El bodorrio


Me invito una amiga a la boda de su hijo. La ceremonia religiosa se celebró en la iglesia parroquial del barrio, de la que éramos feligreses  algunos invitados. Después cada uno debería ingeniárselas para trasladarse al Hotel Palace, que era el lugar elegido para  celebraba el ágape.

Como suele ocurrir en esta clase de acontecimientos, a la puerta de la iglesia esperaban la salida de los novios y acompañantes multitud de amigos y conocidos. Entre ellos se encontraban mi hija mayor y su novio. Al verme salir, el muchacho –que, por cierto, me caía genial- se acercó a mí ofreciéndose a llevarme en su coche.

Por mis hijos tenía noticias del modelo de coche que se había agenciado y de algunas de sus peculiaridades. Con todo acepté la oferta del que más tarde llegaría a ser mi yerno.

Cuando nos estábamos acercando a donde estaba aparcado  el  Seat 600 pude comprobar que mis hijos no exageraban cuando hacían chistes alusivos a “El Abuelo”, que era el sobrenombre cariñoso con el que se referían al coche: la puerta del conductor estaba atada con una cuerda y  éste se veía obligado a entrar y salir por la portezuela del acompañante. El capó trasero tenía que permanecer entreabierto con ayuda de un palo para evitar la humareda que se producía si el agua se recalentaba.

Con todo, me armé de valor y subí al coche permitiendo que antes se acomodase mi hija en un asiento de atrás, después el conductor en su puesto y por último yo al lado del conductor.

En el trayecto, desde Maestro Chapí hasta el Palace sólo tuvimos un pequeño percance: al llegar a Cibeles el coche comenzó a humear y, para apaciguar los humos del Abuelo, no tuvimos más remedio que hacer un alto pegados a la fuente, el lugar menos adecuado. Cuando nos percatamos de que el guardia urbano hacía ademán de acercarse, cogimos las de Villadiego, pero despacito para no alarmar al guardia.

Sin más percances, llegamos a nuestro destino. Esperaba que mi futuro yerno me dejase en un lugar discreto. Pero ¡qué va!: me dejó a la mismísima puerta del “Palas” entre taxis y coches de alta gama.

Lo más cómico de esta historia –completamente veraz- es que el conductor del Abuelo no podía salir a abrirme la portezuela del coche como mandan los cánones. La abrí yo. Y, al contemplar mi elegancia cuando saqué la pierna para apearme, uno de los porteros del Palece,  uniformado con entorchados, se acercó al 600 ayudándome solícito.

Lo curioso de esta historia es que, lejos de crearme una sensación de ridículo, me causó muchísima gracia y —lo importante— me hizo comprender que la persona no deja de serlo aunque viaje en un Seat 600 destartalado. Fue tan positiva la experiencia que a partir de ahí comencé a valorar las cosas importantes desde otro prisma.

Guardo un bello recuerdo de este episodio.

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5 comentarios en “El bodorrio

  1. Me estoy imaginando la escena. Yo me sentiría orgullosísima de ser la protagonista de la misma, porque ser recibida de esa manera por un entorchado ( aunque no fuese brigadier), es como para sentirse en la gloria. Seguro que ese día el menú te supo a maná del cielo.
    Besiños, querida.

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  2. Jajajajaj. Me encantaría haberlo visto en primera persona!
    Supongo que en aquella época los de la ITV y los agentes de circulación eran menos exigentes…menos exigentes y mucho mucho menos aburridos 😀

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  3. Pues no sabes lo que te has perdido, sobre todo el detalle de la cuerda sujetando la puerta.
    Se nota que duele lo de los agentes de tráfico, ¡eh! Es uno de los tributos que pagáis los que tenéis coche. Desde que dejé de conducir , a mí que me registren.
    Me encanta que me hayas leído. Biquiños.´(Como eres medio galleguiña…)

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