Dímelo con música

En ocasiones, cuando me paro a pensar en las cosas buenas que le debo a la vida, coloco en lugar preferente «la capacidad que Dios puso en algunas personas para componer música: ese lenguaje universal que todos —o casi todos, porque hay fieras que ni la música doma— entendemos sin necesidad de saber idiomas».
Decía Verdi: «La música es universal. Sólo a los necios y a los formalistas se les ocurre inventar escuelas y sistemas. No existe la música italiana, alemana o turca, sólo existe la MÚSICA».
Yo añadiría algo. Añadiría que la música es universal, sí; pero con la impronta, con las peculiaridades que cada compositor le infiere según su personal modo de sentirla, y de la influencia que sobre él ejercen una serie de factores o circunstancias: entorno en el que vive, idiosincrasia de la Comunidad —o comuna— a la que pertenece…

Podría hablar durante horas y horas de música. Da lo mismo que sea un tango, un bolero, un pasodoble, una romanza, una habanera… Hasta de ópera. También me gusta escuchar de vez en cuando a los cantantes de la época de mis hijos: Beatles, Pink Floyd, Simon & Garfunkel… Por citar alguno.

Y es que nací en Palmeira, el pueblo en el que más se canta. En eso me recuerda a Roncole, la cuna de Verdi.

Otro día hablaré de ello.

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