El alojamiento

castilloMe invitaron a una boda en un pueblo de Castilla-La Mancha. A pesar de ofrecérseme alojamiento en casa de la novia, decliné la invitación por no parecerme momento oportuno para aceptarla.

El único lugar del que disponía el pueblo para pernoctar era una casa rural con ínfulas de castillo medieval.

Reservé una habitación por teléfono y, nada más llegar al alojamiento, la persona que me recibió se empeñó en mostrarme las dependencias de aquel castillo en miniatura para cuya decoración, según él, había recorrido varios rincones de España y parte del extranjero en busca de mobiliario y accesorios de lo más variopinto. En mi habitación, por ejemplo, la cama estaba dotada de dosel. Pero lo más llamativo era la ubicación de la taza del wáter: una reproducción exacta del trono de Felipe II.

Tampoco se podía echar en falta una mazmorra con los correspondientes útiles de tortura.

La última habitación en mostrarme con verdadero orgullo –la joya de la mansión- fue la suite nupcial: una alcoba con forma circular rodeada de un balcón decorado con escenas del Kamasutra que podían ser contempladas desde la cama de los desposados al tiempo que éstos podían ser observados desde cualquier punto del balcón…

Después de lo visto no sabía si salir corriendo o quedarme a dormir en aquel lugar. Opté por lo último, ya que en el pueblo todos se conocían y, salvo el decorado –ocurrencia de un hijo un tanto extravagante-, se trataba de gente seria.

A la mañana siguiente pude comprobar que era la única habitante en aquel remedo de castillo y, por lo tanto, había pasado la noche completamente sola, puesto que los propietarios pernoctaban en otro edificio.

Pero a toro pasado…

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6 comentarios en “El alojamiento

  1. Algo parecido nos sucedió a nosotros, pero a la inversa: en una de nuestras salidas “a la aventura” nos alojamos en un precioso castillo medieval que se erigía impresionante en uno de esos pueblos castellanos que te encojen en alma -reconstruidos a base de uralita, PVC, cartones, adobe desmoronado y restos de materiales de construcción-, y sin más población visible que un par de cabras. Nos abrió la puerta (con su puente levadizo y todo) uno de los aldeanos que, al poco desapareció como el resto del pueblo: allí pernoctamos nosotros tres, sin más compañía que la nuestra, el canto de los grillos y el miedo. El mismo aldeano (amabilísimo, por cierto) cerró la puerta del castillo al día siguiente, después de despedirse de nosotros y regalarnos una botella de leche de cabra recién ordeñada y unas perrunillas para el viaje…

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  2. Querida prima, yo también puedo contarte otro caso parecido, y también en un lugar de Castilla ( no recuerdo el nombre del pueblo) menos mal que yo no soy miedosa pero, pienso que aquella noche fuimos los únicos huéspedes de la casa-castillo. Te enseñaré las fotografías cuándo volvamos a reunirnos con la cafeína de por medio. ¡ Ah!, pero tú nos ganas en cuestión de valentía, Carmen y yo, estábamos acompañadas, y mi cama no tenía dosel que eso infunde un poco de respeto. Menos mal que tenías con qué entretenerte, me refiero a las escenas del Kamasutra. Seguramente la curiosidad de los “posados” disminuiría el temor a la casa “psicosis”.
    Un beso, querida prima.

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  3. “Lo qué a ti no te pase…” Eso me lo decía siempre Luis Vargas. Y que conste que no exagero nada. La pena es no tener móvil en aquel entonces: el trono de Felipe II no se quedaba sin foto. Lo del Kamasutra me lo pensaría dos veces.
    Otro beso grande

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