Asalto en la biblioteca

Tú. La de las gafas de concha. Es tu turno. ¿Cómo te llamas?

—Mi nombre es Julia. Aunque también puedes llamarme Juliana. O Ana, simplemente.

—Si te parece, el santoral completo. ¡No te jode!

—Verás, aunque mi nombre de pila…

—¡Abrevia!

—Creía necesaria la aclaración, pero ante tu apremio… Sin embargo, déjame que repruebe  tu conducta antes de comenzar mi historia: no le veo la gracia a tu genial entrada en esta biblioteca a la hora de cierre—pistola en ristre— y amenazando con volarnos la tapa de los sesos a las personas que aquí nos encontramos, si no te gusta la historia que nos obligas a contar…

—Si no empiezas de una puñetera vez, eres tú la primera en salir volando hacia el otro barrio.

—No te sulfures. Allá voy:

Aunque mi vida no fuese por si misma interesante, comenzó a serlo desde el instante que con la mía se entrecruzaron otras vidas, otras historias –con más sombras que luces- dignas de ser narradas. Una de esas historias es la que me condujo hasta esta biblioteca buscando, ¡qué se yo!, una palabra, una frase perdida entre los renglones de algún libro, que ponga broche de oro a la empresa que he de llevar a cabo. Pero, aunque mi vida carezca de valor, me parece oportuno hacer una breve alusión a mi persona, algo así como una carta de presentación que sirva de prólogo a la verdadera historia:

Siendo niña presencié en el cine de mi pueblo una película que trazaría las directrices de mi vida profesional. El filme se desarrollaba en el Chicago de la “ley seca”. El argumento —o la secuencia que yo recuerdo— era el siguiente: durante un juicio amañado se condenaba a la máxima pena a un muchacho de clase humilde, por un crimen que había cometido un secuaz del padrino de turno, Al Capone. Me sentí tan mal ante tamaña injusticia que, allí mismo, en la sala del cine, prometí solemnemente: “Algún día seré abogada y defenderé a los más pobres”.

Cumplí mi promesa. Hoy, como bien supondréis, soy letrada. Especialista en criminología y psicóloga de prisiones. O lo era, porque hace años que colgué la toga por motivos de salud y no de edad. Llegado este momento de mi existencia, rebasados los 70 y aquejada de una enfermedad penosa e irreversible, mi vida ya no importa gran cosa. No abogo, pues, por la mía sino por la vida de otro, la del protagonista de la historia que me pides que cuente, que en mi caso no es ficción. Trataré de narrarla lo mejor que pueda:

“Salustiano, el personaje de mi historia, no tiene edad definida. A juzgar por el registro civil son 38 los años que ostenta en la actualidad, pero ni siquiera se sabe si fue inscrito el día de su nacimiento o años más tarde. Su madre, con un retraso mental importante, lo engendró de padre desconocido siendo todavía una niña. Claro que lo de “padre desconocido” es un decir, pues todo el mundo conoce muy bien la identidad  del progenitor de Salustio, aunque nadie se atreva a confesarlo públicamente por temor a represalias.

Los vecinos del lugar le dicen Salustio Lamela, porque su única y repetida expresión es “la-me-la” (separando mucho las sílabas).  Nunca nadie se paró a pensar si pretende transmitir algo con ese soniquete.

A Salustio le veo en la misa dominical cuando vuelvo al pueblo de mis veraneos. Aseado y pulcramente vestido, aunque con trajes demasiado solemnes y pasados de moda. Trajes que un día ocuparon espacio en el armario  de alguna casa de alcurnia y más tarde fueron regalados a la madre de Salustio, o tal vez entregados como pago de algún servicio.

El cuerpo de Salustiano es grande y fofo, del que sobresale un abultado vientre. Las piernas, faltas de forma, parecen dos inmensas columnas construidas con la sola finalidad de sostener su enorme barriga. La cabeza —pequeña y plana— está cubierta de abundante pelo oscuro cortado a la manera de un cepillo, tan crespo como las púas de un erizo. En su cara pende, adelantándose, el grueso labio inferior dejando entreabierta la boca, lo que imprime a su rostro una expresión bobalicona. La nariz más parece un grano hundido en su regordeta cara…

—Oye, abuela, ¿te queda algo más por describir?

—Sí. Las orejas. Tienen una característica muy peculiar: los lóbulos son tan gruesos que a primera vista los confundes con dos grandes perlas amarillentas.

Durante la misa, Salustiano mira hacia el altar y en su mirar no se nota un leve atisbo de comprensión. Es una mirada perdida, un mirar sin ver. A ratos vuelve la cabeza y me observa o parece observarme. Yo le devuelvo la mirada con un gesto amable… Entonces hace una mueca que quiere ser una sonrisa y -por un instante- sus ojos se llenan de vida, y hasta podría decirse de gratitud por tenerte a su lado. Hay en su mirada como una expresión de animal noble, sometido… En ese momento comprendes la necesidad que tiene de sentirse amado, de ser aceptado por los demás. Después vuelve a su postura rígida y distante.

A pesar de su enorme humanidad, Salustiano mantiene su cuerpo erguido con cierto toque de dignidad y prestancia. Hoy sé a ciencia cierta que este pobre ser excluido de la sociedad es el hijo bastardo de un encumbrado personaje.

La disfunción psíquica de Salustio la lleva en los genes. No sólo su madre presenta signos evidentes de retraso mental. En el pueblo se recuerda a más de uno entre sus ancestros con alguna tara psíquica que no fue obstáculo para el desarrollo de una vida sencilla y activa

¿Pero existe, acaso, un ser humano sin tacha? Tú, por ejemplo, con esta especie de concurso forzoso al que nos sometes…Muchacho, tu actitud no tiene nada de original. Con ligeras variantes me recuerda a la del sultán Schariar, el de “Las mil y una noches”  ¡Ojalá que en cada uno de nosotros se esconda una Scherezade y acabemos siendo redimidos!

—Oye, tía, llevas media hora hablando y aún no sé que es lo que te propones.

—¡Vaya! Otra vez me he ido por las ramas. Por algo me llaman Julia la de los Cerros…

—¡Pocos pleitos habrás ganado tú como abogada! Si acaso alguno por agotamiento del jurado…

—No te enfades, hombre, que ya retomo el hilo de la historia:

Este verano volví al pueblo. Asistí a la cita dominical, como tenía por costumbre. Pero Salustiano no estaba allí. Su lugar lo ocupaba una anciana enlutada. Paseé la vista por el recinto y ni rastro del muchacho. Picada por la curiosidad, pregunté a la mujer si conocía el motivo de esta ausencia.

—¿No lo sabe? El Salustio está en la cárcel

—¿En la cárcel? —interrogué incrédula.

—Sí señora. En la cárcel —recalcó la anciana—. Le metieron allí porque mató a su padre.

—¿A su padre? —inquirí con extrañeza—. No sabía que tuviese…

—Bueno…Algunos comentan por lo bajo que era su padre. Vaya “usté” a saber…

La mujer hizo ademán de levantarse. No parecía dispuesta a seguir hablando. Seguramente cayó en la cuenta de que se había ido de la lengua.

Salí de la iglesia dispuesta a indagar sobre lo ocurrido. Lo intenté haciendo sondeos entre las personas que creí podían ponerme al corriente de los hechos. Nada. Parecía como si todos los habitantes del pueblo se hubiesen confabulado para guardar silencio.

Dándole vueltas a los pocos datos que había logrado reunir, bajé a la taberna del puerto con intención de remojar mi reseco gaznate.

Sentado en una mesa se encontraba el señor Rufino —único cliente a aquella hora del día— un viejo lobo de mar retirado con el que había echado alguna que otra parrafada al encontrármelo en la playa calafateando su vieja barca. Me senté a su mesa invitándole a un “chiquito”. Mi intención —lo confieso— era la de gastar mis últimos cartuchos con el viejo.

Entre vaso y vaso su lengua se fue desatando. Aquel hombre parecía ser el único en el pueblo que no temía a nada ni a nadie. Sus respuestas a mis preguntas eran atinadas.

Con los datos aportados por el señor Rufino –no faltos de cierta base— pude hilvanar mi teoría: seguramente la madre de Salustio jamás había confesado al hijo quién era su padre. Sin embargo las gentes del pueblo no se privaban de hacérselo saber –cuando la ocasión les era propicia— con comentarios escabrosos acerca de la violación de la madre por el cacique del pueblo. Al fin y al cabo el pobre tonto jamás les delataría. Y así fueron sembrando en aquella mente primitiva una serie de imágenes que quedaron adormecidas hasta el momento en que su madre cayó enferma de gravedad. A partir de ahí su instinto le llevó a relacionar estas imágenes hasta donde su corto alcance le permitió, llegando a la conclusión de que el hombre que había maltratado a su madre merecía ser castigado.

Conocedor de los paseos del padre al despuntar el alba, sólo tuvo que salir a su encuentro. Seguramente el hombre ni se percató de las intenciones del hijo. Hasta es posible que echase la mano al bolsillo con intención de alargarle unas monedas en un “compasivo” acto.  Salustio no tuvo más que extender los brazos hacia  el cuello de su padre, asirlo con fuerza y apretar hasta que el hombre, perdido el resuello, se fue deslizando llegando muerto al suelo. Tal vez en la mente de Salustio ni siquiera hubiese intención de matar.

Dándole vueltas a mi mal hilvanada teoría, me encaminé decidida hacia la casa de Salustiano con el fin de obtener de la madre algunos datos que la completasen y su autorización para hacerme cargo de la defensa del hijo.

La casa estaba situada en las afueras del pueblo. Se trataba de una casita encalada y humilde rodeada de un minúsculo huerto sembrado de toda clase de hortalizas. Llamé a la puerta con los nudillos y al momento salió a recibirme una mujer de edad indefinida que supuse la madre de Salustiano.

El cuerpo de la mujer, a pesar de los años que debía de tener, seguía pareciendo el de una niña desnutrida. Al contemplar aquel cuerpo no pude evitar el preguntarme qué placer pudo experimentar el hombre que la poseyó. Sólo encontré una respuesta a mi pregunta: aquella niña representaba lo virginal, lo prohibido, lo nunca experimentado.

Me presenté a la mujer como “abogada que quería encargarse de la defensa del hijo”. Ella me miró con mirada limpia, diáfana. Invitándome a pasar me condujo hasta una pequeña estancia que pretendía ser sala de estar.

Aquella mujer-niña fue respondiendo a mis preguntas con sencillez. Me confesó sentirse muy sola y desamparada desde que se habían llevado al hijo. Su voz —velada y tímida al principio— fue adquiriendo seguridad al sentirse protegida, y las respuestas a mis preguntas surgían con facilidad. Casi sin darse cuenta la fui llevando hasta el punto de la violación. Cada vez más tranquila y segura, las palabras fueron surgiendo con naturalidad –por algo soy psicóloga—. Llevaba tanto tiempo guardando aquel secreto que al compartirlo con alguien que la comprendía se sintió liberada.

Esto es a grandes rasgos lo que me contó:

A pesar de su corta edad trabajaba en la “casa grande” desempeñando las más diversas tareas. En los ratos libres –que eran pocos- se escapaba al bosquecillo situado más allá de la era en la que dormitaban los jornaleros. Era verano. La hora de la siesta.

La pequeña siguió el sendero que separaba el lugar de sus juegos de la casa con pretensiones de mansión. Al llegar metió la mano en el agujero del tronco de un roble viejo y sacó una sucia muñeca de trapo, su única amiga y confidente. Al volverse se encontró frente a frente con el amo. Su primer impulso fue esconder la muñeca tras la espalda.

El hombre, sin mediar palabra, se abalanzó sobre la niña y la tendió en el suelo. La infeliz no entendía nada de lo que estaba ocurriendo, pero presentía que era algo malo. Muy malo.

Cerró los ojos, apretó los labios fuertemente y con toda su alma se puso a pensar que estaba muerta. Completamente muerta.

Satisfechos sus deseos, aquel hombre dejó a la pequeña en el suelo como si se tratase de un juguete roto, que ya no sirve. Pero antes de irse todavía tuvo la desvergüenza de espetarle:

—Y de esto no digas nada a nadie, ¿me oyes?

La infeliz apenas le oyó.

Cuando el hombre se alejó, la niña, levantándose, comenzó a colocar en orden sus ropas al tiempo que sacudía los yerbajos secos que se habían adherido a ella. Ni siquiera se había percatado de que algo viscoso se deslizaba entre sus muslos. Cogió del suelo la muñeca —testigo mudo de su ultraje— y, acariciando con ternura su sucio pelo de estambre, la colocó de nuevo en el hueco del tronco seco. Ya nunca volvería a ser su compañera de juegos, su confidente. Igual que ella, se quedaría sola.

Volvió a sus quehaceres como si nada hubiese ocurrido. Al principio todo transcurrió con normalidad; pero con el paso de los días la muchacha comenzó a encontrarse extraña. En ocasiones tenía que abandonar el trabajo y salir disparada a vomitar en el retrete. Eran los primeros síntomas.

Las criadas de la casa la recriminaban:

—A saber la fruta verde que habrás comido, muchacha. ¿No sabes lo mal que cae en la tripa?

¡Qué ha de saber ésta! De seguro se la come con bicho y todo —añadió la doncella.

Poco a poco el cuerpo de la niña fue cambiando. Primero se ensanchó la cintura, después fue apuntando la tripa. No cabía la menor duda: estaba embarazada.

La primera en percibirlo fue la cocinera a la que nada se le escapaba. La cocinera se lo comentó a la señora y ésta decidió mandar para su casa a la infeliz muchacha, alegando que “en aquel estado no era moral que siguiese trabajando en la hacienda”.

Cuando llegó el momento del parto la atendió en la propia casa una partera aficionada. Por suerte todo salió bien. Crió al hijo como Dios le dio a entender. Con una pequeña ayuda de la beneficencia, algún trabajo esporádico y las hortalizas sembradas en el huerto, fue saliendo del paso. También la educación del niño corrió a su cargo, pues no lo consideraban apto para asistir a la escuela local.

Fortalecida mi tesis con las declaraciones de la madre y en mi bolsillo su autorización para defender al hijo, me dirigí al bufete del abogado de oficio con el fin de solicitar el traspaso de poderes. El letrado no puso objeción. Hasta creo que se sintió liberado al desprenderse de un caso que le acarrearía problemas. Al menos de conciencia.

Después visité a Salustiano en la cárcel. Su expresión bobalicona me pareció ahora más grave, más adusta. Procuré transmitirle mensajes esperanzadores. Tal vez captase algo.

Y esta es mi historia. Mal narrada, sí. Pero veraz y verídica como la misma vida. Llegado a este punto podría darla por finalizada. Claro que, de hacerlo así, más de uno diría “Pues vaya un caso difícil… apelando a la locura del reo, simplemente, estaría ganado”.

Y yo os respondería: “Cierto, si el acusado fuese un personaje importante. Pero en el caso de mi defendido —un pobre tonto— su sola presencia en el pueblo resultaría un oprobio para los poderosos hijos del muerto, recordándoles constantemente el inconfesable pecado del padre.  Por eso es necesario hacerle desaparecer del pueblo. Para ello no escatimarán medios. Ni siquiera los menos lícitos. No se trata, pues, de salvar a Salustiano de la cárcel sino de una prisión todavía más cruel: el manicomio. Porque ¿hay acaso mayor monstruosidad que separar a una madre del hijo al que se entregó por entero supliendo lo mejor que pudo el afecto que un padre desnaturalizado y la sociedad le negaron?

Si el pueblo, dejando a un lado sus miedos, se erigiese en jurado popular, tendríamos ganada la batalla. Pero, al no disponer de esa baza, la única vía que me queda es llegar a la fibra más sensible del jurado: al corazón.

¿Crees que lo lograré?

Mi viaje estaba previsto para mañana. En tus manos tienes mi destino.

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3 comentarios en “Asalto en la biblioteca

  1. Aunque ya me lo habías leído por el móvil, te aseguro que leyéndolo así de un tirón gana mucho más en calidad. Lo dicho querida prima, tienes que continuar escribiendo porque lo haces magníficamente bien. Historia dura pero muy real. Continúo pensando que te has equivocado de profesión.
    Un besazo desde Palmeira.

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  2. Tú sí que eres un encanto de prima dando ánimos. Este cuento, en principio, iba a ser más largo; pero luego lo recorté e introduje algunos “apaños” para que tuviese sentido. No sé si lo habré logrado.
    Abrazos e biquiños mesturados.

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