El autobús

El autobús —mi medio de locomoción más frecuente— también lo utilizo como cuarto de lectura. Lo malo es cuando alguna señora —los hombres no suelen hablar de estas cosas en público—, en el asiento contiguo, le va describiendo a su vecina  todo el proceso de una enfermedad terminal que aqueja a algún pariente o amigo. Y es tan perfecta la descripción, que acabas notando los síntomas de la enfermedad.

Otro inconveniente para el lector de autobús está en los móviles. Menos mal si sus dueños se dedican a enviar wassaps escritos o se entretiene con jueguecitos… Lo peor es cuando se dedica a voz en grito a narrar su vida y costumbres a la persona que está al otro lado del hilo (lo del hilo, es un decir). Y si son varios los que hablan al mismo tiempo, ya ni te cuento…

2 comentarios en “El autobús

  1. Sí, lo de no saber apagar el teléfono móvil a tiempo puede llegar a ser muy molesto, y no solo en el autobús. Recuerdo un concierto del Grupo Talía al que asistimos en un bello paraje segoviano. Muchos de los padres de los músicos estábamos allí, expectantes a la espera de disfrutar del fruto de un intenso año de trabajo de los pequeños: 115 músicos, con edades no superiores a 16 años, bajo la impresionante batuta de la directora Silvia Sanz.

    El concierto comenzó con una bella balada… y el sonido repetitivo de un politono. A partir de ahí, todos los presentes pudimos escuchar el pormenorizado relato de una operación de rodilla, bajo anestesia local, contada por la propia intervenida, o la hermana de la intervenida o una amiga de la primera o de la segunda —no nos quedó muy claro, a los asistentes al concierto, ese parentesco o relación por el gran número de personajes que, al parecer, asistían a esa intervención quirúrgica—. Al cabo de media hora conocíamos en profundidad lo poco favorecedor que resulta el camisón abierto por la espalda —a menos que tengas las carnes muy prietas, lo que no debía ser el caso—, lo “requetemalísima” que era la comida —cuyos desayunos, almuerzos, meriendas y cenas detalló minuciosamente—, así como otras muchas cuestiones de interés sobre “nuestra nefasta” sanidad pública. Es obvio que la mujer era inmune a las miradas criminales, a los “chisssst”, a los golpecitos en la espalda e incluso a los más directos “señora, por favor, un poquito de respeto por la labor de los niños”.

    Una hora tardó en contar la entretenida anécdota, tras lo cual colgó el teléfono, se levantó, se estiro la falda, hizo un gesto a los ocupantes de la fila para que nos pusiésemos en pie permitiéndole la salida (lo que hicimos ipso-facto cual formación bien adiestrada), y partió, dejándonos su recuerdo en forma de denso perfume floral.

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