Cuento de navidad

Hace bastantes años sonó el teléfono de mi domicilio. Descolgué.
Una voz masculina al otro lado del hilo:

—¿Vive ahí María Casado?

—No. Lo siento.
—¡Cómo no va a vivir ahí si este es el teléfono que tenemos en su ficha escolar!

—Le aseguro que aquí no vive nadie con ese nombre. Icíar casado, sí. María, ninguna.

—¡Ay, la galleguiña, que no sabe cómo se llama su nieta…!

ornament-1898847_960_720El que llamaba era el jefe de estudios del colegio en el que cursaba 1º de B.U.P. mi nieta mayor, para comunicarnos que había obtenido el primer premio en el concurso de cuentos de navidad.

Aunque mi despiste es proverbial, en este caso había una razón que lo justificaba: cuando nació mi nieta la inscribimos en el registro civil con el nombre de Icíar a secas. Pero al abuelo paterno casi le da un síncope al enterarse de que el tal nombre procedía de una Virgen vasca.

Así las cosas, no hubo más remedio que ir al registro y cambiarlo por el de María. Con todo, a la niña se le siguió llamando Icíar, quedado en el olvido el nombre de María.


Pues, bien: pensaba colgar en el blog un cuento de Navidad escrito por mí hace algún tiempo. Por mucho que lo busqué y rebusqué no hubo manera de dar con él. A cambio, topé con el de mi nieta y creo sinceramente que el cambio resulta ventajoso.

Lo copio tal cual lo escribió:

Cuento de Navidad

El otro día vinieron a cenar a casa algunos amigos de mi madre. No sé cómo, pero de pronto empezamos a hablar de la Navidad. Las opiniones eran muy diversas. Mi hermana era la que más gritaba:

«Las Navidades son chupi, sobre todo el día de Reyes. Me encanta tocar la zambomba, y los turrones, y las chucherías, pero lo mejor, lo mejor de todo, son los juguetes… bueno, y el beso que me deja marcado el Rey Melchor en la cara…» —Mi hermana es imparable cuando habla de algo que le gusta.

Para mi madre no son unas fechas bonitas. Dice que recuerda a todos aquellos que le faltan —y sé que piensa sobre todo en mi padre— y que le entristece pensar en aquellas personas que no tienen nada por lo que estar contentas. Pero he de decir que mi madre siempre ha sido bastante pesimista.

Su amiga Manuela —que está un poco loca— está de acuerdo con mi madre. Grita mucho cuando dice:

—¡Y además gastamos más dinero del que tenemos, y después llega la cuesta de enero…!

Su marido Pachi no está de acuerdo con ninguno de nosotros. Las Navidades para él, ni fu ni fa, pero por lo menos —dice— tenemos unos días de descanso, ¡que vienen de perilla!

Para Liliana y Adrián, que son argentinos, las Navidades son bonitas, ¡che! (y lo dicen como cantando), pero les gustaría compartirlas con su familia, y son muchos los kilómetros que los separan.

Mi abuela Carmen, que es muy religiosa, opina que es el momento para recapacitar. Le gustan las Navidades por el sentido religioso, pero a la vez le entristecen.

Emma y Samuel, que tienen 10 y 11 años, se unen a mi hermana:
—¡Son unas fiestas estupendas! Me encantan los regalos, miles, cientos de regalos. ¡Y además este año pienso pedirme un perro, y una tortuga, y un hamster, y una Barbie, y un…

—¡Dónde vas! —dicen todos— ¡Deja algo para los demás! (Y no puedo evitarlo cuando dicen este pareado, recuerdo mis clases de lengua y pienso si se tratará de una ritma consonante o asonante y qué número de sílabas tendrá. Está claro que estoy obsesionada).

Y ahora es mi turno. Me quedo callada y pienso un buen rato. ¿Cómo celebraría Jesucristo su cumpleaños, de haber vivido ahora? Me imagino una noche lluviosa —algo muy extraño ya que Belén debió de ser muy seco— y sin embargo con el cielo muy estrellado. A un lado su madre, muy, muy viejecita. Y al otro su padre, un poco tembloroso porque el reuma le está molestando. Junto a ellos algunos vecinos y buenos amigos. Y sobre la mesa, unas hogazas de pan, unos vasos de vino, algunos trozos de queso y unos cuencos de fruta, sobre todo uvas. La cena no es muy abundante, pero no parece importarle a ninguno de ellos. Jesús coge la mano de su madre, mientras ésta bendice la mesa. E inmediatamente, todos empiezan a hablar: «¿Cómo sigue tu vaca? Por cierto, ¿a quién le toca dar de comer a la mula y al buey?» «¿Está mejor tu hijo, Pedro?» «Sabéis algo nuevo de Samuel? ¿Y de Ezequiel?, hace bastante tiempo que no los vemos por aquí». Los trozos de queso y pan se comparten, y también el vino. En la pequeña y humilde casa, nadie parece echar nada de menos. Y se ríen mientras comen y cantan. José da las gracias a todos por su compañía; agradece al Señor que les permita estar de nuevo juntos, y dedica estas fiestas a todos los que ya no están allí.

Pienso entonces en mis abuelos, en mis tíos, en mis primos, en mis padres…e incluso en los desconocidos. Y recuerdo a mi amiga Olga, la ucraniana, que el año pasado estuvo con nosotros en estas fechas. En toda la gente que estará conmigo en esos días y con la que compartiré la cena. Y me parece que no hay mucha diferencia de lo que debió de ser aquella noche en Belén. Y es entonces cuando me doy cuenta de lo poco que me importan los regalos, las luces, los adornos, las grandes comilonas. Es una fecha muy especial, simplemente porque es la única fecha del año en la que nos reunimos toda la familia; en la que cantamos, conversamos, nos deseamos lo mejor para el nuevo año y compartimos nuestro cariño con alguien que lo merece más que nadie: el Niño Jesús.

De repente vuelvo a la realidad y me doy cuenta de que todos me miran y esperan mi respuesta:

—Icíar, ¡qué es para hoy!

Y sólo puedo contestar una cosa:

—¿Las Navidades…? ¡No las cambiaría por nada!

——————

Con este cuento de mi nieta, quiero desearos unas muy felices Fiestas Navideñas y que en el 2017 se cumplan todas vuestras ilusiones.

2 comentarios en “Cuento de navidad

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