Otra de bolsos (y las que me quedan…)

Cuando viajo en autobús suelo sentarme —si lo atrapo vacío—  en el asiento situado detrás del conductor. (Aunque me repita, considero necesaria la aclaración.)

Aquel día me apeé en Plaza del Marqués de Salamanca con intención de bajar por la calle de “Ortega y Gasset” (antes “Lista”) hacia Serrano, dispuesta a curiosear los escaparates de las grandes firmas ubicadas en esa zona. Sólo curiosear, porque, además de los precios astronómicos de los artículos que allí se exponen —¡y venden!—, todos ellos lejos del alcance de mi precaria economía, nunca se me ocurriría comprar semejantes horteradas (salvo escasas excepciones) ni siquiera a precio de saldo. Aunque, pensándolo bien, en este tipo de tiendas no existen las rebajas, y, si alguna vez las hubiere, para nombrarlas utilizan algún tipo de eufemismo que deje a buen recaudo la categoría del establecimiento.

Al bajar del autobús tuve la sensación de que algo no estaba en su sitio: me movía con una ligereza inusitada, yo que siempre llevo a cuestas —por lo menos— un bolso indefectiblemente cargado.

—¡El bolso! —exclamé.

Pero el autobús se había alejado lo suficiente como para que alguien en su interior pudiera percatarse de mis gritos y braceos  pidiendo que parase.

“Un taxi”, pensé. Los pocos que pasaron iban ocupados y en dirección contraria. En aquella situación ni siquiera había caído en la cuenta de que me encontraba sin dinero para abonar la carrera.

Cuando mi desesperación estaba llegando al límite, veo acercarse un coche de la policía. Sin pensármelo dos veces me lancé a la  calzada y, con los brazos en alto y gesto angustiado, les obligué a parar.

Después de una rápida versión de los hechos, los dos policías que ocupaban el coche me invitaron a subir. Haciendo un giro brusco, pues venían en dirección contraria a la del autobús, enfilamos hacia Felipe II. Con un poco de suerte llegaríamos a tiempo ya que, al ser final de trayecto, los conductores aprovechan para estirar las piernas o realizar alguna necesidad fisiológica en el bar más cercano a la parada.

Por suerte el autobús todavía estaba allí (igualito que el dinosaurio de Monterroso). Pregunté a la persona que se sentaba en mi asiento preferido si había visto el bolso. La respuesta fue un rotundo no. Hice la misma pregunta al conductor  —que regresaba en aquel momento de hacer la escapada de rigor al bar—  obteniendo la misma respuesta. En estas circunstancias los policías se despidieron cortésmente aconsejándome que hiciese la denuncia pertinente en cuanto me fuese posible. Gracias a que llevaba en el bolsillo de la blusa el bono trasporte, pude volver a casa en el autobús.

Lo primero que hice al llegar fue llamar a un cerrajero para que me cambiase las cerraduras. Después di el parte detallado del contenido del bolso, aunque soslayando lo superfluo o el policía que me atendió se vería obligado a escribir un inventario más largo que la lista de Schindler…

Pasados unos días de este episodio, subo al autobús y el conductor de turno me hace la siguiente pregunta:

—¿Ha ido a recoger el bolso a cocheras?

—¿De qué bolso me habla?

—Del que dejó en el autobús.

—¡No lo entiendo! Seguí al autobús con un coche de la “poli” hasta el final de trayecto y allí no encontramos  nada.

—¡Claro! Usted miró en otro coche. Su bolso iba en el mío. Y a mí me obligaron a cambiar el rumbo en la parada anterior. ¿No se fijó que era otro conductor? El resto del día lo llevé colgado en la cabina por si se le ocurría venir a buscarlo. Al no ser así, por la noche lo entregué en cocheras con el inventario del contenido. No deje de ir a recogerlo y compruebe si está todo.

—He tenido que inutilizar llaves y tarjetas bancarias, que era lo que más me preocupaba. Lo demás, salvo algún dinero, no tiene mayor importancia.

—No deje de recogerlo, por favor. Me interesa.

Le prometí que lo haría.

Fui a buscar el bolso: no sólo faltaba un billete de 5000 pesetas sino que habían cambiado mis vistosas gafas de sol —de las que ni me acordaba— por unas horribles gafas de ínfima calidad y, para colmo, con una patilla rota.

El conductor se puso hecho una furia cuando le pasé el parte. Me lo  había pedido con pelos y señales.  “¡Y para eso me pasé el trabajo de hacer el inventario…! Claro que recuerdo las gafas, las 5000 pesetas y todo lo demás. Ha tenido que ser obra de algún listillo en cocheras”.

Le di las gracias por su intachable forma da actuar y así lo dejamos. Bueno, acabamos tomándonos un café en el bar de la estación términi. Qué menos.

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4 comentarios en “Otra de bolsos (y las que me quedan…)

  1. Recuerdo que un día recibí una llamada de alguien diciéndome que había encontrado mi cartera con un talón al portador (el de mi sueldo, para ser exactos). No sabía que la había perdido y ni siquiera llegué a conocer a ese buen samaritano porque tenía mucha prisa y me dejó la cartera en un bar, dentro de un sobre, para que fuese a recogerla. Estas cosas, como la de tu conductor de autobús, te hace recuperar la fe en la humanidad. ¡Una historia chulísima!

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  2. A Dios gracias, todavía quedan personas honestas. Pobre de mí si no las hubiese… Lo digo porque me ocurrió más de un detalle como el que cuentas (alguno saldrá a la luz en cualquier momento). Pero empiezo a creer que se dan con más frecuencia las otras, las que se apropian de lo ajeno si se lo ponen fácil.
    Gracias por tu comentario.

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  3. Querida Mari Carmen, aunque ya conocía este despiste, he vuelto a leerlo, porque tu disertación es tan grata, que una, goza imaginando tus peripecias, ya que tal como las explicas inclusive te veo in situ.
    No pierdas nunca esa chispa que tienes para contarlos.
    Besiños palmeiráns.

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  4. Hoy me ha ocurrido una cosa muy curiosa haciendo limpieza de papeles que ya no tienen valor: me he encontrado con el resguardo de la denuncia que en su día hice de la desaparición del bolso de esta historia. Ocurrió en diciembre del 2000 y lo que declaro no varía, en esencia, de lo que cuento en el blog. A pesar de lo desmemoriada que soy.
    Calurosos besos madrileños.

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