No sonaron las campanas

Las dos mujeres caminaban a buen ritmo, tratando de cubrir antes del amanecer —hora en que los campesinos salían a realizar las faenas agrícolas— las dos leguas que separaban la lonja del puerto en el que habían adquirido el pescado, de la villa del interior donde pensaban venderlo a buen precio. La jornada resultaba dura, pero se sentían recompensadas con los buenos dineros que solían obtener con su venta en aquel pueblo campesino alejado de la costa. En ocasiones, hasta tenían la suerte de recibir algún que otro regalo en especie, sobre todo en época de recolección o de matanza.

Acababan de subir la Cuesta del Ciego, el tramo de camino más agotador. Sin mediar palabra —por no gastar más energía de la necesaria— las dos mujeres se pararon un instante a tomar resuello. Desde lo alto se divisaba la carretera serpenteante entre los pinos, semejando un largo y estrecho río. En aquella clara noche de finales del mes de junio, los retazos de cielo que se dejaban ver en los calveros eran de una negrura azulada, tachonada de miles de estrellas que parecían hacer guiños a la enorme luna que asomaba, de trecho en trecho, su pálido rostro. Tan solo a lo lejos, una nube oscura presagiaba tormenta. Tenues destellos luminosos lo hacía suponer.

—«A treboada anda lonxe. Nin siquiera se sinte o  trono. Inda así habemos de manearnos, non sexa que nos colla» —comentaron las dos mujeres en su lengua habitual.

Sentían verdadero respeto por las tormentas de verano. A aquellas alturas ya nada les arredraba: ni la lluvia ni el viento huracanado… Ni siquiera las historias de aparecidos tan extendidas por la zona. Tampoco temían a las tormentas de invierno, pues los más viejos decían que éstas se diluían cuando venían acompañadas de un buen aguacero. Y, si se diese el caso, llevaban unos buenos chubasqueros para protegerse. Pero la tormenta de verano es traidora. No avisa. Ni siquiera sabes de qué lado viene. El ruido del trueno se mezcla con el chasquido de los rayos inundando el cielo de un resplandor aterrador. Pero, por suerte, andaba lejos.

-«Santa Bárbara bendita, que en el Cielo estás escrita…»  —recitaron las dos mujeres en un murmullo.

Recuperadas las fuerzas, comenzaron el descenso. La pendiente era ahora más suave.

De pronto, las dos se fijaron en algo que se movía entre los pinos. Parecía una procesión en la que se podían distinguir gran cantidad de cirios encendidos, al tiempo que  un murmullo lejano, como de rezos, llegaba hasta ellas.

Al otro lado de la carretera, medio oculto entre los árboles, se veía un caserón de labranza. Más de una vez, las dos mujeres habían hecho un alto en su camino de regreso para mojar el gaznate con un vaso dr agua —o de vino (si se terciaba), que los dueños de la casa siempre se mostraron generosos con ellas—.

Convencidas de que algún miembro de la familia se había puesto enfermo repentinamente y que sus allegados decidieron pedir el Viático, las dos mujeres, dejando los cestos en el suelo, se arrodillaron en acto de adoración —según la costumbre— al paso del Santísimo.

No se sentía  repicar las campanas, como suele ocurrir cuando el Señor anda por las calles. Pero las mujeres entendieron que la persona encargada de echarlas al vuelo, había calculado mal la distancia y dejó de tocarlas antes de que la comitiva llegase a su destino.

La procesión continuaba su recorrido hacia la casa. A juzgar por el resplandor de los cirios a través de las ventanas, algunos de los asistentes se introdujeron  en la vivienda, mientras que otros se fueron arrodillando en el exterior.  El lejano murmullo llegaba hasta las dos mujeres, como si una multitud de gente recitase en diferentes lenguas una extraña y lúgubre salmodia. Después dejaron de oírse los rezos y se apagaron los cirios.

Las dos mujeres, colocando de nuevo los cestos en la cabeza,  reanudaron el camino, llegando a su destino con tiempo suficiente para espantar el húmedo frío de la mañana tomando un café, reforzado con una copa de aguardiente, en la única taberna abierta a aquella hora.

Nada más vendida la mercancía, iniciaron el regreso.  Con un poco de suerte alcanzarían algún carro de vacas en el que les permitiesen sentarse durante un tramo del camino, aliviando así sus cansadas piernas. A esa hora los campesinos se dirigían a realizar las faenas agrícolas, llevando —por suerte para las dos mujeres— los carros vacíos.

Cercano el mediodía, llegaron a la altura de la casa en la que habían  recibido al Viático.

De la vivienda salían algunas personas. Ante la pregunta formulada por las mujeres sobre la salud del enfermo, su extrañeza fue grande. Efectivamente, el amo había aparecido muerto en su cama aquella mañana; pero de enfermo, nada: el hombre se acostó más fuerte que un buxo (boj) y nadie se percató de que dejó de existir durante la noche. Ni siquiera su mujer que, creyéndolo dormido, se dirigió a la cocina a preparar el desayuno y no se enteró hasta que, vista la tardanza del marido, fue a despertarlo para desayunar.

La perplejidad de los presentes iba en aumento mientras las dos mujeres juraban y perjuraban que habían asistido a la procesión del Viático. Las tomaron por locas. Una de ellas preguntó si sabían a qué hora, más o menos, había tenido lugar la defunción.

—Según el parte médico, parece que la muerte le sobrevino alrededor de las cuatro de la madrugada  —comentó una de las personas congregadas a la puerta de la casa del .finado.

Las dos mujeres se miraron con estupor… A sus ojos asomó una horrible expresión de terror: habían asistido a un ritual de la «Santa Compaña».

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