El maestro

Mientras esperaba que lo llamasen, se acordó de don Lorenzo: sin  la ayuda del viejo maestro nada de lo que le estaba ocurriendo hubiera sido posible…

Por la mente de Tino comenzaron a desfilar en tropel una serie de  imágenes: primero aquellas fiebres de su padre, agarradas en Guinea, que casi le dejan ciego. Y, para mayor escarnio, sin pestañas; razón de más para instalarse detrás de las descomunales gafas que le quitaban la poca vista que le quedaba:

—¡Estaría de buen año la morena que te contagió!, ¿eh, Benito?  —se pitorreaban los amigos cuando se presentaba la ocasión. «En un pueblo pequeño, ya se sabe, encima has de aguantar las chanzas. Menos mal que, gracias a las antiparras, todo se fue olvidando y padre se atrevió a salir a la calle».

Luego la enfermedad de su madre, a causa de la cual tuvo que dejar la escuela antes de tiempo para echar una mano en las tareas de la casa: «Aunque el médico le diagnosticó demencia senil, seguro que hoy lo llamarían Alzheimer —pensó— ¿Qué iba a hacer yo en aquellas circunstancias…? Dejar la escuela y arrimar el hombro. ¡Como está mandado!».

Desde muy chico, Tino,  disfrutaba de los días en los que podía asistir a la escuela. Seguía con  atención la lectura del Quijote que los alumnos mayores hacían alrededor de la mesa del maestro, mientras los más pequeños se entretenían dibujando o haciendo palotes. Aunque no sabía muy bien lo que quería decir, a Tino le hacía muchísima gracia lo de «desfacedor de entuertos», como le llamaba don Lorenzo a aquel hidalgo larguirucho y flaco, y un poco chalado.

Cuando el maestro se jubiló le dijo:

—Oye, Tino, si te viene bien, pasa por casa. Podrías recibir algunas clases. A mí me ayudaría a matar el tedio y a ti a recuperar el tiempo perdido.

Y Tino siempre encontraba el momento de llegarse por la casa del maestro para tomar clases de gramática, ortografía y cálculo: «Mira que me costó trabajo aprenderme lo de “ahí hay un hombre que dice, ¡ay”. Al pobre don Lorenzo lo traía de culo…»

Y su lucha con los verbos irregulares…No comprendía cómo había que complicarlo todo: «Con lo fácil que resulta decir «cabo». Pero, no… tiene que ser «quepo». ¡Mira que son ganas de jorobar!».

Después, don Lorenzo, le regaló aquella caja repleta de libros: Espronceda, Valle-Inclán, Pereda, Amado Nervo, Villaespesa… Hasta un diccionario, contenía la caja. Y aquel tesoro que conservaba como una reliquia: «Países y Mares». Porque con él había aprendido a leer hasta la letra de médico, metiéndose en la piel de los personajes de los libros: el Capitán Pirata, el Marqués de Bradomín, Muergo…

—Quédatelos. Yo ya no los necesito. Si, acaso, alguna vez siento nostalgia, te los pido y sanseacabó —le dijo el maestro.

En las madrugadas de buen tiempo, cuando todavía el sol no había asomado su roja fisonomía, pero empezaba a clarear en el horizonte del otro lado de la ría, y las gaviotas despertaban a todo el vecindario con sus agudos chillidos, Tino salía a pescar en el bote de su padre.  Llevaba consigo alguno de los textos que don Lorenzo le había regalado. Leía  con avidez, a la espera de que los peces picasen. Era entonces cuando dejaba volar su imaginación metiéndose en los personajes de los libros. Más de una vez estuvo en un tris de irse al agua, por cogerle desprevenido el tirón de una buena pieza tratando de soltarse del anzuelo. O cuando el oleaje lo arrastró, encallando en una roca a flor de agua que casi le rompe la quilla…

Pero el peor momento de su vida lo pasó con aquella tormenta de verano que apareció de sopetón, despertándolo de sus fantasías. Ni siquiera se había percatado de que el cielo, de un azul purísimo cuando se hizo a la mar, se había cubierto de negros nubarrones que, al reflejarse en el agua, hacían confundir mar y cielo. Empezó a tronar, y los rayos rasgaban en todas direcciones la negrura del firmamento. La leve barca comenzó una danza dantesca y…, «Creo que fue en ese momento cuando comenzó mi devoción a la Virgen del Carmen…».

Asomó a su memoria el recuerdo de María. A María la había querido desde siempre: «Empecé a quererla siendo un mocoso, cuando la vi aquella mañana sentada en la playa, peinando con una concha de mejillón la  cabellera de sargazos de una piedra pulida por el mar.  Con cuánta ternura la envolvía en un alga, como si de la más hermosa muñeca se tratase…».

Pero nunca llegó a declarárselo: «Para qué iba a decírselo…Mejor así».

Aunque intuía que a la muchacha no le era indiferente, prefirió guardar sus sentimientos para no hacerla desgraciada. ¡Qué podía ofrecerle, si lo poco que ganaba mariscando o pescando a ratos, unido a la miserable pensión de su padre, apenas llagaba para ir tirando…! «En el fondo me alegra que se haya casado —se dijo sin demasiada convicción—: Y, ahora, ya ves…, aquí estoy ¡Quién me lo iba a decir!»

Todo comenzó cuando le enseñó a don Lorenzo los versos dedicados a María:

—Tino, muchacho, esto tiene trazas… Podías presentarlos en los Juegos Florales de Alamedilla.

Tino no tenía la menor idea de lo que era eso de los Juegos Florales y el maestro se lo explicó con todo lujo de detalles.

Se presentó y le otorgaron un accésit.

Aquello sólo fue el comienzo. Después, se embaló, consiguiendo escribir sin esfuerzo: los personajes, situaciones y desenlaces  fluían del modo más natural.

Y ahora, allí estaba, esperando recoger el primer premio de narrativa por su último libro.

Sí. Lo que hoy era, se lo debía a don Lorenzo. Pero, aunque el maestro hacía  tiempo que había pasado a mejor vida, Tino sabía que, desde allá, desde el otro lado, desde el infinito, estaría viéndolo, esbozando una beatífica sonrisa.

Por eso en el libro rezaba esta dedicatoria: «A don Lorenzo, mi  querido Maestro, a quién  todo debo».

2 comentarios en “El maestro

  1. Qué bonito, Mari Carmen !!! Cuántas cosas sabes relatar en un cuento tan reducido. Como me gustaría haberme encontrado con un maestro como don Lorenzo, o como tu, pero… Hay que conformarse con lo que somos, ni más ni menos.
    Hay un proverbio ruso que dice ” Añorar el pasado es correr tras el viento ” . Ahora lo de, MUTATIS MUTANDIS, para mi, ya es muy tarde.
    Besiños palmeiráns.

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  2. No te quejes de vicio, que es pecado. Yo sí que aprendo de ti. En ocasiones hasta me obligas a echar mano del diccionario. Y puedo asegurarte que nunca es tarde: ni siquiera para mí. Con la edad se tarda un poco más en asimilar .las cosas, pero siempre queda algo.
    Graciñas e biquiños

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