Así salí del paso

Por aquel entonces era joven y de buen ver. Hago la aclaración porque la considero necesaria.

Esperaba el autobús que me dejaría a la puerta de unos grandes y conocidos almacenes en los que comenzaban las rebajas de invierno. Aunque no pasarían más allá de las seis de la tarde, el día se había convertido en oscura noche a causa de una espesa llovizna.

Paseaba de un lado a otro de la marquesina —algo habitual en mí cuando espero el autobús— enfundada en unos pantalones vaqueros y un juvenil anorak  que compartía en ocasiones con el mayor de mis hijos.

Al poco rato se paró un coche ante mí. Era un modelo poco común, al menos para mí que no distingo un Alfa Romeo de un Citröen C4, por decir algo. La persona que lo conducía —un hombre— bajó el cristal de la ventanilla y, dirigiéndose a mí, dijo:

—¿Adónde vas? Te llevo.

Como si no hablase conmigo, continué con mis paseos. Pero, como el hombre insistía, parándome un momento, le respondí:

—Gracias. Prefiero tomar el autobús.

—¡Con este día…! Te llevo.

En ese momento reconocí el coche y con el coche creí reconocer también a su ocupante.

—Tengo un despiste soberano —me disculpé acercándome al coche—. No te había reconocido… (El hombre abrió la portezuela invitándome a subir y yo me acomodé a su lado). Con lo bien que os habéis portado tu mujer y tú —continué— cuando llegamos al barrio, los únicos vecinos que nos visitaron y ofrecieron ayuda…Porque eres el vecino que está casado con mi paisana… —afirmé no del todo convencida.

Con el coche en marcha el hombre respondió:

—No lo soy. Pero eso tiene fácil solución: nos presentamos ahora.

Sin soltar el volante, se volvió hacia mí y dijo un nombre que ni recuerdo.

Como suele suceder en situaciones comprometidas,  mi mente comenzó a urdir alguna salida que fuese creíble. A todo esto el coche circulaba entre la vorágine de vehículos que desfilan por Madrid a hora punta.

—Estaba convencida de representar menos edad de la que tengo —comenté como hablando conmigo misma—. Pero el detalle de que un amable joven se haya ofrecido a llevarme en su coche, es prueba de que ni la oscuridad oculta la evidencia de ser abuela de cinco nietos. (Doy fe de que en aquel momento era madre de cinco hijos, pero todavía faltaban unos años para que llegase el feliz momento de ser abuela).

—Me estás vacilando… —comentó mirándome de reojo.

—No es mi intención. Tengo cinco nietos… y un sexto en camino —me embalé—. Precisamente voy a ver si encuentro algo para ellos en las rebajas.

—Si usted lo dice… (El hecho de que apease el tuteo me tranquilizó un poco).

—Hijo, la noche atenúa las arrugas y como suele decirse «todos los gatos son pardos». Quiero suponer que no pretenderías encontrarte un ligue fácil.

El trayecto, aunque corto, se me antojó interminable. El hombre no articuló una palabra más. Me dejó a la puerta de la tienda.

Al apearme le di las gracias. Él se quedó un rato mirándome y dijo:

—Tendré que creerte, aunque puedo asegurarte que con el reflejo de la luz me pareces todavía más joven.  Y más guapa.

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3 comentarios en “Así salí del paso

  1. En casa tengo espejos, por desgracia. Pero la última mirada la suelo echar en el ascensor y allí, en la penumbra, se atenúan las arrugas.Con esa imagen me quedo al salir a la calle.
    Mis historias se están convirtiendo en una concatenación de recuerdos: la respuesta a tu comentario me trae a la memoria otro episodio.

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