Regalo de navidad

Se acercaba la navidad. Un hijo mío me pidió si podría vender entre mis amistades un talonario de lotería para una asociación de sordomudos a la cual pertenecían los padres de un compañero de trabajo (sordomudos los dos). A pesar de no dárseme bien eso de las ventas, acepté con gusto.

En aquella época estudiaba Teología para postgraduados en la Pontificia de Comillas.

Al finalizar mi horario de trabajo y, a pesar de tener que coger dos autobuses, siempre llegaba a Alberto Aguilera con tiempo suficiente para tomarme un café. Al principio me lo tomaba en una cafetería próxima al ICADE, aunque más tarde opté por tomármelo en la cafetería del propio Centro. Aquella tarde llegué con tiempo sobrado y me senté en un pequeño reservado, en vez de tomarme el café en la barra, como tenía por costumbre. Y, puesto que contaba con tiempo suficiente, pedí un café con leche con tostada.

Mientras esperaba que me lo sirviesen, saqué del bolso un monedero en el que guardaba el dinero procedente de la venta del taco de lotería, lo coloqué sobre la mesa, arrimado a un servilletero rectangular negro y procedí al recuento del dinero recaudado: había reunido 14.000 pesetas que volví a guardar en el monedero junto con algún dinero de mi propiedad.

Después de echar un vistazo rápido a unos apuntes sobre la antropología trascendental de Karl Rahner (lo recuerdo porque tenía atravesado al profesor que impartía esa asignatura, por lo arrogante), recogí los apuntes y el bolso y salí a la calle.

Cuando acababa de cruzar el paso de peatones, me di cuenta de que había dejado el monedero sobre la mesa de la cafetería y, con el semáforo ya en ámbar, volví sobre mis pasos.

Justo al entrar en el café, el camarero que me sirvió venía hacia mí. Con un respiro de alivio le pregunté, casi afirmándolo, si me traía el monedero. “No sé a qué monedero se refiere”, respondió.

Continué con paso resuelto hacia el reservado. El camarero me siguió. En las cuatro mesas seguían las mismas personas. Pregunté a la pareja más cercana a mi mesa si habían visto el monedero y la respuesta fue negativa.

Con cierto aire de desconfianza aseguré que el condenado monedero no se había ido por su cuenta, que alguien tenía que haberlo cogido…

Entonces se desveló el misterio: al marcharme yo entró un hombre en el reservado. Aunque parecía dispuesto a sentarse no llegó a hacerlo. Pero nadie se fijó en el detalle del monedero. Algo muy lógico porque era negro, del mismo color del servilletero en el que se apoyaba. El camarero corroboró lo dicho por la pareja puesto que desde la barra observó la entrada del hombre, pero ya no hubo lugar a servirle.

En vista de lo ocurrido sólo pude decir: ¡Ojalá le sirva para tapar algún agujero!

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5 comentarios en “Regalo de navidad

  1. Desde luego, te ha pasado de todo. A ese señoriño, ( como suele decirse ) ese día, fue Dios a verle.
    Bueno, en vista de lo que te ocurre, yo, te recomiendo que el dinerito lo cuentes en casa siempre.
    Besiños.

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  2. Ay, ay, que me da que en cuestión de gestionar sus fondos, la autora del cuento sigue siendo igual de desastre… No se si era Dios quien fue a verle, porque con la rapidez con la que se marchó el señoriño, ¡más me parece que corría como alma que lleva el diablo! Besos a las dos.

    Le gusta a 2 personas

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