Siempre hay quien te gane

Contaba quince años y se recuperaba de una dolencia renal. Sus padres esa tarde se habían programado para ir al cine. Pero antes de marchar, la madre se empeñó en prepararle una tortilla de pan, huevos y azúcar que a él tanto le gustaba.

Le sirvió la tortilla en una bandeja de cama y, mientras daba cuenta de ella, los dos, padre y madre, disfrutaban viendo al hijo engullir su plato favorito.

El muchacho insistía en qué sus padres se marchasen si no querían llegar tarde al cine, pero ellos dijeron que nones antes de retirar la bandeja con el plato.

Por unos instantes el chico distanció los tiempos entre bocado y bocado. Y la madre, preocupada con la creencia de que la tortilla no le había salido tan exquisita como de costumbre, preguntó:

—¿Es qué no te gusta?

—¡Me encanta, mamá! ¡Está buenísima! —respondió el chico, volviendo a acelerar el ritmo de los bocados.

En cuanto el hijo el hijo terminó de comerse la tortilla y la bandeja con el plato quedó instalada en la cocina, los padres, felices, salieron a la carrera para el cine.

En cuanto sintió que la puerta de la calle se cerraba, el chaval salió como un rayo de la cama, dirigiéndose al grifo más próximo para paliar, en lo posible. el terrible escozor que le había dejado a lo largo del aparato digestivo la salmuera de la tortilla. Mejor eso que escuchar los improperios del padre al descubrir el despiste de la madre:

—¡Esta mujer no tiene remedio! Todo el santo día en las nubes. ¿Cuándo aterrizará?

(Le he puesto ese título, porque, en este caso, el despiste no es mío. Palabra de honor. A pesar del genio endemoniado del marido, quise mucho a los dos).

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5 comentarios en “Siempre hay quien te gane

  1. Querida Mari Carmen; algo parecido me pasó a mí con un café que le serví a una visita. Yo veía que la chica, cada vez echaba más azúcar en la taza y luego me dijo que aquél café sabía muy raro. Y ete aquí, que en lugar de azúcar había puesto en el azucarero sal fina. Ya ves, a todo hay quien gane.
    Besazos guapa.

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  2. Ay, sí, ¡imagino la cara de la visita de Magdalena! Yo pasé por una experiencia muy parecida: la invitada se sintió indispuesta y me pidió un yogur natural que endulzó con tres buenas cucharadas… de sal. Lo peor de estas historias es, como muy bien cuenta Carmen, los esfuerzos que tiene que hacer el afectado (en el caso del relato para proteger a su madre, en los otros por no parecer descortés) porque cualquiera que haya tomado sal a palo seco, confundiéndola con azúcar, sabe lo dura que puede ser la experiencia… solo comparable, a mi juicio, con un buen pimiento de padrón, de esos que te comes sin tantear primero la puntita. Besos para todas.

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