Con otros ojos

Desde que tengo uso de razón, mis padres, mis hermanos y yo, habíamos vivido siempre en casa de la abuela. Al hacernos mayores, cada uno fue dando rumbo a su vida y ello nos obligó a distanciarnos. Sin embargo, al llegar el verano, aunque sólo fuese por un corto espacio de tiempo, procurábamos reunirnos todos, como antaño, en aquella casa que tantos recuerdos nos traía.

Muerta la abuela, y también mis padres, yo era la única persona de la familia que en verano solía retornar al pueblo. Me hubiese gustado seguir haciéndolo, pero mis hermanos decidieron vender la vieja casona a una constructora. Aquel era el último verano en el que podría disfrutar del caserón destartalado, pero no por ello menos querido.

Por tal razón decidí recoger algunas cosas que a nadie importaban: fotos familiares; unos cuantos libros viejos, entre los que llamó mi atención uno de pastas rojas —“El tiempo que pasa”, de Francisco Villaespesa—, en el que estaba marcada, con una cinta azul desvaída, la página con la poesía que la abuela nos recitaba cuando niños y que tanto me gustaba : “Las niñas grises”; una medalla al valor, concedida a un tío-bisabuelo en la guerra de Cuba; cartas de la abuela atadas con un lazo rosa… Cosas así.

Entre los libros también encontré un cuaderno bastante deteriorado cerrado con un candadito, que abrí fácilmente con la punta de unas tijeras: una especie de diario íntimo escrito de mi puño y letra. Cuando adolescente, disfrutaba escribiendo sobre las personas que creía interesantes o sucesos que ocurrían —doña Juanita, mi maestra, decía que tenía dotes de escritora—; aunque en aquel pequeño pueblo de casas desparramadas por la ladera de un monte, pocas cosas interesantes sucedían, ya que la vida social se reducía a la misa dominical y algún que otro entierro, casi siempre de personas longevas. Durante los meses de julio y agosto solían venir tres o cuatro familias forasteras a tomar el sol en la playa. Pero pocos se bañaban, porque el agua estaba siempre helada.

Además de algunas anotaciones de índole personal, esto es lo que había escrito en el cuaderno:

Martes, 15 de julio de 1947

“Hoy he bajado a casa de Niceta, la mujer que fuma. Como cada martes le he llevado el cestillo que la abuela ha preparado con unas manzanas, patatas, tocino, algunos huevos  y dos pesetas. Las dos pesetas no faltan nunca. Me pregunto de dónde las sacará la abuela, si en casa andamos siempre a la quinta pregunta… Para mí es un misterio. Si alguna vez se lo pregunto, obtengo siempre la misma respuesta: “Dios proveerá”.

 Niceta es una mujer extraña. Alta, huesuda, con cara afilada tan flaca como su cuerpo. Sin ningún rasgo especial. Aunque a veces creo que sería fácil confundirla con un hombre, de no ser por el pañuelo que cubre su cabeza anudado bajo el mentón. Siempre viste de negro, como todas las viejas del pueblo. Pero su vestido —al contrario de las otras mujeres— no lo lleva ceñido a la cintura con el mandil. No. Niceta nunca sale a la calle con mandil. El vestido de Niceta se parece a una sotana que haya encogido, dejado al descubierto sus descarnadas canillas. Es difícil calcular su edad, aunque creo que es mucho menos vieja de lo que aparenta.

Cuando la mujer que fuma no se encuentra en casa —como suele ocurrir—, deposito el contenido del cesto sobre la artesa que hay en la cocina. No necesito entrar para dejarlo: empujo el paño superior de la puerta, que siempre está entornado, estiro un poco el brazo… y ya está. En ocasiones suelo curiosear unos momentos, apoyando los codos sobre el paño bajo de la puerta de la calle, que es también la puerta de la cocina. Se trata de una cocina pequeña y oscura, con una lareira, a la izquierda, en la que hay un trespiés de hierro que siempre tiene una olla de porcelana rojiza encima. El fuego está apagado, pero bajo la trepia hay piñas y trozos de madera preparados para ser encendidos. Al lado de la lareira, un fregadero también de piedra, con un ventanuco por el que entra algo de luz. En la pared que queda frente  a la lareira hay un vasar con algunos platos, tazas y muchos cachivaches limpios y ordenados.

 Esta mañana he sentido un impulso irrefrenable de entrar a husmear al otro lado de la puerta que está al fondo, pero logré contenerme. Me pareció que si lo hacía cometería algo así como un sacrilegio, una profanación. Esa puerta comunica con el resto de la casa y está siempre cerrada.

Como decía, Niceta es una mujer extraña. Extraña y solitaria. Apenas se comunica con la gente. Algunos dicen que en otro tiempo era la persona más alegre del pueblo. Vivía con su marido —cuando éste no estaba en la mar— y con sus hijas. La abuela me contó que el marido y las hijas se fueron del pueblo, avergonzados por el vicio de Niceta y que nadie conoce su paradero. Hay quien dice que el hábito de fumar lo adquirió cuando joven: en los Carnavales solía disfrazarse de hombre y para que el disfraz resultase más real, llevaba entre los dedos un cigarro encendido al que fingía dar algunas chupadas. Y así le fue entrando el vicio.”

Domingo, 27 de julio de 1947

 “Después de cenar, aprovechando esta noche cálida y estrellada del mes de agosto, mis amigas y yo nos hemos deslizado hasta la huerta del Landrú. Es una huerta medio abandonada que en otro tiempo estaba provista de escaleras de piedra, desaparecidas a causa de las frecuentes avenidas en un pueblo construido en la falda de un monte. En el lugar de las escaleras quedó un terraplén difícil de salvar. En esta huerta crecen las berzas tan altas y frondosas que parecen pequeñas palmeras.

Desde la huerta del Landrú se domina la casa de la mujer que fuma. Es una casita de piedra, muy baja. Tan baja que cualquier persona de estatura normal puede rozar el tejado con la punta de los dedos. La casa está oculta en una hondonada. Sólo es visible desde la huerta del Landrú. Lo descubrimos mis amigas y yo en una de nuestras correrías nocturnas. Es nuestro secreto mejor guardado.

La mujer, en las noches apacibles de verano, se sienta en el poyo de piedra que hay junto a la puerta, coloca sobre el regazo una caja de lata y extrae de su interior un librillo de papel y un chisquero, arranca una hoja del librillo, la rellena con algo de picadura y la lía con mucha destreza. Después pasa el borde del papel por la punta de la lengua, se lleva el pitillo a los labios y lo enciende con el chisquero comenzando a fumar plácidamente, expulsando el humo en largas bocanadas.  

Mis amigas y yo, la observamos desde nuestra atalaya, como extasiadas, conteniendo la respiración. A veces nos parece que la mujer que fuma se da cuenta de que la expiamos, pero simula no enterarse.

A pesar de su adicción al tabaco, los chavales del pueblo, siempre dispuestos a gastar bromas pesadas, jamás la molestan. Hasta se comenta que Riquete —el más atravesado de todos— encabezó una colecta entre los amigos, comprando con lo recaudado una cajetilla de picadura y un librillo de papel que dejaron sobre la artesa de la mujer que fuma, pues es tan grande su vicio que recoge las collillas que encuentra y las mezcla con hojas secas. Al menos eso es lo que se cuenta”.  

La lectura del diario me hizo revivir multitud de recuerdos de mi adolescencia que se habían quedado adormecidos. Estos recuerdos avivaron mi interés por saber que había sido de Niceta. Mis antiguas compañeras de correrías también habían emigrado, así que decidí informarme en la antigua taberna, que todavía se mantenía en pie. Lo demás eran bares de copas regentados por gente joven. El dueño de la taberna, un hombre de edad bastante avanzada, me puso al tanto: Niceta había fallecido hacía cosa de unos tres años. La encontró Riquete sentada en el poyo de la puerta. Tenía la cabeza reclinada sobre las piernas y los brazos colgando hasta tocar el suelo. Al principio la creyó dormida y, sin hacer ruido, depositó el paquete de picadura y alguna otra cosilla sobre la artesa. Ya se iba, pero un sexto sentido lo obligó a volver sobre sus pasos y plantarse delante de Niceta. La llamó con voz suave, luego un poco más fuerte… Al ver que no respondía, le tocó el hombro. Tampoco obtuvo respuesta…

Nadie pudo dar con el paradero de su familia. Pero al entierro de Niceta acudió todo el pueblo. Los gastos de las exequias se sufragaron con una colecta encabezada por Riquete y aquel grupo de chavales —convertidos ahora en venerables abuelos— que siempre la respetaron . En el sepelio no hubo coronas de flores; pero detrás de la caja, en el recorrido hacia el cementerio, un nieto de Riquete portaba la caja de lata de Niceta con picadura, librillos y el chisquero. Al bajar el féretro a la tumba, Riquete depositó sobre su tapa la caja: no fuera a ocurrir que en el Cielo no hubiesen evolucionado en eso del tabaco, o anduviesen escasos de existencias…Que todo es posible.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .