Bien está lo que bien acaba

En alguna ocasión, los despistes tienen su premio:

Esta tarde me disponía a salir para la ópera, cuando leí el wassap de una amiga pidiéndome que la llamase.

Mi respuesta apresurada:

“En este momento estoy saliendo para la ópera. Volveré tarde. Te llamo mañana.”

Mi afición a la ópera viene  —casi, casi— desde cuando no sabía siquiera que existiese este género. Por aquel entonces mi bagaje operístico se reducía a dos películas que había visto en el cine de mi pueblo: “El Gran Caruso”, con Mario Lanza, y una  “Traviata” en la que el protagonista masculino era Plácido Domingo. Las dos dejaron huella.

Algo más tarde, cuando me familiaricé realmente con la lírica, recordé otra película: “El Rey Loco”, en la que se vislumbraba —me imagino— la relación entre Wagner y Luís II de Baviera. Era bastante niña cuando vi esta película y no comprendo siquiera cómo nos dejaron entrar en la sala; porque es de suponer que la película en cuestión tendría algún rombo, y en mi pueblo eran muy estrictos con eso de la censura.

Corría el año 1958 y  mi marido —por aquel entonces mi novio, destinado en el Ciudad de Alicante, barco fondeado en Tenerife y que hacía las veces de hospital de campaña a causa de la guerra de Sidi Ifni— me hablaba con verdadera pasión de un tenor del que había asistido a algunos recitales. Ese tenor era nada más y nada menos que Alfredo Kraus.

Pasados uno o dos años  —ya casados—  mi marido me regaló dos “elepés”. El primero: una selección de canciones de la película “Gayarre” en la que Alfredo Kraus interpretaba la vida del famoso tenor roncalés. El otro “elepé” contenía música melódica. De este disco me impactó una canción: “Lejos de ti”. Cada vez que escuchaba esta pequeña pieza  —ya muerto mi marido— me prometía que algún día oiría en vivo al tenor que la cantaba.

Y se cumplió. Pero no voy a relatarles en este momento mis peripecias operísticas —con las que se podría rellenar un libro más gordo que el de Petete, sino aprovechar este episodio para  rendir un humilde homenaje a mi tenor preferido, causante indirecto de mi afición a la ópera.

Volviendo al principio:

Comenzó a sonar mi móvil, cuando me disponía a tomar uno de los dos autobuses que me acercarían al Teatro Real. La que llamaba era una de mis nietas:

—Abuela, ¿por dónde andas?

—Voy a la ópera. Acabo de subir al autobús.

—¡Ya sé que vas a la ópera! Pero quería asegurarme. Hoy he acabado pronto en la Uni y, sabiendo que tú vas, trataré de coger una entrada de última hora para jóvenes que resulta muy baratita

—¿Y cómo sabes que voy a la ópera, si por poco hasta me olvido de que hoy era mi día?

—¡Me lo acabas de decir por Wassap!

—¿Yo? ¡Imposible!

—Te lo leo: “En este momento estoy saliendo para la ópera. Volveré…”

—No sigas… Está clarísimo.

Por una vez, ¡bendito despiste! Gracias a él pude disfrutar de la compañía de mi nieta, aunque sólo fuese durante la pausa y parte del regreso en Metro.  Después ella continuó hasta su domicilio y yo cogí un taxi, en la salida más cercana al mío.

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