El desfile

“Así no puedo seguir —se dijo Joco, mientras buscaba en el periódico las ofertas de trabajo—: ¡ni un día más desplumando a mi madre…!”.

Y bien que se curraba la paga que recibía de su progenitora, realizando las más diversas tareas domésticas. Pero aquello de que todo saliese del escaso erario familiar no le molaba nada. Se imponía buscar soluciones.

“Esto puede que me interese” —exclamó, mientras leía en un periódico las ofertas de trabajo—.

El anuncio rezaba así:

“TIENDA EN EXPANSIÓN NECESITA PERSONAL MASCULINO

ENTRE 18 y 25 AÑOS

 Se requiere:

—Buena presencia.

—Seguridad en sí mismo.

—No necesaria experiencia.

Se ofrece:

—Incorporación inmediata.

—Sueldo según trabajos realizados.

—Posibilidad de rápida promoción.

Interesados, presentarse…”

Por supuesto, Joco se presentó a primera hora en el lugar indicado. En la puerta del establecimiento esperaba ya una veintena de muchachos dispuestos a realizar la entrevista. La selección se llevó a cabo con suma rapidez. Entre los cinco elegidos se encontraba Joco.

Para esa misma tarde estaba previsto un desfile en un pueblo perdido en la geografía manchega, pues a ese tipo de trabajo se refería el anuncio, aunque no lo especificase claramente. Durante el viaje, un monitor les instruiría sobre los pormenores del desfile. No hubo más explicaciones: “ o lo tomas o lo dejas.”

Joco, a punto estuvo de renunciar; pero las 25.000 ptas. que ofrecían por desfile representaban mucho para su maltrecha economía. “A por todas” – se dijo–.

A las cuatro de la tarde, los cinco chavales elegidos  estaban de nuevo en la tienda. Alrededor de las seis, después de recibir unas breves indicaciones, salieron hacia el pueblo en una furgoneta de la empresa. Durante el viaje, un monitor fue poniéndolos al corriente de lo que tenían que hacer.

A unos  4 kilómetros del pueblo dejaron la carretera principal, tomando una desviación salpicada de baches. Después de varios tumbos, en los que la furgoneta a punto estuvo de salirse de la calzada, llegaron a su destino.

Los cinco improvisados modelos (estudiantes en precario), con el monitor al frente,  atravesaron la plaza del pueblo en la que esperaban algunos lugareños pertrechados con  asientos de lo más variado. Otros, más previsores, se habían acomodado ya en el lugar donde se iba a realizar el desfile: una especie de barracón que, en días festivos, hacía las veces de discoteca, según se leía en el llamativo rótulo que lucía sobre el enorme portón: DANCING  CLUB (abierto domingos y festivos).  Pero que también debía de utilizarse para otros menesteres, a juzgar por la gran cantidad de aperos agrícolas amontonados en un rincón.

La sala —por llamarla de alguna manera— estaba abarrotada de un público de lo más variopinto.

—¿Y el espacio para el desfile?— se preguntaban los improvisados modelos.

Porque no se veía por parte alguna el más mínimo  espacio destinado al lucimiento de las prendas que pretendían mostrar al público… Allí cada cual había campado a sus anchas…

—¿Y el vestuario?  —preguntó Joco al monitor— ¡No pretenderán que nos desnudemos a la vista de todos estos garrulos…!

—¡Es lo que hay, chaval!

—¡Joé! Esto más que un desfile de alta lencería masculina (como lo llaman los promotores) se va a convertir en un simple cachondeo con boys…

Porque esa era otra: el pase estaba dedicado casi exclusivamente a ropa interior de caballero y algunos trajes de baño que, a duras penas, cubrían las vergüenzas de los improvisados modelos

Visto el panorama, el presentador pidió al “respetable” —con la ayuda del dueño del local, un tipo de bastante mala catadura — que se juntasen un poco —cosa casi imposible— con el fin de lograr un pasillo que hiciese las veces de pasarela; lo que dio lugar a que algunos de los presentes hiciesen comentarios de alto contenido erótico.

Solucionado el primer contratiempo, el cambio de vestuario se llevó a cabo en la furgoneta, obligando a los incautos modelos a cruzar media plaza en paños menores. Y no es que el frío hiciese mella en sus desnudas fisonomías —a pesar de que la primavera sólo había hecho acto de presencia en el calendario—; sino que, los pocos parroquianos que aún quedaban fuera, se pitorreaban de lo lindo a su paso.

Comenzó el desfile con más o menos chanzas y algún que otro pellizco en los muslos y traseros de los modelos —dada la proximidad del público— que no paraban de dar manotazos a diestra y siniestra.

Cuando le llegó el turno a Joco —que renegaba en su fuero interno de la hora en que se le ocurrió fijarse en aquel maldito anuncio—, una vieja desdentada lanzó a pleno pulmón:

—¡Pues sí que estás canijo, joven! No te vendrían “na” mal unos platicos de gachas. A la salida te llevo “pa” mi casa a comer calentico. ¡Y “pa” lo que se tercie…!

La chillona voz de la vieja dio pie a que otras voces se elevasen con piropos del mismo calibre, ahogando los comentarios del presentador.

—¡Qué sabréis vosotros, paletos! —masculló  Joco, para sus adentros.

Porque… un culturista no lo sería, ni falta que le hacía; pero sus medidas eran las propias de un modelo de alta costura. Se lo había dicho su hermana Julia, que, de eso, entendía un huevo…

Y debía de ser cierto; porque, al terminar el desfile, fue al único que le propusieron hacerle un contrato por tiempo indefinido.

Su respuesta fue un rotundo ¡¡¡NO!!!

A pesar de la experiencia, Joco siguió buscando en las ofertas de trabajo, a poder ser, algo menos ultrajante. Y cómo el que busca, encuentra: ¡Vaya si encontró…!

Pero éste ya sería tema para otra historia  — u otras historias —; que de todo  puede ocurrir en la viña del Señor…

4 comentarios en “El desfile

  1. Después de un tiempo, hoy me he dedicado a echar una ojeada a lo que había escrito en el blog y veo que no he respondido a varios comentarios. Pido perdón y, garrándome a la frase de que “nunca es tarde”. muchísimas gracias, Libra Discreta.

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