mis hijos —casualidades que se dan en la vida: venían de Jacometrezo de pagar algo relacionado con Hacienda y tanto ellos como yo  era la primera vez que transitábamos por la calle en la que me encontraron—, el alma me vino al cuerpo, sin pararme a  pensar en lo grotesco del encuentro que —dicho sea— pasado el momento nos reíamos por lo pintoresco.

Me presentaron al amigo que los acompañaba —¡hoy es para reírte, recordando el lugar de la presentación!— y, tomando del brazo a mis hijos, les pedí que me llevasen al banco sin dilación. Aunque ya había pasado la hora de cierre, estaba decidida a realizar la operación a toda costa.

Cuando llegamos a la entidad bancaria, sita en la calle Virgen de los Peligros  —doy fe de ello—, como era de esperar, encontramos la puerta cerrada. Pero, ya recuperada, comencé a aporrearla con todas mis fuerzas. Desde dentro, los empleados que quedaban hacían gestos indicando que no era hora de atención al público. Pero ante mi insólita insistencia, acabaron franqueando la puerta. Con cierta prevención, eso sí.

Después de narrarles a grandes rasgos mi odisea —aunque sin detalles— me atendieron advirtiéndome que la operación saldría con fecha del día siguiente por encontrarse cerrados los terminales. También me dejaron bien claro que, aunque me retrasase varios días, la sanción aplicada sería mínima. De haberlo sabido no hubiese pasado por tan rocambolesca situación.

O tal vez el episodio me haya dado pie para sacarle jugo a esta historia. Pero eso os lo contaré otro día.

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6 comentarios en “La hipoteca

  1. ¡Ja, ja , que bueno! Vale que a ti entonces no te haría gracia, pero la tiene, ja, ja. También ha servido para alegrarnos el rato a nosotros 🙂
    Está tan bien contada que creo haber sentido la angustia y el bajón que sentiste tú. Hasta que comenzaste a darte cuenta de dónde estabas apoyada, ahí ya he empezado a reírme.
    Aquí me quedo esperando a ver cómo aprovechaste a sacarle jugo. Un abrazo.

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  2. Aunque ya me lo habías contado personalmente, eres tan buena escribiendo que merece la pena volver a revivirlo nuevamente. Será que como disfruto leyendo todo lo que es bueno y me ha parecido magnífico, te respondo lo que solía decir cuando algo me gustaba… Maná del cielo.
    Besiños, reina

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  3. En la próxima entrada os cuento la segunda parte. Pero no pienses mal, que no van por ahí los tiros. Mira si sería estrecha que mis compañeros de trabajo solían decirme: “Ave María Purísima, hermana Carmen”.
    Gracias por animarme con tus comentarios. Un fuerte abrazo.

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  4. Pingback: Salir trasquilada | Palmeira lugar de encuentro

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