Micaela

Cuando llegó a Madrid se embarcó en la  búsqueda desesperada de una vivienda confortable para vivir con sus hijos, convirtiendo esta actividad en su hobby obligado durante los fines de semana. En aquella ocasión había «peinado» un buen espacio de la zona norte, y lo poco que pudo ver estaba muy por encima de su precaria economía. Se imponía buscar el piso en algún barrio con menos pretensiones.

Se encontraba por los aledaños del Bernabeu. Era tarde de fútbol. Desde el estadio llegaban los gritos de los aficionados de los dos equipos —R. Madrid  y A. de Bilbao— animando o denostando a los jugadores. A juzgar por los bramidos de la gente en aquel instante, era de suponer que el balón acababa de entrar en la portería defendida por Iríbar.

Agotada, a causa de la infructuosa búsqueda y el calor reinante, tiró calle arriba por el Paseo de la Habana, torciendo poco después a la izquierda por una calle abarrotada de coches de los asistentes al partido. Era una calle corta que desembocaba en otra más larga —también con vehículos aparcados a un solo lado— flanqueada por un alto murallón pintado de blanco. Un gran portalón verde daba acceso al recinto amurallado.

Cruzó la calle y se asomó curiosa. Dentro del recinto se veía un jardín con un enorme caserón de ladrillo rojo, al fondo, integrado por un cuerpo central y dos naves laterales. Por las veredas, cubiertas con las primeras hojas del incipiente otoño, deambulaban algunas viejecitas. Otras dormitaban sentadas en los bancos del parque.

Preguntó a una de las ancianas a qué estaba destinado aquel edificio:

—Es un asilo, señorita —dijo la anciana—. Ahora lo llaman «residencia». Pero, para mí, sigue siendo un asilo.

Marta se quedó un buen rato charlando con aquella viejecita dicharachera a la que se le fueron agregando otras residentes deseosas de conectar con el exterior. Después de permanecer un buen rato escuchándolas y respondiendo a sus preguntas, prometió volver otro día.

Algún tiempo después, Marta volvió al asilo. En esta ocasión el jardín se encontraba vacío a causa de la fuerte lluvia caída la noche anterior. Finalizaba el otoño y las hojas mojadas que quedaban por el suelo resultaban un serio peligro para los viandantes.

Atravesando el jardín, se dirigió hacia la entrada del edificio, saliéndole al paso una monja de mediana edad. Después de cruzar algunas palabras con ella, explicándole el motivo de su visita, la monja le sugirió que subiese a la primera planta de la nave central e hiciese un poco de compañía a cualquiera de las ancianas allí alojadas. Eran las más necesitadas de que alguien les escuchase o, simplemente, estuviese un rato con ellas.

Subió la escalera, prescindiendo del vetusto ascensor, desembocando en un oscuro pasillo al que daban multitud de puertas. Sin pensárselo demasiado, llamó  al azar  en una de las puertas.  Respondió una voz con un lacónico: «¡Pase!».

Marta abrió la puerta y se adelantó unos pasos. La estancia se encontraba en penumbra. Con la poquísima luz que entraba por las rendijas de la persiana, pudo ver que se trataba de una habitación espaciosa con escaso mobiliario: una sencilla cama metálica; una mesilla del mismo material, sobre la que descansaba un vaso con agua; y una silla arrimada a la pared.

Cerca de la cama, en una silla de ruedas, dormitaba una persona que debía de ser muy delgada, a juzgar por lo poco que abultaba bajo la manta que le cubría las piernas. A su lado descansaban un par de obsoletas muletas de madera. Al acercarse a la mujer, Marta  se dio cuenta de que le faltaba una pierna.

—¿Quién es? —preguntó.

Marta se presentó. Al poco rato charlaban amigablemente.

A pinceladas, la anciana le fue contando la historia de su vida:

Se llamaba Micaela y tenía 83 años. Cuando contaba poco más de 6, le cortaron la pierna. Según ella, a causa de la gangrena producida por la compresión de la media de goma con la que trataron de inmovilizarle una fractura. Poco tiempo después,  murieron sus padres y se hizo cargo de ella una hermana mayor.

No había llegado aún a la pubertad  cuando la pusieron a trabajar en el asilo como moza de lavandería. Trabajaba como la que más, a pesar de su invalidez. Pero, mal cumplidos los 30 años, se quedó ciega. Desde entonces, pasó a ser una acogida en la casa. Allí tenía un hogar, un refugio…Sin embargo le faltaba lo más importante: le faltaba la familia. Sólo le quedaba un primo soltero —más o menos de su edad— que, tiempo atrás, la visitaba en fechas señaladas. Pero hacía mucho tiempo que su primo no había vuelto a visitarla y ni siquiera sabía si continuaba vivo. Por eso se pasaba la mayor parte de los días sola. Las monjitas hacían lo que podían; pero eran tantas las ancianas impedidas que tenían a su cargo y ellas tan pocas… El contacto con el mundo exterior, de alguna manera, se lo proporcionaba un pequeño transistor que le agenció una monja en concepto de usufructo.

Esa tarde, Micaela, le contó a Marta muchísimas cosas de su vida y de la vida en general. Era admirable observar como aquella mujercita de 83 años, que ni siquiera sabía leer, se expresase con tanta corrección, y pensase y razonase con una lucidez poco común en una persona de su edad.

A partir de aquel día Marta se convirtió en su amiga, su confidente, su enfermera…Y también su secretaria, cuando a Micaela se le ocurría dictar cartas de reconocimiento o de reproche para alguna entidad o algún personaje de la vida pública. Su ídolo era Encarna Sánchez: la escuchaba cada día con verdadera devoción y cualquier cosa que esta mujer dijese iba a misa para ella.

Alguna vez Marta trató de bajarla al jardín, pero sólo lo logró en una ocasión. Dejó de intentarlo, porque notaba que Micaela no se sentía cómoda entre las compañeras de residencia. Prefería la soledad de su habitación: que Marta le contase cosas de sus hijos, de sus inquietudes, de su trabajo, de lo que sucedía en la calle… Pero sin testigos.

Recordaba aquella   ocasión en la que Micaela le rogó encarecidamente que localizase a su primo. Para ello le dio las señas, en la calle del Pez, de una antigua peluquería que él había regentado. Gracias a esa pista logró encontrarle en una pensión muy humilde, pero con un buen ambiente familiar.

El primo de Micaela resultó ser una personita agradable y dicharachera. Se notaba el aire con su prima. Su físico le recordaba a Marta —pero en menudito— al de un actor que trabajaba en la serie «Médico de familia», que estaban poniendo en la tele. El día del encuentro, apretaba duro el calor y acabaron sentándose en una pequeña terraza del barrio de Malasaña a refrescar el gaznate con una caña fresquita, al tiempo que el hombre exponía las razones que le impedían ir a ver a su prima: la edad, la distancia y la falta de recursos para coger un taxi. Con todo, no permitió que Marta pagase las cañas. Dejaría de ser un caballero si lo hiciese.

En ocasiones, Marta llegó a sentirse «atrapada» y a punto estuvo de tirar la toalla. Muchas veces distanciaba las visitas  al asilo más de lo habitual; y, aunque trataba de acallar su conciencia, cuando obraba así sentía cierto desasosiego. Se decía a sí misma que «las costumbres se hacen leyes»  y lo que se empieza hay que continuarlo. Pero el vocablo «compromiso» no le gustaba ni pizca.

Llegaron las vacaciones de verano. Al regreso, más relajada, Marta decidió reanudar las visitas a la residencia.  Finalizaba septiembre.  Aquella tarde una ligera neblina ocultaba el sol y ya comenzaba a refrescar. Una pareja de mediana edad – seguramente visitantes de alguna de las residentes – paseaban,  al tiempo que discutían.

Nada más cruzar la puerta principal, le salió al paso una monja con cara de pocos amigos:

—¡Por fin, aparece!— le espetó— ¡Llevamos días tratando de localizarla y usted sin dar señales de vida…! Marcela se está muriendo. ¡Sígame!

Desconcertada, la siguió sin atreverse siquiera a articular palabra.  La monja la introdujo en una habitación que no era la habitual de Micaela  y Marta supuso que la habían trasladado a otra mejor, dadas las circunstancias. Alegando que tenía pendiente un problema acuciante, la monja la dejó sola con la moribunda.

Marta, tímidamente, se fue acercando a la cama… ¡Aquella mujer no era Micaela! ¡Qué estaba ocurriendo…! ¿Qué podía hacer ella en semejante situación?

Recordando el nombre que había mencionado la monja, cayó en la cuenta de que no era el de Micaela; pero con el nerviosismo ni se había dado cuenta de ese detalle. Armándose de valor cogió la mano de la anciana y, sin saber que otra cosa decir, exclamó:

—¡Marcela, Marcelita… ¡Soy yo…!

Aunque, desde niña, le habían inculcado que a un moribundo se le debía «encaminar el alma», es decir: hablarle de Dios, de las dulzuras del Paraíso, de los deudos resplandecientes de gloria que saldrían a recibirla…, a Marta no se le ocurría nada. Se quedó  mirando a la anciana, como flotando en una nube. Agarraba su mano, sin saber qué otra cosa hacer.

No sabría decir si sucedió o fueron figuraciones suyas; pero, por un momento, Marta tuvo la sensación de que a la moribunda se le agrandaron los ojos al oír su nombre. Ni siquiera la miró: aquellos ojos estaban fijos en el techo. Parecía querer traspasarlo. Después hizo un gesto, una extraña mueca —como si tratase de bostezar o, quizá, de decir algo— y se quedó quietecita mirando a lo alto con los ojos desmesuradamente abiertos.

Pasado un rato, que a Marta le pareció interminable y, viendo que la mujer no daba señales de vida, recordó algo que había visto en una película: descolgó el pequeño espejo que pendía  del tirador de la ventana, lo acercó a la boca de la anciana y pudo comprobar que no se empañaba.

Se disponía a cerrarle los ojos —otro detalle  que también había visto o leído—  cuando entró la monja precipitadamente en la habitación. La  acompañaba otra monja de más edad. Venían a pedirle disculpas, pues la monja que le soltó el rapapolvo a la entrada de la  Residencia, la había tomado por la nuera de Marcela.

Marta puso de manifiesto que ella sólo pretendía hacerle una visita a Micaela; pero que, después de lo sucedido, ya no se sentía con ánimo. Volvería otro día.

—Pero… ¿es que no lo sabe…? Micaela murió a finales del verano. Apenas sufrió. Poco más de dos días hospitalizada…Seguro que usted es Marta.  Espérese un momentito, por favor —dijo la mayor de las  monjas,  saliendo de la habitación y regresando al poco rato con un pequeño envoltorio en las manos—. Tenga, es para usted. Nos lo dejó Micaela antes de morir.

Marta cogió el envoltorio que le ofrecía la monja y salió de la habitación con el corazón encogido.

Ya en el jardín, aspiró con fruición una bocanada de aire. Sentía que las piernas le flaqueaban y optó por sentarse en un banco, a pesar de la humedad reinante. Poco a poco comenzó a deshacer el paquetito que le entregó la monja… Entre unos papeles de periódico sujetos con una goma verde, se escondía una cajita con un humilde rosario de plástico blanco y un minúsculo Niño Jesús del mismo material, únicos y preciados bienes de Micaela.

En un instante, multitud  de imágenes se agolparon en la mente de Marta. Sentía una enorme sensación de vacío, de tristeza, de no haber hecho lo suficiente… Apretando el presente contra su pecho, por su cara comenzaron a rodar gruesas lágrimas.

Hoy, después de más de Micaela20 años, el Niño Jesús ocupa un lugar preferente sobre el piano de Marta y el rosario lo lleva siempre consigo.

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