Una historia de opereta

Eran más de las doce de la noche. Regresaba de un concierto en el Auditorio al que me había invitado una amiga y que, dicho sea de paso, más que concierto me pareció un atronador desatino. A mí lo que me agrada es ver a los músicos actuando, y en aquella ocasión el escenario estaba prácticamente vacío: allí sólo se veía una silla en la que descansaba una guitarra. Casi al final del concierto —por llamarlo de alguna manera— me enteré de que aquellos sonidos discordantes los producía una sola persona manipulando desde un palco no sé qué artilugios electrónicos.

De vuelta, todavía con la cabeza aturdida, me dispuse a abrir la puerta de mi casa. Introduje la llave en la cerradura y, por más que lo intentaba, no había manera de hacerla girar. Después de varios intentos fallidos me senté en las escaleras con intención de llamar al cerrajero, porque, para colmo, era fin de semana y mis hijos se habían ido todos al campo.

Armada de paciencia saqué el móvil del bolso con la esperanza de lograr el teléfono de mi Seguro. Vana ilusión: antes de comenzar el concierto había apagado el móvil y no recordaba el pin por tratarse de un aparato recién comprado. Por suerte, justo en ese instante subía en el ascensor el vecino del piso contiguo al mío, permitiéndome utilizar su móvil.

El cerrajero me aseguró que no tardaría más de una hora. Y, aunque el vecino me invitó a pasar a su casa, preferí quedarme sentada en las escaleras leyendo un libro de los que suelo llevar en el bolso con el fin de hacer más soportables las esperas.

Nada más llegar, el cerrajero metió en la cerradura la llave que yo le entregué y, como por arte de magia, se abrió la puerta de inmediato. Al preguntarle cómo lo había logrado me respondió: «Abriéndola». «Le aseguro que yo no he sido capaz, por mucho que lo intenté». «Pruebe de nuevo» —me invitó.

Me puse manos a la obra, pero la puerta seguía resistiéndose.

—Lo ve…A mí no se me abre.

—¡Y cómo pretende abrirla girando la llave hacia la derecha si esta cerradura funciona al revés…!

Lo trágico de la historia es que llevaba la tira de años abriéndola de la misma manera que lo había hecho el cerrajero.

 

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