Puntos de vista

La tienda estaba situada en la calle principal de un lujoso barrio madrileño. En el escaparate lucían caros y elegantes zapatos de señora de variados estilos. Casi a un mismo tiempo dos mujeres se plantaron ante el escaparate.

La primera en llegar —una mujer más bien joven— vestía chaqueta de ante color tabaco, suéter blanco de algodón, jeans beiges, kiowas marrones y bolso chanel a juego. Su rostro —aparentemente sin afeites— estaba enmarcado por una lisa melena de un rubio oscuro.

La otra mujer —de apariencia algo menos joven que la primera— lucía un pelo lacio, reteñido de un rubio desvaído en el que afloraban vestigios de su color natural completamente negro. Vestía un jersey rosado con un generoso escote que dejaba al descubierto gran parte de unos más que abundantes senos. La falda, de un azul un tanto descolorido, no alcanzaba más abajo de la mitad de unos robustos muslos. Calzaba botas blancas de caña media arrugada, sin tacón y con larga punta. Bajo su destapado ombligo pendía una riñonera negra.

Ninguna de las dos mujeres pareció reparar en la presencia de la otra. Sus miradas convergieron en un par de zapatos expuestos en el centro del escaparate. Aquellos zapatos atrajeron su atención con la fuerza de un potente imán.

Eran aquellos unos zapatos color de aceituna con altísimos tacones cilíndricos de un material transparente, rodeados en el centro por un anillo dorado. La horma de los zapatos, aunque ancha, acababa en afilada punta.

¡Qué horror!, exclamó casi en voz alta la primera mujer. ¡Qué agresión al buen gusto! Colocar eso ahí… ¿A quién se le habrá ocurrido tal desatino? En cien años que viviese no volvería a entra en esta tienda.

La otra mujer, extasiada ante la visión de los zapatos, exclamó hablando consigo misma: «¡Qué maravilla, Señor! A veces las pijas también saben calzarse. Zapatos como éstos sólo se encuentran en una tienda tan cara. Y son de mi número. ¿Me los guardarán si dejo una señal? Pero qué cosas tienes, Azucena… ¿Te has dado cuenta que tu capital no alcanza más allá de los diez euros? Ya casi es la hora de cierre y eso juega a mi favor. ¡Ay, san Pancracio bendito!, permite que esta noche me salga al paso un cliente rumboso y mañana me planto la primerita a comprar estos zapatos. Tan cierto como que me llamo Azucena Aguado.»

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6 comentarios en “Puntos de vista

  1. Este cuento me ha gustado especialmente: ¡qué bien describe las paradojas de la vida! Y narrado con la misma delicadeza de siempre. Lo curioso es que una prenda, por más fea que sea (o que nos parezca) puede quedar de fantástica si la persona es elegante y viceversa, porque ya se sabe que “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”…

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  2. No hubo jamás en el mundo dos opiniones enteramente en consonancia. La diversidad es la que hace que la vida sea más entretenida. Es un cuento muy corto pero muy interesante. Dos personas diferentes, con gustos diferentes y vidas diferentes.
    Un abrazo rumboso enviado por san Pancracio que es un buen emisario.

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  3. Nunca fui amiga de seguir los dictados de la moda a ciegas: tomo lo que me va no necesariamente porque esté en boga. Muchas veces “aparco” algún vestido y pasados los años vuelve a lucir como nuevo. Con el calzado un poco menos, pero también. Y sobre todo heredo ropa: de mi nuera, hijas, nietas y hasta de hijos y nietos. Antes de dejarla en alguna asociación benéfica hago un pase y renuevo mi ropero. Lo malo es que todo me queda bien, pero no quiero ser acaparadora ni tendría donde meterla.
    Jamás me gustaron las firmas y menos sus precios.
    Yo también me quedo con la segunda, aunque no coincidamos en gustos.
    Gracias por vuestros comentarios.

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    • No veo el comentario que hice de “El bodorrio“ quizás no lo envié bien.
      A ver si ahora lo hago mejor…no estoy muy ducha…
      Tus descripciones son transparentes,no solo en el aspecto físico…también se descubre en ellas el carisma de la persona…dos personas,dos modos de pensar,dos gustos distintos…!la vida misma!

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  4. ¡Qué emoción que hayas logrado entrar! Y qué cosas tan preciosas dices… Tú sí que escribes bonito.
    Estos días tenía el blog medio abandonado: se acaban las vacaciones y quiero dejarlo todo en orden, festejos en los alrededores a los que estás invitada, visitas de última hora… Y algún que otro funeral. En los pueblos, ya se sabe, nos conocemos todos.
    Me encanta que me leas. Un beso grande, grande.

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