El bolso

Se acercaba el día  de mi boda. Necesitaba un bolso para el viaje de novios y, como en los pueblos aledaños por aquel entonces no había tiendas dedicadas a ese tipo de mercancía, decidí tomar el barco que cruzaba la ría de Arousa hasta Vilagarcía.

En Vilagarcía tampoco había mucho para elegir, así que pensé que lo mejor sería coger el tren hasta Santiago, ciudad a la que acudíamos siempre que nos veíamos en la necesidad de resolver cualquier tipo de emergencia. Aunque la estación quedaba algo alejada del centro de la villa opté por cubrir el trayecto dando un paseo, puesto que el tren tardaría por lo menos una hora en pasar, suponiendo que no trajese retraso.

Al llegar a Santiago llamé desde una cabina (de los móviles no teníamos noticias ni siquiera en las novelas de Julio Verne) a una antigua compañera de la Escuela  Normal: Sina (Rosina), para que me acompañase. Por suerte estaba en casa y quedamos de encontrarnos en pocos minutos en una céntrica y conocida cafetería.

Después de visitar un par de tiendas sin encontrar nada que nos convenciese y, en vista de que se acercaba la hora de cierre, nos metimos en el último comercio decididas a salir con el bolso a toda costa. A juzgar por lo expuesto en el escaparate había bastante en qué elegir.

Cuando entramos en el local quedaba un solo cliente que terminó pronto de hacer sus compras. Los dueños de la tienda —un matrimonio muy amable—  nos aseguraron que podían atendernos con total tranquilidad puesto que era sábado y no tendrían que madrugar al día siguiente. Así que bajaron la persiana de la puerta hasta dejarla a media asta y se dedicaron de lleno a nosotras.

En aquella tienda sí había variedad de bolsos. Eran tantos y tan bonitos que resultó difícil la elección. Al final opté por uno blanco (color de moda en aquella época) elegante y práctico.

Al terminar las compras, mi amiga me acompañó hasta la estación para coger el tren de regreso a Vilagarcía en donde pensaba pernoctar en casa de unos parientes —a los que me unía una bonita amistad y gratos recuerdos— y comprar por la mañana alguna cosilla que había dejado pendiente.

Nada más acomodarme en el tren de regreso a Vilagarcía saqué de la bolsa con el logotipo de la tienda, el bolso que había comprado.  A fe que era bonito. Lo abrí y comencé a mirarlo por dentro. Descorrí la cremallera del bolsillo interior y comprobé angustiada que estaba vacío… ¡Imposible! Tenía la total certeza de haber guardado en aquel bolsillo una respetable cantidad de dinero destinado a realizar varias compras, puesto que en aquella época todavía no existías las tarjetas de crédito y te veías obligada a llevar encima sumas importantes. Las personas que me acompañaban en la tienda pudieron comprobar cómo guardaba el dinero en el bolso.

El resto del viaje resultó un verdadero suplicio, porque no lograba dilucidar dónde estaba o quién podía tener el dichoso dinero.

Nada más llegar a la estación me puse de nuevo en contacto con mi amiga. Me sugirió que tomase el último tren de regreso a Santiago, mientras ella trataba de localizar el teléfono del domicilio de los dueños de la tienda.

Al llegar a Santiago mi amiga me esperaba en la estación. Había quedado con los propietarios del establecimiento para reunirnos allí en cuanto llegase. A todo esto debían de ser ya cerca de las doce de la noche.

Una vez en la tienda comenzamos a reconstruir los hechos: si en el local no quedaba nadie más que nosotros cuatro, nadie ajeno a nosotros podía haberse llevado el dinero. Todos habían visto cómo lo guardaba en el bolsillo interior del bolso y, sin embargo, el dinero se había esfumado, aunque yo jurase y perjurase que no había abierto el bolso hasta sentarme en el tren.

El dueño de la tienda me pidió que tratase de recordar paso a paso lo que hice desde mi llegada al local.

—Cuando entramos había una señora a la que estaba atendiendo su esposa —comenté—. Mientras tanto usted nos iba mostrando algunos bolsos del escaparate. Eran todos muy bonitos,  por lo que resultaba difícil la elección. Al final quedaron en el mostrador  los dos bolsos que más me gustaban, optando al final por éste, que, además de elegante,  me parece más práctico.

—¡Recuerda el otro bolso que le gustaba?

—Claro: tenía un logotipo un tanto fantasioso que muy bien haya podido influir en mi elección.

—Un momento

El hombre se acercó al escaparate volviendo con el bolso aludido.

—¡Ábralo!—casi me ordenó— y compruebe el bolsillo interior.

Lo abrí.  Y allí estaba el fajo de billetes.

Al señor no se le ocurrió otra cosa que exclamar:  ¡Vaya alegría que se iba a llevar la persona que comprase este bolso…! Seguro se creería que el dinero era un obsequio de la casa.

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3 comentarios en “El bolso

  1. Querida prima, éste, también es de antología. Las cosas que te han pasado, dan para un buen guión de una película de género cómico. Desde luego eres tremenda. Vende el paquete de despistes, ya verás como no te falta comprador.
    Besiños palmeiráns.

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