Me sentí importante

El profesor Salgado debía de ser el único profesor que hacía preguntas durante la clase. Tenía fama de buen docente. Y lo era: el que no aprobaba su asignatura es que no había permanecido atento a las explicaciones, en las que se le permitía al alumno objetar, si no estaba de acuerdo con lo explicado. Por tal razón el aula del profesor Salgado se mantenía siempre llena, aunque no gozase de la simpatía de los alumnos.

-Señor Cebrián, ¿acaso no ha dormido bien esta noche? —y Cebrián, dando un respingo, se enderezaba en el asiento con cara de susto—. La función del pupitre no es precisamente la de prestar el servicio de almohada. Claro…, como que es lunes. A saber lo que habrá hecho usted durante el fin de semana… A ver, hábleme a grandes rasgos de «la crítica de la razón pura».

Andábamos a vueltas con Kant. Pero el pobre Cebrián, ¡ni papa!: mezclaba a Kant con Hegel y a  éste con  Hume… Lo cierto es que se estaba organizando  un lío monumental.

—Bien. Dejémoslo.

Ahora le tocaba el turno a Fernando Acebes. Como de costumbre, llegaba con la clase comenzada.

—¿Qué tal, señor Acebes…?  ¿Se le han pegado las sábanas o es que ha estado usted realizando labores propias de su sexo?

No sé si el pobre Acebes, de modales un tanto amanerados, captaba la indirecta. El caso es  que el profesor Salgado, al comienzo de la clase, tenía por norma dejar en evidencia a dos o tres alumnos.

Con las chicas tampoco se quedaba corto.

—Señorita Morales, parece ser que el glamour y la inteligencia no hacen buenas migas…

Era curioso que, aunque a su clase asistíamos un número considerable de alumnos, el profesor Salgado nos conociese a todos. Bueno…, a todos excepto a mí, a la que parecía no tener en cuenta. Me habría gustado que alguna vez se fijase en mi persona, aunque sólo fuese para increparme. Procuraba llevar los temas al día, deseando fervientemente que me preguntase, aun temiendo que los nervios me pudiesen jugar una mala pasada. Pero cualquier cosa era mejor a que se me ignorase, a pasar desapercibida. Mi frustración aumentaba de día en día.

Cuando disponía de tiempo entre clase y clase, tenía por costumbre sentarme en un rincón de la cafetería de la Facultad repasando algún tema o pasando a limpio los apuntes tomados en clase. Absorta en mi trabajo no me percaté de que alguien se había plantado ante mi mesa.

—Buenos días, señorita Clara… ¿Permite que me siente?

¡Era él! ¡El profesor Salgado…!

Un tanto azorada —al tiempo que asentía con un gesto— respondí:

—Por favor.

—Ya veo que no pierde el tiempo… —comentó mientras se sentaba.

—Sólo trato de poner un poco de orden en mis apuntes. Los tengo bastante deslavazados.

Durante un buen rato charlamos sobre temas intrascendentes: la masiva afluencia de alumnos a la Universidad;  la bonanza del tiempo, impropio de la época… Pero lo curioso es que, desde el momento en  que se sentó en mi mesa, tuve la impresión de estar charlando con un agradable compañero de clase y no con el temido profesor Salgado. Fuera del aula no parecía tan fiero.

Al cabo de unos días volvimos a encontrarnos en la cafetería, aunque, en cierto modo, fui yo la que forzó el encuentro. Él estaba pidiendo un café con tostada en la barra bastante concurrida. Sin pensarlo dos veces, me dirigí a la barra y, desplazando  con el codo a la persona que se encontraba a la derecha, procuré instalarme a su lado y pedí otro café. Al notar mi presencia sugirió que podíamos sentarnos en una mesa, puesto que ninguno de los dos tenía clase a aquella hora.

Nos sentamos, por supuesto. En esta ocasión procuré derivar la charla hacia otros derroteros, atreviéndome a comentar el cambio de carácter que mostraba fuera del aula.

Hasta tuve la osadía de hacer una alusión al libro de Stevenson y el desdoblamiento de personalidad del doctor Jekyll. Lejos de enfadarse, aceptó la comparación con una sonrisa entre irónica y afirmativa.

A partir de aquel día dejamos de  realizar nuestros encuentros en la cafetería de la Facultad. Comenzamos a frecuentar juntos otros lugares: cafeterías, museos, salas de conciertos…, acabando más de una vez en un pub con música bailable. Discutíamos ——cuando nuestros planteamientos diferían—  sobre temas filosóficos o de actualidad.

Pero lo más curioso es que muy pronto fue abriéndose a mí como podría haberlo hecho un niño —el niño que él nunca pudo ser, según me confesó—. Había vivido desde muy pequeño en el seno de una familia desestructurada y, cuando sus padres se separaron, no tuvo más remedio que tomar las riendas de la casa: trabajo, estudio —robándole horas al sueño— y atención  a una madre con un decaimiento moral rayano en la depresión. Nunca tuvo amigos y —aunque trataba de no pararse a pensarlo— era consciente de que se había convertido en un ser huraño e intratable.

Aunque yo contaba 23 años y él estaba próximo a cumplir los 35, la diferencia de edad no significaba un obstáculo insalvable: nos comprendíamos, nos complementábamos. Y, ante todo, sentíamos que entre los dos había surgido un vínculo —mezcla de atracción y cariño— indestructible.

Se acercaba el final de curso y seguíamos viendo lejos de la Facultad, ajenos a todo y a todos.

Aquella mañana, al salir de clase, me uní a un concurrido grupo de compañeros. Sus comentarios se referían al profesor Salgado.

Ernesto Rueda, apostillaba:

—¡Que me aspen si entiendo a este tío! Cuando comenzó el curso era una bestia intratable. Más de una vez estuve a punto de darle un buen escarmiento. Ahora, en cambio, es la persona más sociable que puedes echarte a la cara… ¿Qué mosca le habrá picado?

—Tal vez se haya puesto en manos de un psiquiatra —apuntó Perico Acha.

—Se habrá dado cuenta de que no se puede andar así por la vida —soltó la inocentona de Maripaz.

Durante un buen rato continuaron los comentarios sobre el cambio operado por el profesor Salgado. Cada uno opinaba lo que su imaginación le sugería.

Me hice la desentendida. Pero en mi fuero interno me sentí artífice de aquella transformación. Me sentí importante.

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